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Narco y sequía asfixian la Tarahumara

Enviado por en 28/01/2012 – 00:21 Un Comentario

Creel, Chih. Patricia Betaza (Enviada especial).- En la Tarahumara parece que el tiempo quedó atrapado entre las enormes piedras de la Sierra Madre occidental. Nada se ha movido en siglos: misma pobreza, marginación, abandono y dispersión de los indígenas rarámuris. Situación agudizada ahora con una sequía sin precedentes en lo últimos setenta años y la violencia del narcotráfico que ha convertido a varias comunidades en “pueblos fantasma”.

El tema de los tarahumaras atrajo nuevamente los reflectores a raíz de las declaraciones de un líder comunal que denunciaba “suicidios masivos” por la falta de alimentos. Algo que fue desmentido por autoridades estatales y por organismos de derechos humanos. ¿Qué está pasando en la Tarahumara?

Entrevistado en una de la entregas de ayuda humanitaria por parte de la Cruz Roja nacional, César Duarte, gobernador de Chihuahua reconoce que hay hambruna; no hubo cosecha y los rarámuris no tienen que comer. La mayoría vive de lo que siembra. Quince meses sin llover ni nevar, tiene desesperados a los habitantes de la enorme cordillera. El mandatario estatal asegura que lanzó la advertencia sobre lo que ya se veía venir, pero no hubo respuesta inmediata del gobierno Federal. Culpa a la Sagarpa y a la Sedesol. De la violencia derivada del narcotráfico, considera que “es la misma que afecta al país”.

El mismo presidente Felipe Calderón ha reconocido la severidad de la sequía, como consecuencia de un cambio climático: tala hormiga de los bosques, presencia de aserraderos, han quebrado el equilibrio ecológico. No hay árboles, no hay lluvia, no hay nieve y… no hay que comer.

Pero la sequía no es el único problema de la tarahumara. Solo un ejemplo: Creel, considerada “pueblo mágico”, una de las comunidades de mayor atracción turística por su cercanía a la Barranca del Cobre, no ve un visitante desde 2008 cuando se registró la matanza de 13 personas. La puñalada final al turismo se dio con la difusión de un video captado en 2010 por la cámara de seguridad publica estatal, que muestra individuos drogarse y asesinar a sangre fría a 9 personas, sin que ninguna autoridad local interviniera.

Muchos de los rarámuris viven de la venta de sus artesanías. Es temporada baja. Pero dueños de comercios y restaurantes dicen que nunca habían estado tan vacíos sus establecimientos. Regularmente por estas épocas era común recibir aun gran número de turistas extranjeros, especialmente de Europa. En Creel como en Sisoguichi, Bocoyna, Guachochi, Carichí y demás poblados de la Sierra, sus habitantes bajan la vista cuando se les pregunta sobre la violencia en la zona. Reconocen simplemente que la gente tiene miedo “por todo lo que se dice que pasa aquí”. Luego se hunden en el silencio.

Lo cierto es que el miedo se respira en el ambiente con solo transitar por las serpenteadas carreteras de la Sierra. El azul del cielo es nítido. Las coníferas lucen majestuosas y son las únicas que dan color verde a la imponente orografía. Es común ver de pronto, a dos o tres tarahumaras como perdidos en la inmensidad, contemplando el paisaje.

Recorridos de más de dos horas en automóvil son en solitario. Lo intrincado de la geografía tarahumara es ideal para mantener ocultos- dicen sus habitantes en el anonimato- los cultivos de droga. Misioneros jesuitas, cristianos y de otras iglesias, dicen que el fenómeno no es nuevo, pero si agudizado en los últimos años.

El Padre jesuita José Guadalupe Cortés, resume así la problemática. “La tarahumara vive una hambruna histórica, por su orografía semidesértica, la tala de árboles, la violencia generada por el narcotráfico que ha ahuyentado al turismo y también por razones culturales de los mismos rarámuris: un desapego por lo material, el dinero, basado en la kórima, vocablo que establece la tradición de compromiso social, basado en la ayuda y el apoyo mutuo.

Aunque se han multiplicado los envíos de ayuda humanitaria, los “chabochis” tarahumaras que hablan el español y han dejado sus vestimentas tradicionales, dicen que la falta de empleo ha propiciado la agudización de los ancestrales problemas. Ya no quieren despensas ni migajas. No hay ayuda que dure. Lo que necesitan, dicen, son proyectos productivos, es la única manera de poder aliviar a largo plazo la problemática que padecen.

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