Reforma y las estatuas

Jorge Marengo
Estoy en la calle de Reforma refrescando mi polvorienta y seca garganta con un nostálgico frutsi de uva, y a la par de esto, recordardando los episodios más lindos de mi recreo en el Instituto México. No dejan de sorprenderme la cantidad de esculturas grisáseas y frías que parece ser han hecho tanto por mi país, aunque las palomas que las frecuentan constantemente no opinen lo mismo.
Estoy seguro que más de un político contemporáneo quisiera formar parte de esa colección de personajes que miran la calle sin sentirse muy orgullosos de lo que se ha convertido el lugar por el que alguna vez lucharon.
Reforma es pletórica, una linda copia de Les Champs Elysées y un espacio simbólico que el Peje no dudó en restaurar y cobijarse por lo menos un poquitín con el significado del lugar que representa más que una calle dentro del inconsciente colectivo chilango.
En un intento de ocio bien usado, camino detrás de cada estatua y querido lector, dejame decirte que me considero un tipo culto en el sentido de haber visto por lo menos las novelas televisadas de la historia nacional, y de todas las esculturas no conozco más que a dos. ¿Porqué estos señores que traen espada y que ni siquiera sirvieron para un personaje secundario en las novelas históricas de mi país tienen una escultura en Paseo de la Reforma?
Recurriendo a internet, resulta que los liberales vencedores de la Guerra de Reforma querían hacerle notar a los conservadores quiénes habían ganado en la visión del México moderno, por lo que se mandó a hacer un concurso donde 18 estados del país mandaron propuestas de dos de sus hombres prominentes en esa época para que fueran honrados con la posteridad. No cabe duda que la historia es de quien la gana y que estos señores tuvieron la virtud de estar en el bando correcto y al pobre Maximiliano que salió más liberal que los liberales, por ser guerito y extranjero la Patria lo despidió con unos buenos plomazos. Aquel Emperador que ha sido el único gobernante de México en darse el tiempo de aprender una lengua indígena (nahuatl) está relegado de nuestros valores históricos.
Imagino una guerra entre priístas y panistas y perredistas donde ganan los priístas después de una elección avasallante que los llevó a retomar el poder y por consecuencia para demostrar su hegemonía, atiborrarían alguna plaza denominada Bicentenario por eso de la moda actual, con estatuas en mármol de Paredes, Peña Nieto, Beltrones y Gamboa, entre otros.
Pienso en eso y no puedo negar sentir que hay tantos heróes anónimos que merecerían un metrito cuadrado de memoria hecha piedra un poco más que hombres luchando por poder más que por una nación prometedora. Como aquél de las tortas que lleva 35 años intentando sacarle una sonrisa a sus comensales, o el bolero que tiene más pláticas sobre el bienestar nacional porque ha sufrido las consecuencias de ciertas políticas públicas.
Los vehículos continúan su recorrido y sin percatarse de que ahí hay un tipo sentado en una banca con el frutsi terminado, aceleran maquillando de ollín cada uno de los 37 rostros que nos asomamos a juzgarlos.
















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