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¿Y para qué quiero los medicamentos?

Publicado el Lunes 27 de Abril de 2009Comenta esta información
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Martha Anaya
Salí temprano a buscar en las farmacias el famoso Gabirol. Llevaba también anotado el Oseltamivir, por si acaso no encontraba el primero, como me ocurrió el viernes y el sábado. Iba con el tapabocas puesto y Corazón y Briah (mis perritos) tirando ansiosos de mí.
Paramos en la farmacia de la esquina. No los tenían. En la otra esquina. Tampoco. Nos fuimos a la que está al otro lado de Insurgentes. No se los habían surtido. Enfilamos hacia el super, ¡tampoco se los habían llevado!
Me interné en el parque. Encontré un par de vecinos (sin tapaboca, por cierto). Hablamos –inevitable- del virus que nos agobia. Pero lo que me llamó la atención este día, a diferencia de los anteriores, es que consideraban que la información sobre el tema “ya se está manipulando”. Eso me sorprendió. No me quedó claro por qué tenían esa idea, pero no estaban de muy buen humor que digamos, así que mejor me despedí.
Seguí paseando. No aparecieron los clásicos visitantes con sus perros a esa hora de la mañana. Todavía ayer los vi deambulando por aquí. Hoy no. Seguramente, pensé, sus mascotas estarán cruzándose de piernas… o de plano están “estrenando” casa.
Extendí el perímetro del paseo en búsqueda de los famosos antivirales que dicen son los buenos para combatir la influenza porcina. La verdad no sé exactamente para qué lo estoy buscando porque he decidido que si llego a sentir los síntomas de la enfermedad me voy volando a la clínica que está cerca de la casa o al hospital que está unas cuadras más allá.
Le doy vueltas al tema en mi cabeza pero mis piernas siguen caminando en busca de otra farmacia. Llego. Pido los antivirales. No hay. Camino tres cuadras más. Tampoco hay. Sigo hasta bordear casi con el circuito y en los tres lugares que pregunto tampoco los tienen.
Doy vuelta. La verdad es que a estas alturas no me preocupa gran cosa no haber encontrado los medicamentos. Camino dialogando conmigo misma y me pregunto:
-Bueno, ¿y para qué los quieres?
-Por si acaso…
-¿No que vas a ir al doctor si sientes algo?
-Pues sí…
-¿Entonces?
Callo. Busco dentro de mí. ¿Por qué? Oigo una vocecita dentro de mí que me dice que eso me hace sentir más segura, que a lo mejor la sola presencia de los medicamentos sirve para ahuyentar a los bichos malignos… Sonrío. A este paso voy a terminar poniendo ajos o una cruz en la entrada como si se tratara de vampiros.
Miro a Corazón y Briah. Están felices porque el paseo ha sido más largo de lo habitual y han olisqueado por aquí y por allá nuevos aromas. Su alegría me remite al rostro de los dependientes de las farmacias. ¡Claro, ellos también se veían contentos! Han tenido más clientes que nunca. Y es que aunque no encuentren el medicamento (casi todos pedíamos lo mismo), se van con alcohol en gel, o con alguna otra cosa.
Regreso pues a mi casa sin los susodichos antivirales. Prendo la computadora y me pongo a mirar los comentarios sobre las notas referentes al nuevo virus. Hay uno, de un tal Señor de los necios que bromea en torno a lo que ocurre en la ciudad de México. Dice:
“¡Que pongan ya una cerca de alambre alrededor del DF!… Jajaja, no hombre, es broma, pero bueno o de verdad está muy mal la epidemia o es que ya hasta el propio gobierno cayó en una psicosis. No, no, a esperar que mejor sea lo segundo, porque lo primero sí es peligroso.
Me hace reír. Pero de plano suelto la carcajada cuando me encuentro con este otro:
“¡Rayos! Ya nos cargó el payaso.”
Me convenzo, entonces, de que por ahora el mejor medicamento para mí ¡es el buen humor!
Así que me pondré a chatear con ellos.

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