Arma vieja es la mentira… pero mata
En tiempos de guerra es cuando se inventan las armas. En tiempo de campañas, los fraudes. Unas y otros se exportan (a México), y ambos sirven para dominar al indómito. Sobre las encuestas, por ejemplo, sabemos sin necesidad de pruebas ni posibilidad de obtenerlas, que las únicas verídicas son las que no nos llegan (ni nos llegarán). Esas que descubren el avance de López Obrador, sí, pero sobre todo las que miden las reacciones que tendrían los entrevistados ante determinados rumores.
Saber cómo reaccionaría la OP ante otra campaña como la que nos debilitó tanto en 2006, que la sociedad permitió el fraude que nos impuso a Calderón; descubrir que, si no se transigía en el recuento de los votos, y la protesta de Reforma se prolongaba, la memoria colectiva se acordaría durante años de los meseros que perdieron su empleo, algunos cientos, y prolongarían la crítica al “intransigente” López Obrador sin acordarse de los millones de nuevos desempleados. ¿Intransigente? ¿O sea que si alguien quiere robarme y yo me niego, el intransigente soy yo, porque insisto en detener el daño que se me hace?
Seguro esas encuestas secretas revelan que otra campaña violenta contra López Obrador ya no sería creíble, el Sistema perdió toda credibilidad, y por eso ahora la llevan por curvas menos cerradas. Pero si bien hay moderación, también hay campaña sucia. Es más hipócrita, menos visible, por una razón sencilla: después de seis años de estarle buscando y buscando, no le han encontrado un solo punto honestamente atacable a Andrés Manuel. Pero el tema de Reforma vuelve a la memoria en estos días, vuelve la boba identificación con Hugo Chávez, la amenaza de que nos quitará la casa (ni en su país lo ha hecho Chávez, gobernante al que la mayoría del pueblo ha refrendado desde 1999).
¿Qué hay detrás de los 10 mil millones de dólares de todos los mexicanos que Calderón le dio al FMI la semana pasada? ¿Qué, detrás de los 174 mil millones de pesos que Hacienda “condonó” pero no “perdonó” (sic) a los más ricos de México? ¿Qué hay detrás del evidentísimo y formalmente denunciado rebase del tope de campaña de Peña Nieto, de los delitos denunciados de sus allegados, de las cuentas que dejó pendientes con la sociedad de su Estado, de los compromisos oscuros que –esos sí– sabemos que cumplirá hasta sin haberlos firmado? Se preparan todavía más ingeniosas y menos conocidas mecánicas para el fraude del 1º de julio, mientras aumenta el desempleo, la gasolina, la edad de jubilación, la deuda pública, la violencia y el hambre. Esta vez el fraude viene cargado de sicología social, de manipulación de la opinión pública, de manejo del rumor, del miedo, de una dominación basada en la ignorancia y el hambre de un pueblo cansado de sufrir.
Vuelven a escucharse las opiniones sin otro fundamento que la intensidad del rumor. Que López Obrador volverá a impugnar los resultados, que volverá a tomar Reforma, que cientos perderán su empleo, que el país se paralizará tres, cuatro, seis meses y luego todo regresará a la normalidad. ¿Normalidad? ¿Lo que estamos viviendo es la normalidad?
En el sentido estadístico (la tendencia principal), sí lo es. Y en este contexto no sería raro que, llevando la mentira a extremos, los mismos autores del fraude sean quienes agiten a la sociedad, quienes incluso asuman el vandalismo a nombre de grupos sociales sin importar que el país se incendie, con tal de tener un pretexto (inventado, pero servirá) para aplastar “la insurrección” con la bruta fuerza del Estado. No sería la primera vez (Tlatelolco, Jueves de Corpus, por poner ejemplos estudiantiles). Que se auto-ataquen para defenderse de nosotros, la sociedad civil, dominarnos y ganar sin tener que entrar por la puerta de atrás del Congreso. Total, todo se puede y nada pasa (es ironía).
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