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Nos acompañan los muertos

Publicado el Lunes 26 de Octubre de 2009Comenta esta información
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Edicionescalyarena.com.mx

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Rubén Cortés

Mientras leía Nos acompañan los muertos, la nueva novela de Rafael Pérez Gay, se me derramó una gota de agua encima de la página 135. Era de madrugada, mi casa estaba envuelta en la paz del entresueño, y me paralizó un estupor que comprendí en el acto: es un libro de páginas tan bellamente escritas, que no admiten una mancha. Ni siquiera de agua.


Ya se sabía que Rafa es uno de nuestros grandes narradores, con un registro insoslayable de cuentos, en especial los reunidos en Me perderé contigo (1998) y Paraísos duros de roer (2006). Pero había tardado en abocarse a obras de más largo aliento. Sin embargo, valió la espera: es una novela espléndida.
Centrada en los días terminales de dos ancianos seniles, extraviados en una longevidad sin más enfermedades que la debacle de sus 90 años, los primeros sentimientos que puede incitar son la más profunda tristeza ante la vejez y el pánico a morir de viejos.
No es para menos, siendo que un hijo describe a sus padres como dos sombras que avanzan hacia la nada, perdiendo la memoria y la vista, el sentido del tiempo y la posibilidad de caminar… el deterioro total de quienes le dieron vida y nombre, una manera de ver las cosas, una ética.
En esa realidad pre mortuoria, mira hacia atrás y ata sus recuerdos a los de ellos, reconstruyendo su propia historia y la de una Ciudad de México condenada por el agua, agobiada por las inundaciones de los últimos tres años, y la borrasca política que la barrió en 2006.
Una mañana lo encuentra diciendo entre sollozos:
-No he sido un buen padre. Dilapidé la fortuna de tu madre, le hice daño siempre que pude sin pensar en nadie más que en mí. No tengo dinero, me mantienen mis hijos, no puedo caminar, estoy tuerto, con un brazo paralizado. Por las noches no llego al baño sin mancharme. Me quiero morir.
No se le ocurrió mejor cosa que ofrecerle al viejo un whisky, single malt, un Glenfiddich 15 años.
El pasaje, inserto casualmente en la manchada página 135 de mi ejemplar, marca el gran momento de Nos acompañan los muertos: enaltece al whisky como último lazo de amor que une a hijo-padre; y define al libro como el canto a la vida de un hijo que despide a sus viejos sin deudas sentimentales, con un sabor de deber cumplido.
Porque no es una novela triste -aun cruda e intensa en su nudismo literario-, sino una trova de amor hacia los padres y el rastro fundador de los abuelos.
Es por eso que a mí me provoca la dicha de cuando vuelvo a los lugares que me gustaron.
O me conmovieron.

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