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El maestro de Fidel Castro

Publicado el Viernes 17 de Julio de 2009Un comentario
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Fidel_CheAlejandro Sánchez
El mexicano Antonio del Conde pudo ser igual de famoso que Fidel Castro o el Che Guevara, pero antes de la expedición el comandante lo bajó del barco Granma para que se encargara del abastecimiento del parque de guerra al movimiento 26 de julio, una vez internados en la sierra cubana.

Se acercaba la fecha para que Castro y su escuadrón salieran de México, nada más que les faltaba lo más importante: un medio de transporte para llegar a Cuba y armas para atacar al ejército de Fulgencio Batista. Y Del Conde, quien era un desconocido para Fidel, y al revés, hizo la hazaña.

Una tarde de 1955 no recuerda si fue en agosto u octubre un tipo apuesto, vestido de traje y corbata con aires de galantería entró a la armería que Del Conde había heredado de su padre, en la calle Revillagigedo del Centro Histórico, y le preguntó: “¿Tiene acciones de mecanismos belgas?”

Del Conde ni siquiera imaginaba que esa persona era Fidel Castro Ruz, quien poco antes acababa de salir de prisión en su país, tras dirigir el fallido asalto a Moncada, en Santiago de Cuba. Tampoco sabía que en
México ese tipo andaba a salto de mata preparando el segundo golpe contra Batista.

Hace 55 años, Fidel Castro y su batallón realizó el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, acciones que se consideran el comienzo de la revolución.

“Todos los días recibía clientes, entre ellos empedernidos coleccionistas de armas, pero la pregunta precisa de ese extranjero me puso a pensar y supe que buscaba ayuda. Pedí dos veces más que me repitiera la pregunta. Hasta lo pasé a mi privado para que entrara en confianza, pero su respuesta fue igual de seca”, cuenta Del Conde.

“Le dije, mire señor yo no sé quién sea usted, pero si quiere yo le ayudo. Y le ayudé aun sin saber quién era en realidad aquel hombre que se presentó conmigo como ‘Alejandro’. Después supe que era Fidel Castro y buscaba la liberación de Cuba”, relata.

Pero a pesar de no tener bien clara la verdadera identidad de Castro, Del Conde había conseguido el barco Granma. Compró más de cien pistolas, metralletas, fusiles con cartuchos y hasta diez costales de naranjas que echó encima de la proa de la nave que zarpó de Tuxpan, Veracruz, el 25 noviembre de 1956.

Además armaba y desarmaba cualquier tipo de pistolas o fusiles, era un magnífico disparador, conducía barcos y piloteaba aeronaves… todo un estuche de monerías.

¿El líder rebelde se había equivocado en bajarlo? O ¿tomó la mejor decisión con Del Conde, distinguido por gozar de un perfil como pocos? ¿Qué otro motivo necesitaba Castro para ser certero en este caso que era
clave en su táctica de guerra?

“Me iba a ir con ellos, pero 15 días antes el comandante consideró que le sería más útil fuera de Cuba que tenerme como un soldado más en la montaña. No hay pretensión, pero yo hubiese sido un gran soldado, quizás el mejor de los 82 barbudos”, dice Del Conde y aprieta el puño derecho como un gesto de lamentación.

Del Conde, quien nació en Nueva York, pero se vino a vivir a México a los siete años de edad, tiene gran lucidez a sus 82 años. Radica en el sur del Distrito Federal. En el segundo piso de su casa, en la colonia
Chimalistac, me dice que Fidel sabía de sus méritos “porque yo fui quien le enseñó a disparar bien y a usar la mira telescópica”. Y cuando termina le brinca la mandíbula.

—¿Le dolió quedarse? —se le pregunta.

—¡Imagínese!… se me arrugó todo lo arrugable. Además el barco yo lo había comprado, yo lo había sometido a las pruebas más altas de resistencia. El barco era mío. Siempre fue mío —suelta 55 años después.

Para no seguir con el martirio de los recuerdos recurre a la justificación más exacta: “Pero el comandante Fidel aún era más certero en sus decisiones y cada una de las medidas que tomaba sabía por qué. Siempre fue un líder nato. Así que hubo que acatarla y disciplinarse”.

La entrada triunfal del movimiento 26 de Julio, el 1 de enero de 1959 a La Habana, minutos después de que Fulgencio Batista había huido de la isla, demostraron que Castro no se había equivocado en la encomienda que dio a cada uno de sus hombres, pero especialmente en la que le tocó a Del Conde.

Aunque se quedó con la ambición de estar en las montañas, la misión del mexicano, a quien Fidel apodó como El Cuate, para la clandestinidad, no fue color de rosa.

En uno de los intentos por introducir en una avioneta a Cuba, procedente de Miami, más de 100 metralletas, cartuchos y gasolina, el sobrepeso hizo que antes de acercarse a la isla la aeronave que él tripulaba empezara a fallar sobre Yucatán, hasta que cayó sobre el Golfo de México.

El batallón castrista sufría bajas en la serranía cubana y El Cuate piloteaba la aeronave y haciendo actos malabáricos para no morir ahogado. Aún en esos extremos encontraba la chispa para salir avante.

Para no tener un desplome mortal, “entramos a una ola. Imagínese que trancazote, pero no nos volteamos, salimos de esa ola y cuando íbamos a entrar a la segunda paré motores, baje pontones (una especie de esquí flotante) y salí de la cabina porque empezó a entrar el agua. Se trataba de un hidroavión, por eso fue que la posibilidad de una desgracia fuera menor”.

Él y su acompañante, un médico mexicano de profesión, se mantuvieron a flote y corrieron con la suerte de que un barco pirata camaronero con bandera cubana pasaba cerca, y sus tripulantes les lanzaron una lancha
salvavidas.

Emma Castro, hermana de Fidel y quien desde entonces vive por el Pedregal de la Ciudad de México, fue el contacto entre el comandante, que ya se encontraba en plena lucha bélica, y El Cuate, para el suministro de material de guerra.

El Movimiento 26 de Julio necesitaba ayuda urgente: de los 82 hombres que partieron de México sólo quedaban 12 y de las más de 100 armas apenas habían siete fusiles con pocas balas y lo peor estaba por venir.

“Emmita pensó que nosotros ya habíamos entrado con la carga a Cuba, y cuando se entera que la misión había fallado me pide que vaya a Nueva York a organizar una expedición con un barco y que buscara a una
persona, cuyo nombre no recuerdo, porque era el patrocinador de los gastos. Todo iba de maravilla, sólo que antes de partir a Cuba un delator nos puso con la policía y me fui derechito al bote”, recuerda Del Conde.

Los cargos que le imputaron eran trasiego de armas internacionales y peor aún: cabecilla de la banda. Pero como siempre, con la suerte a su favor, sólo estuvo mes y medio preso.

“Salí libre a condición de que me retirara para siempre de ese negocio, pero la necesidad en la sierra era mucha, y yo no podría defraudar a la revolución. Por eso, seguí y logré conseguir nuevas armas y cartuchos
con mis contactos, los mandé a Miami. De ahí, otro grupo finalmente logró introducir el material a Cuba”, cuenta con un aire de emoción.

“Hubo otro intento, pero volvieron a salir mal las cosas. La policía volvió a agarrarme en Estados Unidos con un cargamento, ya eran finales del 58, y por reincidencia me dieron cinco años en una prisión de Texas”.

De modo que cuando Fidel Castro tomó el poder en enero, El Cuate era un prisionero sentenciado. Pero, tres meses después, el presidente cubano viajó a Nueva York a un encuentro con jefes de Estado, en la sede de la Organización de las Naciones Unidas, y antes de regresar a la isla quiso visitar a su amigo a la cárcel, pero fue imposible.

El presidente de Cuba escribió una carta que le envió a Del Conde, la cual conserva entre una pila de fotos y otros recuerdos que recibió de parte del Che Guevara, Raúl Castro y el propio Fidel, los cuales compartió durante la charla, pero algunas no autorizó publicarlas. La misiva que Fidel le mandó el 27 de abril de 1959 a la cárcel, sí.

Y dice: “Quise verlo, pero la distancia de su actual prisión requiere más horas de las que puedo disponer en mi breve escala. Me voy, pues, sin satisfacer uno de los motivos esenciales de mi viaje aquí: el deseo
de poder verlo. Aunque en avión pude intentar llegar esta noche, podía verme en el caso de tener que solicitar especial permiso, lo cual puede estar contra las costumbres de aquí.

“Tengo que partir de todas formas —continúa— para una importante conferencia en Buenos Aires y estoy retrasado. Espero, sin embargo, que pronto esté libre. Hablé a la prensa de usted. Nuestros amigos harán
todo lo posible por obtener su liberación pues es justa y será bien vista por la opinión pública. No piense que lo olvidamos. Nos ocupamos bien de su familia. Reciba un abrazo y tenga mucha fe en nosotros.

“P.D. Tan pronto esté libre vaya a Cuba donde todos tenemos muchos deseos de verlo ya. Atte. Fidel Castro R.”

La libertad se dio. El prisionero Antonio del Conde sólo pagó una condena de 11 meses de los cinco años a los que había sido condenado.

El traslado a Cuba, como escribió Fidel en la posdata, también ocurrió.

El presidente Castro le mandó un mensaje a Estados Unidos para que a Del Conde no se le ocurriera ir a México, antes de trasladarse a La Habana, porque el gobierno lo ficharía como subversivo y le cancelaría su pasaporte.

De todos modos, su madre no quería verlo. Su esposa tampoco. La Iglesia católica lo había excomulgado, la Secretaría de la Defensa le clausuró su armería por poner en riesgo las relaciones entre dos países hermanos, y otros negocios que había heredado de su padre los había perdido. Ya no tenía más que perder, por lo que empacó y se fue a Cuba.

La entrada de El Cuate a La Habana también fue triunfal. No llegó en calidad de turista ni visitante distinguido sino con una oferta para formar parte del gabinete socialista. Del Conde aceptó y Castro dispuso
para su nuevo colaborador de una oficina apenas un piso arriba de la suya en el Palacio de Gobierno.

—¿Qué tareas hizo allá?

—Fui delegado de Fidel Castro y luego asesoré a alguien.

—¿A quién?

—Está bien, públicamente lo voy a decir por primera vez: fui asesor del comandante Che Guevara. Primero en el Instituto Nacional de la Reforma Agraria, después en el Banco de Cuba y luego en el Ministerio de Industrias.

Todo iba bien con Antonio del Conde. También fue el delegado de mayor confianza que tuvo Castro en su primer círculo de colaboradores, pero al término del primer sexenio del régimen castrista, en México, los hijos y la esposa tuvieron problemas y decidió volver.

“Fidel Castro no me dejaba venir. Me pidió que no saliera de Cuba. Tenía yo hijos y tontamente me vine”, lo expresa con una cara de aún arrepentimiento.

El Cuate vive de sus rentas. Se pasea en una motocicleta cada que puede y conduce con la agilidad de un muchacho de 25 años. También le gusta usar el metro. Seguro que quien lo mira por la calle o roza con él no
tiene ni la más remota idea que se trata de un hombre clave de la Revolución de Cuba, que cambió la historia de la isla hace 50 años.

De vuelta en México, a mediados de los sesenta, fue acusado por el gobierno mexicano de agente internacional del comunismo y fue encarcelado medio año por poner en riesgo las relaciones entre los dos
países hermanos.

—Se nota cómo arrepentido por dejar el gobierno de Cuba ¿No valió la pena el regreso?

—Le voy a decir. La semana pasada uno de mis hijos acaba de morir por culpa de la maldita droga. Con la señora (su ex mujer) no se pudo volver a vivir ni se pudo estar cerca de los hijos.

Si bien, quiso volver a Cuba al ver que no tenía nada que hacer en México ya era tarde, el gobierno federal le canceló su pasaporte durante 20 años. Volvió al encuentro con Fidel justo al festejarse en Cuba el XX
aniversario de la revolución.

El comandante y él son contemporáneos. De hecho, Del Conde es mayor por siete meses, pero el vigor entre uno y otro aparenta ser de varios años.

Justifica el deteriorado estado de salud del líder rebelde, a quien en el último video del 22 de enero de 2007 se le ve con un pants rojo, postrado en un sillón por la peritonitis que padece, y además se aprecian los esfuerzos para articular palabras.

“El comandante no tiene 82 años. El comandante tiene 164 años, porque tiene doble inteligencia que yo y ha trabajado el doble que yo”, dice Del Conde para no dejar espacio a la comparación.

Pero medio siglo después no se puede ver así como así. Además de la presión de cada uno y de la rutina, el mexicano es vegetariano y cubano no. Uno fuma, y Del Conde no. Uno bebé de vez en cuando, el otro nunca.
Uno hace deporte y el otro no tenía tiempo.

A pesar de las pequeñas diferencias, estos dos personajes se encontraron en 1955. El Cuate dice que Fidel lo encontró a él, pero pudo ser al revés: que Del Conde haya descubierto al cubano que se escondía de la
policía mexicana a petición de Fulgencio Batista.

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Un comentario »

  • Santiago Comentó:

    Del Conde era un traficante de armas. O sea un viul delincuente. El granma lo compró en Tuxpan, Ver, a unos gringos que también le vendieron una casa que actualmente es un museo llamado de la amistad. museo que los cubanos les importa poco porque no incrementan el acervo cultural. De Tuxpan, Ver., partieron. Este Sr. del Conde, le gusta presumir y los cubanos lo consecuentan porque les invita un trago de ron. Ahora resulta que hasta asesor fue..jajaja..que otro cuento ira a inventar. Por cierto, hace dos años publicó un libro, muy mal escrito, al que debió, si fuera cierto, incluir estas historias.

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