Historias de prensa
Mis padres se conocieron en la cooperativa Excélsior. Ahí formaron matrimonio e iniciaron su vida en común como personajes queridos e importantes de la administración de aquel diario de Julio Scherer. El prestigio de ambos hizo que la nueva directiva, encabezada por Regino Díaz Redondo, “nada más” los degradara de puesto. Mi padre decidió que, ante una hipoteca y dos hijos, lo racional era aceptar la situación.
Años después enfermó gravemente y tuve que acudir –como muchos otros hijos de la cooperativa- a pedir un trabajo estable, luego de hacer todo tipo de chambas durante un año para seguir mis estudios y apoyar en casa. En su amplio despacho del tercer piso, Regino Díaz Redondo me recibió una mañana.
Sin dejarme sentar en la silla del otro extremo me dijo con los ojos clavados en el ejemplar de la Primera de Noticias: “Tengo una plaza de ayudante de la Redacción, de las cinco de la tarde a las diez de la noche. ¿la toma o la deja?”.
“La tomo”, le respondí.
“Muy bien, preséntese en este momento con Luis de Cervantes” (en esa época jefe de información del aún poderoso diario Excélsior). Concluyó sin mirarme. Dije un “gracias” que no tuvo respuesta y el camino para salir de aquel despacho faraónico me pareció eterno.
Esa fue una de cinco veces -en siete años- que traté a Regino Díaz Redondo. Todas cordiales. La última una cálida despedida, cuando me fui para trabajar en la corresponsalía de The New York Times en México.
Ese día, con pánico por darle la noticia de mi renuncia y además tener que explicarle a Díaz Redondo, le había invitado dos horas antes un café a quien le debía haber sido reportero en Excélsior: Martha Anaya, en esa época jefa de información y desde entonces una queridísima amiga. Ella me había pedido entrar primero y allanar el camino con el director.
“¿Y cómo va su inglés?”, dijo sentado como siete años atrás.
“Bien, ya estoy aprendiendo”, respondí y su reacción fue una sonora carcajada mientras se ponía de pie para darme un fuerte abrazo.
“Si los gringos lo llegan a tratar mal, aunque sea el primer día, se regresa. Aquí tiene un lugar. Esta será siempre su casa. La cooperativa está orgullosa de usted”, me dijo con voz ronca y lo sentí sincero, incluso conmovido.
Me dio una sonora palmada en la espalda de despedida y nos estrechamos por última vez la mano a medio camino de esa ruta hacia la puerta que me siguió pareciendo eterna.
Hoy veo con desconcierto las imágenes que publica la revista Proceso sobre una auténtica mansión del ex directivo en La Moraleja, el exclusivo barrio a las afueras de Madrid. Más cuando el destino final del periódico que encabezó sólo puede calificarse de catastrófico. Ni siquiera los cooperativistas que lo expulsaron, como hizo el grupo que él lideró con Scherer García, terminaron aprovechando esa supuesta revuelta.
Al final, después de una venta que se fue a tribunales, el Nuevo Excélsior es otro diario, parte de un pujante consorcio de medios de comunicación, propiedad de una familia poderosa de empresarios que busca recuperar el prestigio que una vez tuvo.
Mi padre murió a los cinco años de trabajar yo en Excélsior. No sólo tengo una historia familiar en esos edificios, sino un muerto enterrado prácticamente entre sus paredes. Tuvimos el apoyo de la cooperativa en todo momento, aunque nunca fui ciego sobre la forma en que poco a poco se deterioró el “Diario de la Vida Nacional”.
Fueron tiempos difíciles en que llegué como un simple ayudante, un “hueso” de redacción, para concluir una licenciatura becado en una universidad privada y ser nombrado el reportero más joven de aquel entonces.
En mi opinión, el mal que siempre aquejó a la cooperativa es el mismo que afecta al país: los intereses particulares, y por ello mezquinos, están delante de los intereses de la mayoría.
Una tarde, un colega reportero me respondió cuando discutía sobre el perceptible deterioro que terminó con la caída de esa administración y la quiebra de Excélsior, eran todavía tiempos de bonanza en la “esquina de la información”:
“Casi todo se ha escrito en el periodismo mexicano. La única historia que falta es la de la prensa y esa, aunque te enojes, tardará mucho en publicarse”.
Tal vez la explicación sobre cómo se forma un patrimonio millonario a expensas de una moribunda cooperativa, pueda ayudar con el primer capítulo.
















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