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Después del siniestro

Publicado el Jueves 5 de Noviembre de 2009Comenta esta información
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Martha Anaya
Ha pasado un año del siniestro en el que falleció el entonces secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño. A golpe de vista, bien podríamos decir que a partir de ese 4 de noviembre de 2008 y hasta el día de hoy, Felipe Calderón no sólo perdió su mejor pieza en el tablero de ajedrez político, sino que –en este lapso- perdió la partida completa.
Con la muerte de Mouriño, los hilos tejidos en la campaña presidencial y aún desde años atrás, quedaron sueltos. Y con ellos –como diría en su momento Mario Ruiz Massieu tras el asesinato de su hermano— también los demonios quedaron sueltos.
Infierno y purgatorio se convirtieron en el escenario en el que desde entonces se mueve el Presidente de la República.
Primero, un infierno personal: la muerte de su amigo, de su cómplice, de su colaborador de mayor confianza, del pececillo que le guiaba en las aguas oscuras y turbulentas, de aquel a quien muy probablemente hubiese elegido como sucesor (a pesar de los impedimentos legales).
Inevitable pensarlo: era Mouriño el (Luis Donaldo) Colosio de Carlos Salinas de Gortari. Sólo que la muerte de Donaldo ocurrió en el último año de gobierno de Salinas, y la de Mouriño en el segundo año de gobierno de Calderón.
Aunque si lo pensamos bien y vemos la debacle sufrida por el PAN en las elecciones intermedias –el PRI alcanzando la mayoría en la Cámara de Diputados en alianza con el PVEM-, más la serie de derrotas del blanquiazul en buena parte de los gobiernos de los Estados, bien podría decirse que la desaparición de Mouriño, fuese o no por accidente, aconteció igualmente –en términos de capacidad y eficiencia política- en el último año de gobierno efectivo de Calderón vis a vis de su partido.
La muerte de Mouriño produjo otros infiernos, dejó también su “viudas” y abrió el camino a grupos hasta ese momento agazapados.
Uno de ellos ocurrió a escasos metros de la oficina del propio Presidente de la República. Felipe Calderón fulminó de un día para otro a su entonces secretario particular, César Nava. La razón (más allá de “pecados” en su vida personal) de la decisión se atribuyó al enojo que provocó en los militares la forma en que César Nava organizó los funerales de Juan Camilo.
Inolvidable, por supuesto, el regaño de Calderón a los panistas por su “mezquindad” ante quien fue su más brillante y estrecho colaborador. Desahogo emotivo. Frustración del jefe del Ejecutivo. A cambio de ello, el acceso a puestos de poder a uno de los grupos que habían quedado de lado en la formación del gobierno calderonista: el grupo formado el “Jefe” Diego Fernández de Cevallos. (Léase entre sus principales figuras a Fernando Gómez Mont, sucesor de Mouriño en la secretaría de Gobernación y Arturo Chávez Chávez, actual Procurador General de la República.)
¿Viudas? Sí, del lado del PAN quedaron algunas, sin duda. Por parte de los empresarios, muchas más.
Pero hay un personaje que, desde mi punto de vista, perdió influencia desde la muerte de Mouriño, aún y cuando aparentemente se le siga considerando uno de los hombres más poderosos. Me refiero al coordinador de los senadores priistas, Manlio Fabio Beltrones.
Sí, tan sólo recordemos que hace un año los panistas (Manuel Espino entre ellos) reclamaban a Calderón el poder que se le daba a Beltrones, se hablaba incluso de que él era quien realmente gobernaba o cogobernaba. Su fuerza respondía en buena medida a la alianza que había forjado con Juan Camilo Mouriño.
Pero, muerto Mouriño, la guerra contra Beltrones se declaró. A un año de distancia, Beltrones ha ido perdiendo espacio. Poco a poco ciertamente, pues no es un hueso fácil de roer, pero se lo han ido quitando. Ya no es el mismo factótum de hace un año, aunque se siga manejando como tal.

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