Cómo engañar con encuestas… y cómo no
Los resultados pueden ser reales, pero aun así no reflejar la realidad. ¿Contradicción? Maña. Aquí le digo cómo se nos engaña con las encuestas.
Ya se sabe que una encuesta levantada en una colonia de clase media de una ciudad grande (Guadalajara, México, Monterrey) y en una comunidad indígena (náhuatl, rarámuri, chontal) no arrojarán los mismos resultados, no importa el tema. El acceso a la información masiva no es igual en ambos contextos, ni sus necesidades ni su forma de ver la vida. Tampoco es lo mismo encuestar a los lectores de Proceso que a los del Hola, ni a los estudiantes de bachillerato o a los doctorados. La diferencia de universos genera resultados alejados al aplicar un mismo cuestionario a la misma cantidad de entrevistados en uno y otro medio. Esa es una manera de torcer los resultados, pero hay otra.
Si una mujer encuestadora vestida a la moda ejecutiva me pregunta por quién votaré, o si la misma pregunta me la plantea otra con apariencia de joven bachiller, tendré cierta inclinación a dar respuestas diferentes a una y a otra -sobre todo si tengo algún grado de inseguridad.
Otro caso: si me inclino por el candidato de perfil social y me aborda un grupo de encuestadores con aspecto de “escoltas personales”, con traje, corbata y lentes impenetrables, por puro instinto de conservación les responderé lo que creo que quieren escuchar: que votaré por el candidato institucional. Lo mismo en el caso contrario, claro.
Uno más y ya. Es muy diferente preguntar “¿Por quién votaría si la elección fuera hoy?”, que hacer antes de ésta otras preguntas como “¿Qué piensa del Candidato Institucional del Partido Revolucionario Institucional” (ejemplo), “¿Quién le parece que tiene más visión juvenil para conducirse en la Presidencia?”, “¿Está de acuerdo en que ya es hora de que tengamos una mandataria civil en la Ciudad de México”?, y así… Para cuando se formule la pregunta sobre su intención de voto, este contexto previo ya habrá influido en la percepción de la persona entrevistada y, por ende, alterará su respuesta.
¿Pero es que no existe una mejor manera de levantar una encuesta? Sí la hay. Parte de una teoría que explica la reconocida medidora de preferencias alemana Elisabeth Noelle Neumann en “La espiral del silencio” (1977): por ser entes sociales interdependientes, las personas vivimos atentas a las reacciones de quienes nos rodean; de ello depende que logremos aceptación o que la otorguemos, factor del que depende nuestra vida social en mayor o menor grado. Esta necesidad nos convierte en observadores permanentes y muy agudos, en analistas expertos de nuestro entorno.
Con esa base, si a un ciudadano se le pregunta “¿Por quién vas a votar?”, inevitablemente responderá influenciado por la necesidad de ser aceptado; esta influencia hará que en algunos casos conteste con la verdad, pero que en otros elija evitar el rechazo de quien le encuesta.
Sin embargo, si se le advierte que obviamente es imposible que sepa la respuesta con certeza pero se le pide que aún así responda a la pregunta “¿Por quién crees que va a votar la mayoría?”, se estará capitalizando la capacidad de observación del entrevistado y él o ella, sin riesgo personal, podrán responder con la verdad, aunque ésta sea diferente a su preferencia electoral. De esta manera, en vez de obtener un conteo de electores, tendremos un conteo de observadores certeros y el resultado de la encuesta será por mucho el más confiable.
Es impensable que los asesores políticos no hayan leído a la afamada autora de esta solución. Entonces, ¿por qué siguen haciendo preguntas que sólo miden errores y no la pregunta que les llevaría a los resultados reales?… ¡Exacto! A eso iba yo.
NOELLE NEUMANN, Elisabeth. “La espiral del silencio: opinión pública, nuestra piel social”, Paidós, 2010.












