THE MASTER: Ser o no Ser
“¿Quién eres?”, pregunta insistentemente el maestro cuando está sometiendo a alguien a su “tratamiento”. El nombre repetido una y otra vez provoca un estado de trance en el paciente que termina por revelar, sin querer, su verdadera esencia. Al contrario del psicoanálisis que pretende ayudar a reconciliar al “yo” interno con el externo, la cura que propone el carismático fundador de una secta llamada “La Causa”, es la negación de los instintos. “Los seres humanos no somos animales”, asegura el gurú y las pasiones que nos someten son una “desviación” del estado primitivo, puro y perfecto del alma. Su teoría se complica un poco más cuando asegura que fueron seres extraterrestres los que torcieron el curso verdadero del hombre y su alma. ¿La misión del maestro? Ayudar a que sus seguidores “corrijan” sus impulsos negativos y enderecen el camino. En definitiva, la solución que ofrece la gran ciencia del maestro es el “no ser”, es la negación de los instintos que en términos más generales, es la negación de la vida, la destrucción de Eros. El maestro ni siquiera tiene que elegir cuales serían los impulsos “negativos”, la elección fue hecha ya desde hace siglos por muchas y diferentes religiones.
The Master es un inquietante drama que muestra la turbia relación entre Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman), el creador de la secta y Freddie Quell (Joaquin Phoenix), el más perturbado de sus seguidores. Paul Thomas Anderson, escritor, director y co-productor de la película reconoció que su argumento está “inspirado” en los inicios de la “Dianética” y su fundador, Ron L Hubbard. Freddie, es un psicótico veterano de la Segunda Guerra Mundial que cae en las manos de Dodd y se convierte en su principal “conejillo de indias”.
El filme transcurre en los años 50 (Hubbard fundó la Iglesia de la Cienciología en 1952). La cinta fue filmada en espectacular 70 mm, un formato que no se usaba desde hace dieciséis años. Esto le permite a Anderson el trazo amplio para revelar un mundo que en apariencia es todo luz y colores suaves. Un panorama inmenso, un horizonte cargado de posibilidades abiertas a todos los estadounidenses después de la Segunda Guerra Mundial. A todos menos a quienes les había tocado vivir el infierno y asomarse al abismo. Freddie era uno de ellos. El joven se comporta efectivamente como un animal, desenfrenado, irreprimible, de pasiones extremas sin el menor auto-control. La actuación de Phoenix raya en la locura y tiene la misma peligrosa intensidad que llevó a Vivien Leigh al límite después de “Un Tranvía Llamado Deseo”.
Para Freddy, la guerra no ha terminado. Dodd está también en guerra. No sabemos bien a bien contra qué o contra quien, pero su actitud iracunda parece dirigirse hacia la vida misma. “Peleamos contra el día y resultamos triunfantes”, dice antes de irse a dormir. Cuando conoce a Freddie, el muchacho está en su peor momento. Freddie está prófugo en California. Anda huyendo de unos inmigrantes filipinos que lo persiguen por la muerte de un compañero tras beber una de las tóxicas mezclas de alcohol y thinner que Freddie prepara y consume consuetudinariamente. Embriagado y sin un centavo, deambula por los muelles de San Francisco una noche cuando divisa un barco iluminado que navega bajo el Golden Gate. A bordo hay una fiesta y todos parecen felices y elegantes, en contraste con su desarrapada figura. Freddie logra subirse a la que resulta ser la “nave de los locos”.
El organizador de la fiesta es nada menos que el “maestro” y un grupo de sus incipientes seguidores. El alcoholismo y la locura de Freddy lo convierten en el espécimen perfecto para Dodd. Liberarlo de sus excesos, la prueba irrefutable de su éxito. Como Russeau, Dodd aboga por recuperar al “buen salvaje” que en su caso es el alma como era en un milenario pasado antes de ser raptada por seres espaciales que la desviaron de su natural bello y espiritual curso. Con fuerza de voluntad, el hombre puede reprimir sus más bajos instintos y volver a su estado de pureza original. Con su tratamiento de diálogo hipnótico, Dodd trata de curar a Freddy; someterlo, narcotizarlo, hacerlo inmune al dolor, alejarlo de su “animalidad”, despojarlo, en fin, de todo trazo humano.
Aunque aparenta tener todas las respuestas, el maestro termina por no articular ninguna. La avidez con la que esperan una palabra para “sanar su alma” es escamoteada a sus seguidores. De igual manera, Anderson nos deja colgando de un hilo; esperando el momento de gran revelación que nunca llega. Las motivaciones de Dodd continúan tan ocultas al final como al principio. Más que señalar, la dirección de Anderson, sugiere y el filme tiene esa misma energía contendía, estéril, jamás expresada ni en gesto ni en palabra.
El virtuosismo de Anderson se queda a nivel visual, en el retrato del ilusorio “sueño americano” de los años 50. Si acaso, en esta elección estética Anderson trató la mejor forma de “explicación” de sus personajes. En la imperfección subterránea de familias felices y prados verdes que la mercadotecnia comenzó a inventar. La primera profesión que encuentra el traumatizado Freddy después de la guerra es la de fotógrafo en una tienda departamental. Ahí entre bellas mercancías, Freddie saca fotos de parejas perfectas de sonrisas radiantes y promesa en la mirada. En este mundo donde no hay cabida para los inadaptados, un místico carismático como Dodd puede verse como la única y lógica solución para quien no cupiera en el patrón. El niega que este mundo de perfección pueda dar pie a personas dañadas, niega que los traumas puedan responder a eventos en esta vida y los adjudica a vidas pasadas. Así, no solo expía de culpa a quien no encaja en el modelo, sino al modelo mismo incapaz de crear seres imperfectos o infelices.
Desafortunadamente, un tema fascinante, aun en manos de un cineasta fascinante, no se traduce necesariamente en una película fascinante. Aunque “The Master” es sobre la salvación de almas, al filme de Anderson le falta justamente eso, alma.
Tags: alma, eros, Paul Thomas Anderson, película, psicoanalisis, ser o no ser, the master












