Nos llaman los Eco boomers

Jorge Marengo
Somos los nietos de la post guerra. Nuestros padres (baby boomers) cantaban canciones de protesta en las manifestaciones, marcharon rumbo al Zócalo en el 68, creían en el peace and love. Y vieron cómo llegaba el hombre a la Luna en la televisión. Fundaron comunas que más tarde se convertirían en grandes residenciales y centros turísticos y aprendieron a fumar mariguana como símbolo de libertad.
En mí país, varios amigos y conocidos se llaman Lenin, Vladimir, Carlos o Camilo (en honor a Camilo Cienfuegos), otros tantos tienen nombres más nacionalistas como Jose María, Miguel o Cuauhtémoc, ya que sus padres, que más tarde se convertirían en poderosos funcionarios, buscaban engendrar ese nacionalismo priista hasta en las entrañas del baño de su casa. La perrada de mi generación nos llamamos con los nombres que estaban de moda en ese tiempo, tal vez porque actores o personajes de la novela así se llamaban (Andrés, Juan, Raúl, Roberto, Fernando, etc.).
Nosotros ahora somos el mercado más estudiado para todas las empresas del mundo. Consumimos lo que sea, siempre y cuando nos mantenga alejados de la realidad, video juegos, música, cine, drogas, comida fast-food, sexo, etc. Nos gustan las cosas sin esfuerzo, ya que hemos visto cómo personas que pareciese no les hubiera costado, han podido lograr tanto económicamente hablando. La vida contemporánea para nosotros parece ser un casino, donde lo importante es ser hábil y lo demás viene solito.
Cada vez creemos menos en el matrimonio, en el Mesías y en nuestros políticos. Y cada vez creemos más en el dinero, que sirve para comprar a los representantes del Mesías, a la mujer más hermosa y a nuestros políticos. Entendemos el juego de la política como un enredijo de la aristocracia para hacernos creer que hay democracia realmente, aunque para nosotros todo lo pasa en esa arena es como una farsa. Todavía recuerdo cuando un compañero llegó en primero de prepa sumamente preocupado de que el “Chupacabras” fuera a matar los borregos de su casa.
Preferimos una fiesta patrocinada por alguna empresa de tequila que regale la bebida, a un anuncio a la hora de las novelas invitándonos a tomar ese tequila. Hemos perdido, pues, y lo digo con toda honestidad de causa, el límite entre la realidad y la ficción, entre lo que realmente vale y lo superfluo. Y el mercado mundial aprovecha esto ingeniosamente para oxidarnos el cerebro con bebidas que equivalen a 10 tazas de café, o refrescos que tendrían 10 cucharadas de azúcar o música estrepitosa que no dice nada pero por lo menos te mantiene en el aire, o canales de televisión donde un tipo más feo que uno es el trofeo de un concurso con diversas parejas de lesbianas que además de darle una noche de placer, ganarán algunos cientos de dólares. (Ni siquiera miles).
La pared de la recamará de mi abuela tenía un Cristo, la pared de la recámara de mi madre tenía un poster del Che, mi pared tiene las fotos de las borracheras con mis amigos. El idealismo se domesticó en alcohol y los símbolos de rebeldía se intercambian por acciones en un Wall Street, que a pesar de estar en la ruina compra lo que sea. Parece ser que la verdad es tan insoportable que sólo nos está quedando ser un perro dentro de un sistema que nos han legado nuestros padres y abuelos, o refugiarnos comprando cualquier etiqueta contracultural para sentir que formamos parte de algo, dígase narquillo, punky, darky, death metalero, rocker, fresa, matado, etc. Los menos son los dedicados a temas que requieran más esfuerzo como el deporte.
Nos llaman los eco-boomers y a pesar de ser tan críticos en varios temas y tan audaces con la tecnología, hemos perdido nuestra individualidad y salimos al mundo con un subconsciente colectivo que es presa innegable de las grandes compañías a costa de nuestras libertades individuales. Parece ser que el libre pensamiento que se supone tenemos, es sencillamente un lugar acotado donde nuestras respuestas ya están escritas, analizadas y comercializadas. Todo esto en decremento de los que han sido los valores de la humanidad encargados de mover el mundo como la dignidad, la diferencia, la educación y la cultura.
















Excelente columna Jorge, vivimos en una realidad tan superflua que cada día es más irreal, es un continuo juego de ficciones de consumo que confunden la individualidad con en plano de las posesiones personales.
Saludos.
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