Haití: ricos y pobres, bajo el mismo “techo”
Puerto Príncipe, Haití, 22 de enero (Notimex).- Aunque enfrentan las mismas consecuencias de la destrucción de Haití, las diferencias sociales de la población, donde no existe la clase media, se notan entre el hacinamiento de los campamentos de una de las zonas “bonitas” de la ciudad: Petion Ville.
Entre grandes casas y bancos, tiendas con aire acondicionado, hoteles y restaurantes de lujo, que no se ven en el centro de la isla, la plaza principal sobresale por el gran campamento que se estableció, donde predominan los charcos y escurrimientos jabonosos y de orines de las banquetas que lo rodean, convertidas en los baños públicos.
Ahí, donde las mujeres mientras caminan, con un solo movimiento se ponen en cuclillas para defecar u orinar y vuelven a su andar, están las dos clases sociales: unos, los más pobres, reflejan su miseria debajo de las roídas telas que los albergan en la explanada de la plaza; los otros, los de más posibilidades, la rodean con sus camionetas cargadas con algunas pertenencias, convertidas en sus hogares.
La inseguridad de permanecer dentro de sus viviendas dañadas por la sacudida que provocó el sismo hace 10 días y para quienes perdieron todo ha unido a estos dos sectores, unión que se ve clara como el aceite y el agua.
A la entrada de Petion Ville, donde la economía empieza a reactivarse, se sube por Bourdom, una de las áreas pobres, pero en ambas las casas aplastadas y otras que amenazan con caer son el paisaje que ofrecen estas zonas, contrastantes por la economía de sus habitantes mas no por las afectaciones.
La tragedia no limita la imaginación de los pequeños de ese lugar para jugar, inventando alternativas, como Enock, un niño de 10 años, que no puede regresar a su hogar porque se convirtió en montones de tierra, intenta agitar un papalote creado con una bolsa de plástico amarrada de las asas con un lazo para echarlo a volar.
La vendimia prevalece, en puestos improvisados y carritos tipo de venta de hotdog, por 50 gouder, moneda haitiana, que ahora equivale a poco más de un dólar americano, se ofrecen refrescos, frituras tipo empanada rellenas de pollo, verduras y arroz, pollo frito, cigarros y agua, en medio de la pestilencia e insalubridad que todos ignoran al pasar.
También empiezan a abrir las tiendas de barrio y los grandes supermercados, como el Big Market, que la gente con más posibilidades celebró con sus compras de despensa, leche para bebés y comida para sus mascotas.
Es la “gente bien”, que no sufrió daños en sus hogares, y que atraviesa la zona inmersa en la pobreza a bordo de sus camionetas.

















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