A solas sin el enemigo

Rubén Cortés
En uno de esos instantes decisivos que ocurren en los países una o dos veces cada mil años, el líder comunista checoslovaco Klement Gottwald salió en febrero de 1948 al balcón de un palacio barroco en la Ciudad Vieja de Praga para decir un discurso.
Gottwald estaba rodeado por sus camaradas. Hacía frío y tenía la cabeza descubierta. Su canciller, Vlado Clementis, siempre tan atento, estaba a su lado y se quitó su gorro de piel y se lo puso en la cabeza a Gottwald.
El Partido repartió millones de carteles con la fotografía de Gottwald, con el gorro en la cabeza rodeado de camaradas. Los mandó a estudiar como material escolar y la colocó en los museos.
En 1951, Gottwald instigó una purga: acusó a Clementis de anticomunista y lo hizo ahorcar. El Partido borró a Clementis de la historia y, por supuesto, de todas las fotografías. Desde entonces, Gottwald permaneció solo en el balcón. En el sitio donde estuvo Clementis quedó la pared vacía. Lo único que perduró fue su gorro en la cabeza de Clementis.
Dos años más tarde, después de haber llegado de los funerales de Stalin en Moscú, Gottwald murió de un infarto provocado por la sífilis y el alcoholismo.
La historia del dictador Gottwald purgando a su compañero Clementis es un componente inexorable de los regímenes totalitarios y sus purgas estalinistas que siempre van sin cesar recomenzando.
Lo mismo que empieza a tomar forma en la Venezuela de Hugo Chávez, quien ha metido en la cárcel al general opositor Raúl Baduel, acusado de corrupción en sus tiempos de ministro de las Fuerzas Armadas (2006-07).
Baduel, quien poco después de su gestión como ministro se sumó a la oposición al considerar que Venezuela va camino al comunismo, fue amigo de Chávez de la primera hora y hasta lo acompañó en el intento de golpe de Estado perpetrado contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1990.
El presidente venezolano, empeñado a regir su país bajo un sistema socialista filocomunista, ha iniciado la primera gran purga de ex compañeros suyos desde que ganó las primera elecciones en noviembre de 1998.
Otro caso es el del líder opositor y alcalde de Maracaibo, Raúl Baduel, también señalado como corrupto y quien, a su vez, denuncia ser un perseguido de Chávez, por lo que ayer pidió asilo político en Perú.
Sin embargo, de lo que se trata es que Chávez, siguiendo los cánones de la escolástica comunista de Gottwald, considera (o alguien se lo sugirió) que ha llegado el momento para deshacerse poco a poco de sus enemigos, el cual es un paso decisivo en la concreción futura de un estado totalitario.
Aunque, de todos modos, eso es lo que desea la inmensa mayoría de la población venezolana, que al votar hace dos meses por el “sí” a la reforma constitucional que le permitirá a Chávez presentarse a perpetuidad a la reelección.
Con un 54,36 por ciento de los venezolanos de su lado, Chávez pule a toda máquina un gobierno basado en el aparato diseñado por Adolfo Hitler durante los años 30 del siglo pasado: para sus enemigos, el destierro y la cárcel; para los dirigentes medios, la adulación; para la población, el miedo permeando todo el cuerpo social, votaciones, mítines, plebiscitos y un fuerte aparato policial y militar.
La fórmula infalible para que las dictaduras perduren:
Mucho miedo y poquita sangre.
















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