La guerra contra el narco (parte I)
Diego Osorno
Rejas, vallas, diputados de su partido y más de mil hombres armados, sobre todo militares, ayudaron a Felipe Calderón a asumir la presidencia de México el primero de diciembre de 2006. La mañana de ese día, el Congreso no recibió a Calderón con el rito tradicional. El recinto del poder Legislativo permaneció sitiado por el Estado Mayor Presidencial y Calderón obtuvo de manera atropellada la banda del poder de manos de Vicente Fox, el mandatario saliente.
El encono en las calles a causa de unos cerrados comicios y la negativa de Calderón y de las autoridades electorales a realizar un recuento de todos los votos emitidos, se coló al salón de sesiones de la Cámara de Diputados. Durante la asunción del nuevo presidente, no hubo ceremonia oficial con los cadetes emplazados en la explanada legislativa, ni tampoco hubo discurso inaugural del nuevo gobierno en la sede oficial.
En cambio hubo abucheos, gritos y jaloneos de legisladores durante los 10 breves minutos que apenas duró el acto. Mientras diputados opositores peleaban con los del PAN, los del PRI permanecían en su gran mayoría neutrales, como simples testigos del shakespeareano espectáculo.
Los cronistas gubernamentales de la sesión hicieron lo que pudieron para disimular lo que se vivió ese día en el palacio legislativo. Sin una ironía consciente, Cepropie, instancia oficial encargada de transmitir la ceremonia por televisión a todo el país, dijo a través de la conductora oficial Diane Pérez, que la toma de protesta del presidente se había realizado en completa calma y que Felipe Calderón había empezado su gestión “con el pie derecho”.
Mañana, la segunda parte

















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