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Martes 21 de Noviembre de 2017

Tradición y Ciencia

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Foto: Especial
Joaquín Ambía Garrido
Cuando René Descartes propuso su método científico, en realidad lo más novedoso y crucial para el avance de la ciencia no fue el método en si mismo, sino la formalización del mismo. Es decir, antes de Descartes, la gente observaba, hacía hipótesis, experimentaba y sacaba conclusiones, lo que cambió es que de alguna manera, el método se instituyo como la forma más aceptable de encontrar verdades… de hacer ciencia. Se pervirtió un poco, y se creyó tanto en él, que se llego a afirmar que sólo el conocimiento alcanzado por este método era válido. Cayó en malas manos y se hizo exclusivo de algunas élites pertenecientes a universidades europeas, estrechamente ligadas a la nobleza; grupos que escudándose malamente en Descartes, desprestigiaron todo conocimiento que no había pasado por sus instituciones. Tras el colonialismo europeo, el resultado de esta mala maña, como sabe y se imagina, astuto lector, fue el ignorar conocimiento milenario desarrollado (quizás usando el mismo método) por otras culturas.
Antes de continuar, quiero aclarar que este artículo no busca hacer una apología de los chinos, ni los africanos ni los nativos australianos, ni siquiera de las antiguas culturas americanas. Estoy seguro que más de un lector despistado ya había pensado en las pirámides y su mito de ser naves espaciales, o el fabuloso túnel que algunos peruanos dicen hay entre Machu Pichu y la costa, del cual todos han tenido noticia pero nadie ha visto. Más bien tratemos de darle su justo valor al conocimiento que en algún momento la humanidad alcanzó, independientemente de la cultura.
Regresando al tema principal. Ahora que el tiempo ha pasado, y a veces parece que tenemos la mente un poco más abierta que en el siglo dieciséis, los científicos de vanguardia han volteado a otros lugares para encontrar, o más bien retomar, interesantísimas líneas del saber que mantienen ciertas culturas milenarias. Este es el caso de la investigación que lleva a cabo el grupo del doctor Yung-Chi Cheng de la universidad de Yale. Han llevado a su laboratorio al PHY906, un antiguo extracto chino, que requiere 4 plantas para su formulación y se tiene constancia de su fabricación desde hace 1800 años. La antigua medicina era usada para mejorar la digestión. Los nuevos estudios además de corroborar sus antiguas aplicaciones, muestran que el PHY906 es un buen antiinflamatorio, y en el caso, por demás interesante, de administrarse junto al irinotecano, un fármaco común en la quimioterapia, contrarresta sus efectos secundarios: reduce su toxicidad intestinal, ayudando por lo tanto, a que el paciente pierda menos peso y se mantenga más fuerte. Pero lo más interesante es que además incrementa los efectos benéficos del irinotecano, lo hace más efectivo para atacar tumores.
El mundo entero podrá beneficiarse ahora de los estudios del Dr. Cheng sobre la medicina tradicional de sus antepasados. Quizás es buen momento, para volver a ver que podríamos sacar los mexicanos de la chistera. Cosa de dar un poco más de formalismo a la medicina tradicional… uno nunca sabe lo que podría salir del mercado de Sonora.

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