50 Años sin Hemingway
Guillermo Chao Ebergenyi
Nació hace 108 años. Murió hace 50. Si aún viviera, sería un ser detestable pues representaba todo lo opuesto a los valores que ahora están de moda.
Misógino, y más que misógino macho, amante de la naturaleza y al mismo tiempo depredador de ella, combatiente sin causa, cazador y pescador empedernido, alcohólico irredento, suicida.
Yo me atraganté de Ernest Hemingway no por su vida, sino por su muerte. Me impresionó tanto la noticia de su suicidio el 2 de julio de 1961, que con fruición leí en semanas todos sus relatos que hasta entonces sólo conocía por el cine. Tenía entonces 15 años y siempre me pregunté porqué un hombre exitoso había decidido descerrajarse un disparo de escopeta en la cabeza.
Siete años después, en Cuba, pospuse un viaje a Santiago con tal de poder visitar Finca Vigía.
Ahí, en el escenario creativo y descriptivo de algunas de sus mejores obras y sus peores borracheras, para entonces convertido en santuario hemingwyano, hice profesión de fe y me convertí en romero de esta inagotable romería.
Hemingway me interesaba aún como novelista, pero me había comenzado a interesar más su parte menos conocida y celebrada, la de periodista.
“Las fórmulas periodísticas han sido probadas, aprobadas y santificadas. Todas en conjunto se reducen a 110 reglas, de las cuales sólo dos son válidas:
“Regla número 1: Usar frases cortas. Regla número 2: Emplear un estilo directo, sin rodeos. Ser positivo. Describir con palabras efectivas. No usar adjetivos innecesarios. Cuando haya duda, cortar el párrafo. Abreviar las frases. Cortar, abreviar, cortar… No usar nunca dos palabras cuando con una baste. No buscar mirlos blancos ni grandes tragedias. Todos los mirlos son negros. Todas las tragedias son grandes”, recomendaba.
Hemingway era un maestro del relato porque era un redactor consumado:
“La prosa es literatura, no decoración de interiores”, había dicho.
Su nexo con el cine es generacional, inevitable e interminable. Irrumpió en el mundo literario justo en el momento en que el cine dejaba de ser mudo para convertirse en un espectáculo visual y sonoro. Esa sonoridad que atrajo a nuevos fanáticos del cinematógrafo, aparece también en las primeras obras de Hemingway a través de los diálogos de sus personajes, que “hablan” con insólita frecuencia si se comparan sus novelsa con la de sus antecesores y contemporáneos.
Hemingway tal vez no inventó la novela “parlante”, pero contribuyó a rescatar la literatura de los rincones de la introspección reflexiva donde la había dejado Dostoievski, para ubicarla en un nuevo estrato de personajes que se expresaban en primera persona del singular y que, por lo tanto, resultan de carne y hueso… a pesar de ser de papel.
Del patetismo de “Crimen y castigo” al desenfadado cinismo de “París era una fiesta”, no sólo hay dos generaciones de por medio, sino un proceso literario completo de diferencia.
“Poner en boca de personajes construidos artificialmente las propias reflexiones intelectuales, quizá sirva para hacer un buen negocio, pero no para hacer literatura”, dijo.
Si los personajes de Hemingway eran cínicos, es porque ante todo eran genuinos. Su originalidad provenía de la experiencia propia porque el autor los había vivido, bebido y convivido.
Participó y narró los San Fermines en “Ahora brilla el sol”; fue testigo y herido de guerra en el frente italiano antes que autor de “Adios a las armas”, y corresponsal en la Guerra Civil española antes que escribir “Por quién doblan las campanas”.
Su mayor pifia fue, por cierto, la única historia que tal vez no vivió plenamente: “A través del río y entre los árboles”, publicada en 1950, resultó un monumental fracaso; pero Hemingway tenía un extraordinario poder de recuperación literaria, y con otra historia genuina, por haberla vivido muchos años y por ser su mayor fantasía, ganó el Pulitzer, y en 1954 el Nobel de literatura. “El viejo y el mar” vendió más de cinco millones de ejemplares y fue traducido a más de 12 idiomas.
Como sucedió con muchas otras de sus historias, también ésta fue llevada al cine.
Aún recuerdo las largas colas bajo la lluvia de un invierno de 1959 para ver el estreno en el cine Las Américas de la ciudad de México.
Dos años más tarde, en su casa de Ketchum, Idaho, Hemingway tomó su escopeta Boss con la que solía cazar perdices y se voló la cabeza.
Poco antes había declarado a uno de sus biógrafos:
“Cuando un boxeador ya no puede pelear, se retira. ¿Qué crees que debe hacer un escritor que ya no puede escribir?”.
De tanto contar y vivir otras vidas, Ernest Hemingway había vaciado la suya.
Provenía de una familia de suicidas. Su abuelo y su padre lo antecedieron en la misma manera de enfrentar y adelantar la muerte. Lo mismo hizo una de sus nietas. El estímulo de la autodestrucción era congénito y lo condujo a amar el riesgo como una fórmula de retar al síndrome.
La figura del macho, que se creía cuidadosamente cultivada, era, en el fondo, la trágica representación de un ser profundamente enfermo que no se aceptaba a sí mismo, y que en su reto permanente a la virilidad iba posponiendo la trágica pero inevitable conclusión.
Tantas veces a punto de morir y no lograrlo (como en Italia, cuando terminó con 200 esquirlas de mortero en una pierna; en Africa, donde acabó semiparalítico, estrellado en un avión; o en la corriente del Gofo, donde, patético y ebrio perseguía imaginarios submarinos nazis a bordo de un yate de recreo), debió llevarlo a la convicción de que sólo Hemingway podía terminar con el personaje que había creado a lo largo de su vida, y que a diferencia de los demás, a éste otro lo traía adentro, inseparable, constante, perverso.
Como en la mayoría de sus novelas, Hemingway tenía que matarlo. Lo hizo minuciosamente, sin piedad ni concesión. El cazador experto sabía de lo que era capaz una escopeta.
Juan Belmonte, uno de los mejores toreros españoles y, como Hemingway también suicida, produjo una de las grandes frases de la sabiduría popular universal.
Belmonte no era filósofo porque no quiso. Dijo: “En el mundo sólo hay dos clases de hombres: cazadores y pastores”.
Hemingway era de los primeros. No crió para matar. Mató para crear.
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