La visión de Hillary Clinton

Rubén Cortés
Hillary Clinton fue la primera en ver en la crisis de Honduras una oportunidad de parar al “Socialismo el Siglo XXI” y planteó una táctica brillante: reventar al eje chavista, pero en estricto apego a la ley y con apoyo internacional.
Ensambló entonces un plan que ha manejado por nota, con un carril público y otro soterrado.
En el primero, exigió la restitución de Zelaya, retiró la visa americana a los actores del “golpe” y pidió sanciones contra el Gobierno “de facto”.
En el otro, buscó a un viejo amigo de Washington como mediador: el presidente de Costa Rica, Óscar Arias, un premio Nobel de la Paz, a quien ni derecha ni izquierda pudieron regatearle imparcialidad.
También le pidió a un aliado natural de la Casa Blanca, el presidente de derecha mexicano Felipe Calderón, que le diera a Zelaya “atención diplomática”, lo cual le corresponde en mucho en su categoría de titular de turno en el Grupo de Río: por eso el depuesto mandatario vino a México en visita oficial.
Pero la jugada maestra de Hillay Clinton fue la elección de Arias, quien preparó una oferta rigurosamente democrática y constitucional y, por tanto, imposible de rechazar por algún bando, so pena de quedar exhibido como intolerante.
Su éxito estuvo en admitir la reinstalación de Zelaya. Pero lo cierto es que, tras un mes fuera del poder, éste vio disminuido su prestigio y perdió toda fuerza para reintentar la reelección y convocar una Constituyente, igual que Chávez Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador.
Si Chávez hubiera aceptado el retorno de su alfil a Tegucigalpa, el proyecto de Hillary Clinton habría sido perfecto, pero los jefes de Chávez -quienes en la pugna contra Estados Unidos han demostrado siempre una lucidez demoledora— le dijeron que ni loco aprobara el plan de Arias, pues ya no tenían ocasión de convertir el revés en victoria.
Optaron entonces por aceptar a Zelaya como cartucho quemado y ponerlo mientras a hacer el ridículo que está haciendo de “alzarse” en las montañas con su guayabera de un blanco inmaculado y sombrero de Panamá, en espera de ver si algún día les vuelve a servir para algo.
Así que el eje chavista vive sus horas más bajas desde su irrupción en 1998 como una doctrina manipuladora de la democracia para someter a los poderes legislativo y judicial, al Ejército y la Policía, la prensa y el empresariado.
Y su control de daños está resultando pobre: su vuelta de tuerca a la crisis con Colombia por las bases americanas parece más de lo mismo y tampoco acaba de encontrar una salida elegante que le lave la cara a su abierta intromisión en la política interna hondureña.
Por eso resulta esencial que el actual Gobierno hondureño siga resistiendo el juego diplomático de tensión y de paciencia al que es sometido desde hace más de un mes.
Porque, hay que insistir en recordarlo, ha tenido la visión histórica de cortar de un tajo la amenaza que representa el eje chavista para la libertad y la prosperidad en América Latina.















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