El guerrero de Bucareli

Raymundo Riva Palacio
Demoró siete meses en sacar las garras, pero cuando finalmente Fernando Gómez Mont las mostró en el circo de la política, el destinatario de su furia, el engallado gobernador de Sonora, Eduardo Bours, resintió el golpe. “Altanero”, le dijo el secretario de Gobernación, “ni acepto ni aceptaré que le hable así al Presidente”. Bours se había excedido, es cierto, cuando espetó a Felipe Calderón que no se hiciera la víctima en el caso de la tragedia en la guardería de Hermosillo, y que si no le gustaba el tono que utiliza para hablar con él, que se aguantara. El que no se aguantó fue Gómez Mont que como depredador se lanzó sobre de él. Los gobernadores priistas hablaron entre ellos, coincidieron que el secretario de Gobernación se había extralimitado y que tenían que hacer algo público para mostrar su molestia. Prefirieron no hacerlo.
El verdadero Gómez Mont emergió del Palacio de Covián como lo que es: un guerrero. Él es a uno de los pocos funcionarios a los que no se les puede acusar de abuso del poder cuando llegan a tenerlo. Sin poder en las manos, Gómez Mont ha demostrado reiteradamente a lo largo de su vida pública y privada, que la sangre caliente viene de familia, donde él es último de 13 hijos.
Una de sus batallas épicas la dio desde fuera del poder, como abogado litigante que tenía en sus manos el caso de la toma de las instalaciones de la vieja empresa CNI Canal 40 en el Cerro del Chiquigüite, por parte de TV Azteca. Gómez Mont prestaba servicios al ex dueño de la compañía, Javier Moreno Valle, y se enfrentó públicamente con el presidente de TV Azteca, Ricardo Salinas, acusando a sus abogados de amenazas, denunciando a la televisora de enderezarle una campaña en la pantalla, subrayando que no era nuevo que las utilizara para sus fines personales, que cada vez, describió, se vuelven “más patéticos”.
Controvertido y polémico, penalista en el despacho Zinser, Esponda, Gómez Mont, que ayudó a fundar cuando renunció al Comité Ejecutivo Nacional del PAN, había dejado la política partidista sin abandonar la política por completo. Cuando Felipe Calderón lanzó su precandidatura a la Presidencia, Gómez Mont habló con Santiago Creel, el candidato de Vicente Fox y su amigo desde los años mozos de la pandilla de San Ángel, y le dijo abiertamente que ayudaría a su otro amigo Felipe, hijo también de un fundador del PAN, con quien había coincidido en la carrera en la Escuela Libre de Derecho.
La relación de él y de su otro socio de despacho, Julio Esponda con Calderón y su esposa, Margarita Zavala, era muy estrecha. Tanto, que el nombre de Esponda se mencionó insistentemente como posible procurador general cuando se estaba armando el gabinete. No se sabe en qué momento desapareció el nombre de Esponda de la lista de selección, que hubiera sido muy controvertido por la fama que tiene como litigante en los ministerios públicos federales. Zinser, Esponda y Gómez Mont son un despacho de primer nivel, reconocidos públicamente y muy buscados para llevar asuntos complicados.
Para Gómez Mont esto es sanguíneo. Su padre era socio de Raúl F. Cárdenas, otro de los grandes penalistas, y había defendido a David Alfaro Siqueiros, cuando lo quería acabar el régimen priista, y a Fidel Castro, cuando lo pescaron armando la guerrilla contra Fulgencio Batista en México. Digno heredero, Fernando tomó la defensa penal de Carlos y Raúl Salinas de Gortari, la de Gerardo de Prevoisin cuando enfrentó acusaciones de fraude en Aeroméxico, la de Carlos Cabal cuando se metió en el problema del Banco Unión, la de Jorge Lankenau cuando enfrentó la furia de los accionistas defraudados en Confía, la de Tomás Peñaloza cuando el IMSS lo acusó de fraude, la de Rogelio Montemayor cuando lo defendió en el Pemexgate, y la de Germán Larrea en contra del líder minero prófugo Napoleón Gómez Urrutia.
O sea, sabe caminar muy bien sobre el fuego. Pero no sólo es un reconocido penalista, sino un fogueado político. En los tiempos en que el entonces presidente Salinas y la dirigencia del PAN, con Diego Fernández de Cevallos y Carlos Castillo Peraza a la cabeza, fueron él por los panistas, y Manlio Fabio Beltrones por los priistas, quienes se encargaron de ponerle ruedas a las diferentes piezas legislativas que sacaron por acuerdo cupular. En el gobierno de Ernesto Zedillo, colaboró con el procurador general, el panista Antonio Lozano Gracia, otro producto del establo de Fernández de Cevallos.
En el PAN, El Jefe Diego fue su tutor, mientras Castillo Peraza lo era de Calderón y en menor grado del actual líder del PAN, Germán Martínez. Calderón traicionó a Castillo Peraza cuando lo remplazó en la dirigencia del partido, pero no cruzó líneas y casi jubiló a Fernández de Cevallos, pero nunca dejó de tener abierta la línea con Gómez Mont. De esta manera no es extraño que se la jugara con él y no con Creel, y que cuando se comenzó a pensar en que el secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño podría dejar el despacho para contender por un puesto de elección popular, Martínez le hiciera una discreta invitación –que aceptó-, para regresar a formar parte de los órganos de dirección política del partido.
En esa calidad acudió al PAN cuando días después de morir en un accidente de aviación, Mouriño recibió un homenaje presidido por el Presidente. Muchos vieron a Gómez Mont, pero nadie lo ubicó como el siguiente secretario de Gobernación. Él ha dicho en privado que en ese momento, no sabía que le ofrecerían el cargo. A saber. Pero compromiso con Calderón había; amistad también.
Gómez Mont es un secretario de Gobernación atípico a los que ha habido, que jamás habrían pensado enfrentar a un gobernador en forma tan frontal como lo hizo con Bours, porque, en las categorías de análisis del viejo sistema político, perdería muchos puntos para ser Presidente. A él no le importa. Dice en público que no le interesa ser candidato. En privado ratifica con un agregado: “No puedo ser candidato, soy doble AA”. Tampoco parece que quiera a Los Pinos en su destino. Es un gran fajador, que le puede poner picante a la política, aunque en realidad eso no es por lo que lo nombraron secretario de Gobernación, cuya descripción de puesto es arbitrar los diferendos políticos, administrar las crisis, controlar los daños, serenar a los políticos, y no, como hoy en día, incendiar la pradera.















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