Y el Óscar es para…

Anne Wakefield
Ahora que todas las apuestas están en Colin Firth para llevarse el Óscar al mejor actor por “The King’s Speech”, sería bueno analizar la magistral película por la que estuvo nominado el año pasado y cuya omisión a la hora de premiar lo mejor del 2010, es imperdonable.
La única explicación a esto podría ser la resistencia de la Academia para reconocer que Tom Ford, un diseñador de modas, pudo – en su primer trabajo como director – crear una obra maestra.
Como un héroe clásico que se prepara para la batalla, George se pone su armadura, sólo que ésta, en su tiempo y tierra (principios de los años sesenta en California) consiste de un traje de tweed impecablemente cortado.
Con esta mentalidad, Ford en prepara a su personaje para enfrentar la que podría ser su última jornada. Con extraordinaria sensibilidad, Ford desenmaraña visualmente el recorrido interno de George (Colin Firth), un profesor de literatura que ha perdido al hombre que fue su amante por dieciséis años.
Ya pasó uno desde que Jim (Matthew Goode) muriera en un accidente automovilístico y George aun no se puede sobreponer. Más brutal que la pérdida misma, le afecta que ni siquiera tiene derecho a hacerla suya públicamente. Al mismo tiempo que una voz neutral en el teléfono le informa sobre la muerte del amor de su vida, le da el tiro de gracia cuando añade que al funeral solo podrá asistir “la familia”. Así como en vida la sociedad condenó su amor a las sombras, en la muerte condena su dolor al silencio.
El viaje interno que realiza George en un día, dura una eternidad y recorre la gama de emociones que le es común a todos los hombres. Menos de 24 horas de una odisea existencial que podría equipararse a la de Hamlet y su dilema de ser o no ser.
La cinta trata sobre la construcción artificial de una persona para “navegar” en el mundo cuando por dentro se ha naufragado. Ford juega técnicamente con un recurso fotográfico para transmitir como a lo largo del día y de su contacto con los diferentes personajes con los que interactúa, George ve todo como si fuera la última vez, o con una luz diferente.
La voz en off se apoya en el magnífico texto de la novela homónima de Christopher Isherwood, una reflexión profunda sobre la muerte, una epopeya del dolor. George se debate entre la determinación que ha tomado y que percibe como su única misión: suicidarse, o seguir adelante arrastrando su pena. En ese desolado desierto interno, George solo coincide con otro personaje, tan desesperado como él: Juliane Moore, en una conmovedora actuación.
De entrada, Ford parecería la persona menos indicada para embarcarse en un proyecto tan complejo como éste, pero dado que “A Single Man” es más que nada una película sobre las apariencias, algo debe saber un hombre cuyo oficio es crearlas.
¿Quién mejor que un diseñador de modas a para saber lo que se necesita para “construir” una persona? Y la película es sobre las apariencias, pero sobre todo sobre la mirada. La mirada de un hombre que se despide de la vida y que observa a la distancia lo que ocurre a su alrededor.
Ford debe conocer la discrepancia entre el mundo externo y el interno. El diseñador viste a sus modelos para proyectar no solo belleza, sino la ilusión de felicidad, pero es evidente que tiene la sensibilidad para conocer íntimamente el vacio y el dolor que estas fachadas encubren.
La referencia literaria de Isherwood es por supuesto el estilo de monologo interior llevado a la excelencia por James Joyce en su obra maestra, Ulises. Pero, Ford se atreve a ir más lejos y añade el elemento del suicidio como única alternativa para finalizar el día.
Ford hace un excelente trabajo de crear la belleza externa que resulta un eco cruel de la desolación del personaje. La impecable apariencia física de George y de su casa, las formas perfectas, la simetría y el orden como un frio reflejo de su soledad y aislamiento. El diseño arquitectónico con sus tonos neutros grisáceos como un mausoleo, parece reflejar la muerte. Tan estériles como los escenarios que Ford crea para vender sus diseños. Su buen manejo de la forma también queda demostrado en los movimientos de cámara que perciben la realidad desde el punto de vista de George como alguien que se está alejando de ella.
En varios momentos la cámara se detiene en los ojos y sugiere que al final de cuentas, la película misma no es más que una mirada. Nos muestra la realidad desde el ángulo distorsionado de alguien que ha decidido renunciar a la vida. La extraordinaria vida exterior de George es el contraste perfecto al desorden interno en el que se encuentra y hace su drama aun más entrañable.
George rechaza todas las ofertas de amor y de engancharse con la vida porque ya ha decidido partir y embarcarse: lo único que espera de la vida es que se acabe. Sin embargo, como el personaje de Julie en “Blue” del polaco Kristoff Kieslowsky, George finalmente se abandona a sus sentidos y la pulsión vital lo va envolviendo en un concierto de estímulos.
Podría suponerse que traducir en imágenes el mundo interno de un personaje requiere de la experiencia y maestría que sólo un director como Kieslowsky podría lograr, pero, suponemos que en el caso de Ford, la falta de oficio se pude sustituir con una exquisita sensibilidad, y con la agudeza de una mirada.
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