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Martes 28 de Marzo de 2017

Piropos y “paranoia” feminista

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Profesor UAM-Xochimilco y UPN-Ajusco

Una historia para no creerse, si no fuera por el espíritu androfóbico y paranoico inherente a la mitología feminista.

Vaya, a estas alturas ya sabemos que las feministas viven colgadas de una auto-victimización enfermiza, y que, por ello, ven “violencia machista” por todos lados. Su imaginación no tiene límites. Proceden de la misma manera en la que procedieron los inquisidores católicos durante la Edad Media y principios de la Edad Moderna, quienes veían al Diablo en todas partes, y, si no lo veían, peor aún… ¡porque entonces el “maligno” estaba escondido por allí!

El Diablo era tan malo que incluso podía llegar a engañarnos, hasta hacernos pensar que no existía para, de este modo, apoderarse más fácilmente de nuestras almas.

Bueno, pues las feministas comparten estructuras mentales con los inquisidores medievales, ni duda cabe. En todos lados está el “maligno”, o sea, el “machismo”, y si uno lo niega… ¡es porque es doblemente “machista” al no darse cuenta de la existencia del “machismo”! Y, claro, al igual que la Santa Inquisición, el Santo Oficio Feminista está deseoso de hallar culpables por todos lados, para someterlos a la “santa purificación” del potro, de la garrucha, de la hoguera o de un aburrido curso de sensibilización en “perspectiva de género”.

El más reciente episodio de esta paranoia inquisitorial lo acaba de protagonizar una chava llamada Tamara de Anda, que escribe un blog en El Universal, en donde, como buena feminista postmoderna, dice tal cantidad de galimatías y batiburrillos que, al igual que la Chimoltrufia, puede lo mismo decir una cosa que otra.

Y, también como buena feminista “postmo”, sus opiniones son inconexas, auto-complacientes, contradictorias, convenencieras y caprichosas. Vaya, en una sola palabra: chimoltrufescas. A conveniencia (o a capricho) agarra ya sea los lugares comunes del feminismo mainstream o las nuevas interpretaciones sobre los viejos problemas. La marca de la casa, pues. Pero, bueno, en gustos se rompen géneros. Allá sus seguidores, fans y bienquerientes.

Lo cierto es que Tamara de Anda armó un escándalo en las redes y los medios a su alcance (comenzando por El Universal) porque, según ella, el pasado miércoles 15 de marzo un taxista le gritó “guapa”, razón por la cual procedió legalmente en contra del susodicho.

Vamos a suponer que lo del grito ése fue cierto. La pregunta entonces sería: ¿qué norma de orden público se viola al decirle “guapa” a una mujer?

La pregunta es muy pertinente, ya que si la conducta que comento no está perfectamente tipificada al menos como falta administrativa (infracción a la cultura cívica), no habría motivo para tanta alharaca.

Las cosas se complican porque Tamara de Anda afirmó en redes que el taxista la había “acosado”. ¿Se estaba refiriendo a “acosado sexualmente”? Porque, de ser este el caso, con base en el propio relato de la bloguera se concluye que jamás se actualizó el tipo penal de acoso sexual al que se refiere el artículo 179 del Código Penal para el Distrito Federal.

Por los medios nos enteramos de que el taxista fue remitido a un juzgado cívico, lo que quiere decir que la supuesta acción ilegal fue calificada como infracción o falta administrativa por la autoridad competente. No hubo delito, pues, sino una infracción a la cultura cívica. Esto quiere decir que la acusación de “acoso” no pudo ser probada por Tamara de Anda y, no obstante esto, el honor del taxista fue vulnerado en redes y medios a raíz de lo publicado por ella.

El taxista fue calificado como “acosador” sin prueba alguna, y su honor, que es un bien jurídico protegido, quedó pisoteado ante la opinión pública. Hay elementos suficientes para que el taxista demande a Tamara de Anda por daño moral, y de eso sí que hay pruebas: allí están todas las publicaciones de Tamara de Anda en Facebook, Twitter, Periscope y El Universal, a través de las cuales la bloguera le imputa al taxista una actitud de “acoso” sin prueba alguna ni sentencia en firme.

Pero eso no es todo: tampoco existen elementos para infraccionar al taxista con base en Ley de Cultura Cívica del Distrito Federal, ya que no se actualiza ninguna de las conductas tipificadas en los artículos 23 (infracciones contra la dignidad de las personas) y 24 (infracciones contra la tranquilidad de las personas) del citado ordenamiento.

Incluso yo me preguntó: ¿con base en qué norma fue sancionado el taxista por parte del juez cívico que fungió como autoridad competente con respecto a tal asunto? Digo, porque multar a alguien y enviarlo al “Torito” sin haber elementos suficientes para ello, es conculcar la justicia, y ese juez debería ser sancionado por ello.

Porque si un juez sostuviera que decirle “guapa” a una mujer puede ser considerado como “vejación o maltrato verbal” (artículo 23, fracción I, de la LCCDF), ese juez estaría bastante dañado del cerebro y no debería impartir justicia.

Así, pues, no se tipificó delito alguno, y, en cambio, la periodista Tamara de Anda sí vulneró claramente el honor del taxista al llamarlo “acosador” en redes y en publicaciones periodísticas. Resulta procedente, por ello, una demanda por daño moral en su contra. Ojalá se anime el taxista a esto para que la periodista “se lo piense dos veces” antes de volver a dañar los derechos de alguien.

Tampoco me parece que se haya tipificado infracción alguna, en términos de la Ley de Justicia Cívica, por lo que la multa al, y el encierro del, taxista carecieron de sustento jurídico y, por tanto, la autoridad correspondiente debe ser sancionada por ello, al haber violado lo dispuesto en el párrafo primero del artículo 16 constitucional.

Y, además, debemos preguntarnos por qué se sancionó al taxista si lo único que éste hizo fue ejercer su libertad de expresión, que es un derecho constitucional (artículo 6º). Dicho artículo es muy claro:

 

Artículo 6o. La manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, la vida privada o los derechos de terceros, provoque algún delito, o perturbe el orden público (…).

¿En qué momento lo dicho por el taxista, o sea, el piropo de “guapa”, atacó la moral, la vida privada o los derechos de terceros, o provocó algún delito o perturbó el orden público? ¿En qué momento?

Decirle “guapa” a una mujer no puede ser tipificado como delito de acoso sexual, ni tampoco cuadra como vejación ni maltrato verbal. ¿En qué cabeza normal cabe eso?

Y prestarse a ese espectáculo enfermo y siniestro es muy peligroso, porque mañana cualquier palabra o cualquier acción podrán pasar por “ilegal o impropia” sólo porque así se le ocurra a cualquier persona. Perdón, pero el Derecho no puede ni debe funcionar así. Nuestra sociedad sería un auténtico caos. Quedaríamos sometidos al subjetivismo y al capricho.

Tengamos cuidado, mucho cuidado, con estos excesos paranoicos, que algunos incautos han aplaudido sin darse cuenta de las agrias consecuencias sociales que tendrían para todos en el corto plazo.

¿Queremos un ambiente de convivencia más sano? Por supuesto que sí, nadie puede negarse a ello. Pero, ciertamente, la paranoia feminista no es la vía idónea.

Sabemos que en México necesitamos una ley que sancione los actos de molestia sobre bases objetivas y pruebas fidedignas. No tenemos una ley así y vaya que nos hace falta. Ojalá que el mencionado acontecimiento sirva para confeccionar una mejor normatividad al respecto.

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