Besos en la boca
Sería fantástico que Christian Benítez y Matías Vuoso festejasen un gol pasado mañana en el DF dándose un beso en la boca, pero no fingido como el domingo en Puebla. Sería un homenaje merecido a nuestra ciudad cosmopolita y moderna, por la proyección avanzada de sus leyes.
Quedaría cerrada la polémica torpe creada por la Federación Mexicana de Futbol, al considerar “un mal ejemplo para el público” la recreación de beso de ambos goleadores del América, y el envío de una “recomendación” al club para que no se repitan ese tipo de jubileos.
Por fortuna, el presidente deportivo del equipo, Ricardo Peláez, lo consideró como lo que fue: “Una explosión máxima de alegría y está mal”. Es algo usual en el futbol, aunque uno de los más famosos sea el “piquito” de Diego Maradona y Claudio Caniggia, cuando jugaban en Boca Juniors.
Y el brasileño Cleberson besó al árbitro Ubiraci Damásio porque lo expulsó de un partido Cabofriense-Botafogo, Blanc a Barthez en la calva en Francia 98, Stoichkov en la lengua a Koeman, Kluivert con cariño a Guardiola cuando jugaban en el Barcelona, Figo con frialdad a Raúl en el Madrid…
Sin embargo, la importancia del beso de Christian Benítez y Matías Vuoso se puede inscribir en su pertenencia a un equipo de la ciudad que lleva la vanguardia nacional en la aplicación de leyes contra la discriminación y en favor de la libertad individual y de la promoción humana.
Antier, por ejemplo, la Asamblea Legislativa aprobó que la atención y combate al SIDA deje de ser un programa planteado según conveniencias políticas para convertirse en obligación oficial, con el nombre de Ley para la Prevención y Atención Integral del VIH.
Su objetivo es cubrir todos los servicios de salud y garantizar el respeto de los derechos humanos en la prevención, atención e investigación de las personas afectadas por la epidemia y a las que no están infectadas, pero sufren el embate y la mortalidad asociada al SIDA.
Esta ley se agregó a otra reciente, que convierte a todos los capitalinos sean donadores de órganos al morir, salvo que en vida dejen expresa su negativa o un familiar lo rechace, y colocó al DF en la órbita de países líderes en la iniciativa de salvar vidas: España, Estados Unidos y Portugal.
Una medida flamante, que busca incrementar la tasa de donaciones hasta 40 por millón de habitantes, pero que ahora es de siete por millón, una cifra lamentable, pues al año mueren 380 mil personas candidatas a ser donantes.
Esperemos entonces que Benítez y Vuoso se entusiasmen y vuelvan a besarse: se los agradecerá una ciudad que ha sido capaz de construir instituciones y ampliar el régimen de derechos y libertades.
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