El día que Malverde llegó a Monterrey

Diego Enrique Osorno
“Todo este tiempo que no venía es porque estaba en la prisión. Hoy he salido y te doy las gracias Jesús Malverde, mi gran señor”, dice la tarjetita colocada a un lado de la estatuilla erigida a este hombre moreno, de bigote delineado, pelo negro y camisa vaquera, que cada vez se hace más famoso en Nuevo León.
María de la Luz, una de sus tantas oferentes en el Mercado Juárez, dice que no se acuerda cuando le llegaron los Jesús Malverdes a su puesto. “Parece que fue en abril o mayo del año pasado, pero no, no me acuerdo”.
Junto a San José, la Virgen de Guadalupe, San Judas y el Niño Dios, la figura de este “generoso bandido” de Sinaloa, considerado el “Santo” de los narcotraficantes, se ha convertido en una de las más vendidas en este mercadillo popular, el más emblemático de toda la ciudad.
“¿Por qué lo tengo? Porque lo compra mucha gente, es de los que más se vende”, comenta María de la Luz. “Vienen de todo tipo a comprarlo. Señores, jóvenes, señoras, de todo. Dicen que te cuida mucho, que sale muy bueno. Yo uso a San Juditas”, relata.
Junto con Malverde, otra figurilla hasta hace un par de años relativamente desconocida en la ciudad aparece ahora de manera habitual en el tendajo de María de la Luz y en el de otros pequeños comercios: se trata de la “Santa Muerte”.
Comprar una “Santísima” aquí con María de la Luz te incluye la siguiente jaculatoria: “Muerte querida de mi corazón/ para que no me desampares/ de tu protección. Y no des a (decir nombre de la persona)/ un solo momento de paz,/ inquiétalo a cada instante/ y no dejes de molestarlo/ para que siempre piense / en mí. Amén”.
Y no sólo es tallado en cerámica cómo puede uno encontrar a Malverde y a la Santa Muerte. Afuera del Mercado donde labora desde hace diez años María de la Luz, sobre la populosa avenida Juárez, decenas de joyerías ofrecen las imágenes de Malverde y “la Santa” en oro y plata. No sólo eso: también se ofertan pequeñas metralletas Ak’s -47, pístolas 9 milímetros, hummers y hojas de mariguana.
“No, la verdad es que no me acuerdo bien, hará un año más o menos que nos comenzaron a surtir los malverdes”, platica Isidro, empleado de una de las joyerías, cuestionado sobre el día en que llegó el ‘santo’ al negocio donde labora. “Pero no, no me acuerdo bien. Les llegaron todos los de por aquí y sí, si se venden bien. Uno nomás lo vende y ya”, explica.
Malverde es un recién llegado a esta pujante entidad que para los reportes antinarcóticos de repente pasó de ser identificada como un lugar de residencia de capos del narco, a un centro de lavado de dinero de la mafia, y de ahí, a una zona más de la guerra que los principales cárteles de la droga libran por el control del tráfico de estupefacientes en el país.
Ahora, hay que saberlo, la entidad vive un proceso de asimilación de la cultura (o contracultura) del narco que –incipientemente- comienza a menoscabar la imagen emprendedora de una de las ciudades más pujantes de todo el país.
Todo este abigarrado proceso inició a finales de los noventa, principios del 2000, cuando capos, terratenientes y operadores de la delincuencia en otros estados del país como Tamaulipas, Baja California Norte y Sinaloa llegaron discretamente a vivir con sus familias a los barrios residenciales de San Pedro Garza García, el municipio más rico de México, en donde podían encontrar, en principio, vida calma, ya luego, la oportunidad de hacer negocios en medio de un ambiente mafioso, en el cual las extorsiones a potentados empresarios o delincuentes comunes, eran habituales.
El ego de Monterrey está herido con AK- 47. Por lo pronto la percepción –quien sabe cuándo la realidad- indica que no son los Garza Sada, si no los de la última letra, los que ahora tienen la estafeta de mando en las calles regias.
No, Monterrey ya no es la contraparte exitosa de un México atrasado y salvaje, no. Ahora, nuestra tierra es un miembro más del poco distinguido club de los sueños rotos nacionales.
Luego de un fin de semana de terror urbano, con las ejecuciones vueltas rutina cotidiana y bandas robando en restaurantes y estacionamientos, el Gobernador de Nuevo León, Natividad González Parás hizo por estos días declaraciones que fundieron las grabadoras de los reporteros.
Dijo: “Yo pienso que hay una implicación directa entre el problema del crimen organizado, con el relajamiento y la dispersión del esfuerzo que se están realizando entre los niveles federales, estatales y municipales de gobierno, y que hace proclive la posibilidad de más delitos”.
No acabó ahí la exposición del mandatario: “Es evidente que hay entre otras estrategias, una del crimen organizado para pretender chantajear a cierto tipo de giros o de negocios, que incluyen entre otros a los casinos y algunas actividades vinculadas con negocios de esparcimiento nocturno”.
Hubo también una recomendación: “Si queremos ganar esta batalla que tanto nos inquieta, sobre todo porque se ha llegado a límites insospechables de crueldad, de ilegalidad, de actitudes sanguinarias, de falta de respeto al derecho de los demás, si queremos salir de estos momentos difíciles, tenemos que hacer un esfuerzo adicional”.
Es así como, a costa de granadazos en los cuarteles policiacos, los de mi generación hemos iniciado este siglo XXI con la duda de si aquella legendaria historia de la bonanza empresarial, fue solo un mal cuento que nos contaron cuando niños.
Vaya la de paradojas que se pueden atestiguar cuando se acaba el espejismo creado en torno a la linda y laboriosa sultana del norte en la que viven puros hombres enérgicos, probos y trabajadores, que jamás descansan y andan en mangas de camisa todo el tiempo, como dijo Alfonso Reyes.
En 2007, es el Distrito Federal el que le tiene miedo a Monterrey. Mis queridos amigos chilangos me preguntan si no es tan peligroso viajar a Monterrey por estos días. “Es que tengo que ir pero me da miedo por como están las cosas en tu tierra”, dice uno de varios.
Lejos, muy lejos de aquí, en la desértica frontera que Perú y Chile comparten, unos jóvenes ingenieros me invitan ceviche y chicha para hablar de mi ciudad. Pienso que me preguntaran sobre el Tec de Monterrey, Vitro o FEMSA, pero me equivoco. Ellos quieren saber sobre otro tipo industria de mi tierra: la del narcotráfico, la que hoy en día parece prevalecer en Nuevo León.
Y heme ahí, de repente, contando historias de ajusticiamientos, de levantones, de políticos involucrados con la mafia, de decapitados y de sicarios en motocicleta. Apenas hace unos años, este tipo de situaciones comunes en mi diáspora, solían terminar a las tres de la madrugada, cantando todos los comensales alguna alegre canción de Piporro o sugiriéndoles a donde enviar sus currículos para tratar de encontrar empleo en alguna de las empresas regias.
Pero eso es cosa del pasado. Ahora tengo que conseguir dotes de novelista negro para poder hablar sobre la ciudad donde nací. Por eso quizá no paro de leer los cuentos del gran Eduardo Antonio Parra o de hojear con algo de pena, cada nuevo número de la revista Alarma, buscando ilustrarme sobre la materia. Eso es lo que hacemos muchos reporteros: adaptarnos a la realidad imperante, porque es nuestra obligación describirla de la mejor forma posible.
Pero no solo nosotros nos adaptamos. Lo hace todo el mundo en Nuevo León porque la parafernalia del narco está ahí, al acecho: ya sea en los puesteros de Reforma, los edificios de Los Soles, los ranchos citrícolas, el Mercado Juárez, la Calzada Madero, la Macroplaza, las empresas prósperas, la finca de Santiago, la colonia popular y cualquier otro sitio. Comerciantes, albañiles, arquitectos, obreros, mecánicos y desempleados tienen en su entorno algún tipo de referencia sobre la mafia. Y algunos se involucran, otros conviven con ella y unos cuantos más la rechazan con miedo.
Y este tipo de acechos por supuesto que también se dan alrededor de los grandes empresarios regios, amos y señores de la ciudad hasta que se rebelaron los sanguinarios forajidos que hoy en día dan la apariencia de controlarla. Para no pocos sociólogos es quizá la decadencia de las nuevas generaciones de esta burguesía líder, lo que explica el imparable ritmo de deterioro social que se vive en Nuevo León.
Sin embargo, las dudas sobre la moralidad del empresariado regio líder no son tan nuevas. En el elitista Casino de Monterrey, al mediodía del 3 de abril de 1941, Don Joel Rocha, hacía un reclamo a los demás dones integrantes del Club Sembradores de Amistad.
“Hay una frase de uso común entre nosotros y que sirve en ocasiones de disculpa para nuestra falta de equidad… Cuando se dice ‘negocios son negocios’ podría jurar que allí hay una injusticia, que hay una acción que no se quiere clasificar instintivamente en la esfera moral, porque resultaría oprobiosa, y por eso se deja aparte”.
El ego de Monterrey está herido con AK- 47, eso es un hecho. Los reporteros de nota roja que en el 2000 se quejaban de la pasividad de la ciudad, ahora, hasta tienen miedo.















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