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Educación en México; razón de la sinrazón

Enviado por en 28/07/2012 – 00:10

Rodrigo Serrano Ávila

• Mientras la UNAM rechaza alumnos, la SEP contrata profesores reprobados.

Con más del setenta por ciento de los aspirantes a ocupar una plaza como profesores prácticamente reprobados por haber contestado de manera incorrecta más de la mitad del Examen Nacional de Conocimientos, Habilidades y Competencias Docentes (según datos de la Secretaría de Educación Pública) queda claro que al menos 7 de cada 10 maestros no cumplen con el nivel de conocimiento mínimo para poder impartir clases a los estudiantes de primaria y secundaria en el país.

El dato pudiera parecer de lo más desalentador por la gravedad que reviste el desconocimiento evidente de quienes pretenden a su vez impartir conocimientos a nuestros educandos; pero existe un dato aún peor que incluso raya en lo escandaloso.

A pesar de haber evidenciado un desempeño sumamente bajo, que va de los 3 a los 6 puntos en el examen, casi 110 mil de esos aspirantes, contra todo sentido común y desgraciadamente en perjuicio de miles de estudiantes del sistema educativo oficial, podrán ser contratados para ponerse al frente de un aula.

¿La razón de esta sinrazón? El propio Secretario de Educación, José Ángel Córdova Villalobos la explicó, al reconocer que incluso en ciertas zonas rurales e indígenas del país se tuvo que bajar el nivel de la prueba “porque si no, no tendríamos maestros”.

Dice una antigua frase de la sabiduría popular, que “en el país de los ciegos el tuerto es rey”; por alguna razón, la realidad triste, desalentadora y vergonzosa del magisterio nacional trae a colación este axioma y no es para sentirse orgullosos.

Es cierto que en México se ha alcanzado desde hace algunos años la cobertura universal en educación primaria, pero ha llegado el momento de preguntarnos de qué calidad es esa educación.

Si lo que necesitamos es un país con gente cada vez más preparada, es obvio que tenemos que empezar por los profesores, pero la situación cobra otro cariz cuando volteamos a ver el estado en que se encuentra la educación superior.

A nivel universitario, México cuenta con excelentes docentes e investigadores en todas las ramas del conocimiento en varias de las principales instituciones públicas y privadas del país, pero la cobertura sigue siendo por completo insuficiente y no es precisamente por falta de demanda.

Recientemente, luego de presentar el examen del segundo concurso de selección para ingresar a alguna de las 99 licenciaturas que ofrece la Universidad Nacional Autónoma de México, de 62 mil 682 aspirantes, sólo el 10 por ciento obtuvo un lugar; es decir, 6 mil 500 alumnos podrán iniciar sus estudios universitarios en el próximo ciclo escolar que comienza el 6 de agosto.

Para los restantes 56 mil 182 aspirantes que no obtuvieron un lugar, el panorama es por cierto desolador; o se ponen a trabajar (y claro está que los empleos bien remunerados no abundan) para juntar dinero y pagar una educación particular cada vez más costosa y elitista, lo que se antoja más heroico que factible, o esperan para presentar su examen de nueva cuenta en las próximas convocatorias a ver si corren con más suerte, o pasan a engrosar las filas de los multicitados “ninis” que ni estudian ni trabajan, pero sí suponen una carga para el Estado y por supuesto para sus familias, por más que hasta ahora se hayan convertido en invisibles y hasta prescindibles para el sistema educativo, laboral y económico de este país, lo cual es sumamente grave, sin contar el problema social que esto conlleva, ya de todos conocido.

Especialmente preocupante, si se analiza el comportamiento de la demanda educativa en la principal casa de estudios superiores del país, es comprobar que esta situación ha prevalecido prácticamente sin cambio alguno durante la última década.

Según datos de abril de 2002, de 79 mil 640 aspirantes, que en aquel momento representaban 26 mil más que en el año 2001, sólo 8 mil 400 alumnos fueron aceptados, o sea el 10.5 por ciento; lo cual nos da una idea del rezago y de la necesidad urgente de invertir en más infraestructura universitaria en el país, pues es sabido que no sólo quienes obtienen malas calificaciones son rechazados, sino que muchos cuyo promedio sí es aceptable, se quedan sin poder ingresar.

Que no nos quepa la menor duda, que sin el más mínimo espíritu fatalista, pasarán sólo unos pocos años antes de que esta imperdonable omisión nos cobre la factura, de forma cada vez más costosa, incidiendo directamente en los niveles de desarrollo económico e incrementando la descomposición social, la cual ya está presente y no nos ha llegado de la noche a la mañana.

Un país no puede dar la cara de manera digna al mundo con sus jóvenes abandonados a su suerte, sin oportunidad alguna para forjarse un futuro, ya no digamos promisorio, pero sí cuando menos con mayores herramientas para la supervivencia.

De cara a un mundo cada vez más globalizado, más temprano que tarde, la incompetencia en materia educativa nos dejará fuera de la competencia por el desarrollo, como país y como personas; lo mismo a nivel micro que macroeconómico y eso constituye una verdad inquietante pero irrefutable, le duela a quien le duela, o le incomode a quien le incomode.

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