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Los amores falsos de Andrés Manuel

Enviado por en 10/01/2012 – 00:19

Rubén Cortés

En su dinámica amorosa, AMLO tendió ayer la mano a Diego Fernández de Cevallos: “Yo lo respeto mucho. Él quedó un poco resentido por un debate que tuvimos hace 12 años, pero yo le extiendo mi mano franca, yo no odio a nadie, no lo veo como mi enemigo”.

Pero, aun cuando la reconversión de político camorrista a pacifista le funcione en las encuestas que aparecerán esta semana, el precandidato presidencial único de “las izquierdas” está perdiendo la oportunidad de aparecer como un político respetable.

Los políticos que son congruentes son respetables, pues no engañan. Y él es incongruente porque llega a ser baladí, como al decir que “no veo a Diego como mi enemigo”.

Un simple ejercicio demuestra lo contrario: al escribir en Google “lopez obrador-fernandez de Cevallos-delincuente”, en 0.31 segundos aparecen 22 mil 500 resultados.

En el aspecto cultural, la simulación habla de complejo, timidez u ocultamiento. Son las “máscaras” que menciona Octavio Paz en su análisis antropológico y cultural del mexicano en El laberinto de la soledad:

“Sin importar a qué se dedique el mexicano; se encierra y se aleja de todos y de sí mismo. Siente que una mirada con el vecino puede desencadenar una serie de sucesos. Se encierra porque es parte de su hombría, el abrirse a los demás es símbolo de traición; el no puede abrirse a los demás y expresar sus sentimientos porque los demás no lo entenderían y eso sería “rajarse”. Cuando ha contado sus secretos a alguien que los dirá con todos; es ahí donde radica la desconfianza del hombre”.

Sin embargo, eso es el aspecto antropológico y cultural de una sociedad: en el caso de una sola persona, de un político, la máscara resulta una característica negativa porque se trata de alguien que pretende engañar desde una posición de poder.

Pablo Hiriart abundó en este tema, de manera chispeante, en su Uso de razón de ayer (http://www.razon.com.mx/spip.php?page=columnista&id_article=105735):
“Hasta los acercamientos de AMLO con el sector privado son un espejo de sus contradicciones. A las reuniones con empresarios llega acompañado del regiomontano Alfonso Romo, a quien en su libro La mafia que se adueñó de México, publicado apenas en 2010, ubica como uno de los 24 “potentados” que mediante operaciones inmorales se apropiaron de México (páginas 23 y 24)”.

Una incongruencia de AMLO en su precampaña que va en dos carriles: el engaño, ejemplificado en caso como el “respeto” y “la mano tendida” a Fernández de Cevallos; y el segundo, la demagogia, representada en su promesa de crear siete millones de empleos en seis meses.

Y es incongruente no solo con él mismo, sino con la democracia, porque la está engañando: o con la demagogia…o con la mentira.

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