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Jueves 19 de Octubre de 2017

Falleció Kate Millet, fabricante de mitos feministas

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Profesor UAM-Xochimilco y UPN-Ajusco

El pasado miércoles 06 de septiembre falleció Kate Millet, en París, Francia, a los 82 años de edad. Millet fue una de las más famosas fabricantes de mitos para el movimiento feminista, inscribiéndose dentro de las olas segunda y tercera de este movimiento dogmático, totalitario, faccioso y sectario.

Vale la pena recordar que su obra Sexual Politics (1969) sigue formando parte del mainstream o canon feminista, ya que en este libro Millet presenta buena parte de las ideas que, incluso hoy en día, siguen repitiendo ad nauseam las feministas, de forma individual o colectiva, comenzando por esa cosa absurda llamada “patriarcado”.

Hay versión en línea, por si gustan ustedes revisarla:

https://ia801702.us.archive.org/9/items/KateMillettSexualPolitics/Kate%20Millett–Sexual%20Politics.pdf

Este trabajo, que presentó como tesis doctoral en la Universidad de Oxford, le mereció una silla en la mesa redonda del feminismo de la segunda mitad del siglo XX. Millet contribuyó decisivamente a configurar la mitología feminista tal como la conocemos en nuestros días, tanto en sus ideas como en sus prácticas.

Los textos primarios y capitales de Millet surgen en plena efervescencia de los movimientos contestatarios y contraculturales de los años sesenta del siglo XX, claramente inspirados en las ideas de la Escuela de Frankfurt, especialmente en el freudo-marxismo de Herbert Marcuse.

Estamos hablando de un contexto intelectual que también abrevó de la corriente cálida del marxismo (Ernst Bloch), del neoexistencialismo de Hannah Arendt y Günther Anders, del marxismo místico y estetizante de Walter Benjamin, de la escuela de los estudios culturales de Richard Hoggart y Raymond Williams, de la sexpol de Wilhelm Reich, de la psiquiatría democrática de Franco y Franca Basaglia, de la deconstrucción de Jacques Derrida, del postestructuralismo de Foucault-Deleuze-Guattari, de la anti-psiquiatría de Thomas Szasz y de un abultado etcétera.

Un ambiente cultural de tal naturaleza obviamente también engendra monstruos ideológicos. La obra de Millet es un buen ejemplo de ello, ya que su obra contribuyó a construir e instituir “conceptos” y “argumentos” tramposos, injustificados y espurios, siempre en función de la mitología feminista.

Para integrar su narrativa feminista, Millet recurre a una tramposa edición de la realidad, sobre todo de la realidad histórica y social. Recurre, pues, a la selección mañosa de las cosas que convienen a un propósito político definido de antemano. Lo que no se ajusta, disgusta, y, entonces, es eliminado o disminuido. Dicho sea de paso, ésta es la forma axial de proceder del feminismo, de todo feminismo: tapar o negar la realidad incómoda, ocultar los hechos y las evidencias que no se ajustan a sus preconcepciones, elegir bajo consigna los datos de la realidad, mirar la realidad sólo con un ojo. Así el “triunfo” está asegurado.

¡Y si la realidad no se ajusta a la visión caprichosa y sesgada del feminismo, pues peor para la realidad! Por ello el feminismo es un discurso falso y fantasioso, o sea, una mitología.

Debemos señalar, además, que el feminismo radical de Millet forma parte de los intentos de la “nueva izquierda” estadounidense por mantener, en la palestra pública, la crítica y la descalificación contra la sociedad capitalista y sus “valores inherentes”. Como a la izquierda socialista tradicional se la cayó su teoría económica de carácter marxista, “la izquierda” buscó nuevas formas de mantenerse viva.

Ante el fracaso de la lucha de clases, la “izquierda” pasó, entre otras cosas, a la guerra entre sexos, siguiendo la vulgar y simplona línea argumentativa marcada por Friedrich Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884); línea argumentativa que se tragó enterita Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949) y, por supuesto, la misma Kate Millet, veinte años después.

“Lo personal es político”, es una frase que sigue representando muy bien la obra de Millet. Esto quiere decir, en la mente de Millet y de sus seguidoras, que la participación de las mujeres en la esfera pública, en la esfera política, en la esfera gubernamental, en la esfera del poder colectivo, en tanto espacios “privilegiados” de la estructura social, siempre está mediada por los roles que les han sido históricamente “impuestos” a las mujeres por parte de esta misma estructura social, la cual siempre ha estado controlada por los varones.

Obviamente, y según ese mismo rollo, las relaciones de dominación que se dan en el espacio público se reproducen en el espacio privado: el hogar, la familia, la sexualidad, el matrimonio, etc. Dentro del hogar, la mujer es oprimida por el varón como, fuera del hogar, el burgués oprime al proletariado. Por ello, no basta con la revolución socialista: es menester la liberación femenina.

Esto lleva a Kate Millet a concluir que las mujeres siempre han estado doblegadas ante los varones, siempre han estado dominadas por los varones, siempre han estado oprimidas por los varones. ¿Dónde me río?

Queridos lectores, nada nuevo les estoy diciendo. Ustedes ya conocen, y de sobra, la narrativa totalitaria y victimista del feminismo, trazada por ideólogas como Simone de Beauvoir y Kate Millet: las mujeres son las víctimas por antonomasia de la historia universal. ¿Quiénes las oprimen? Pues los varones…

Millet comparte así el simplón y reduccionista sistema bipolar de la cosmovisión marxista y neomarxista de la historia universal: los burgueses explotan a los proletarios, las metrópolis explotan a las colonias, los blancos explotan a las demás razas, los heterosexuales explotan a las demás tendencias sexuales y los varones explotan a las mujeres.

Queda claro que a las feministas no se les da eso de la teoría política. Queda claro que las feministas no han leído o no han comprendido la certera teoría política que hunde sus raíces en Nicolás Maquiavelo (1469-1527) y en Thomas Hobbes (1588-1679). Teoría dura y pura, casi exacta, casi matemática.

Lo diré de una vez y para toda la eternidad: si las feministas leyeran y comprendieran por lo menos a Maquiavelo y a Hobbes, dejarían de decir sus acostumbradas sandeces.

Cuando alguien se declara “feminista” (o “feministo”), de inmediato sé que estoy frente a una persona bastante iletrada.

Quien lea y se empape de la genialidad teórica inserta en la obra de Maquiavelo y de Hobbes, de inmediato comprenderá, de inicio, la naturaleza oscilante del poder, de la violencia y de la dominación. Por ello, resulta bobo pensar que existe algún grupo social que pueda declararse “víctima perpetua de la historia universal” por motivos de sexo, raza, credo, edad, educación, riqueza, linaje, oficio, prácticas sexuales, nacionalidad, lengua, etc.

El maestrísimo Thomas Hobbes nos dejó en claro que el mundo es una continua guerra de todos contra todos: Bellum omnium contra omnes. ¿Quién lleva la delantera en esta guerra de todos los días? Habrá que analizar cada caso en lo concreto, en lo específico, para cada tiempo y cada espacio. Y, como dije antes, en esencia los fenómenos del poder, de la violencia y de la dominación son oscilantes. A veces somos víctimas, a veces somos victimarios.

¿Podemos pensar en “víctimas universales por antonomasia”, mis queridos lectores? ¡Claro que no!

¿Han leído ustedes, alguna vez, La Mandrágora (1518), de Nicolás Maquiavelo? Léanla, mis amables lectores, para que a través de una comedia en apariencia ligera aprendan cuántas formas existen para obtener, acrecentar y ejercer el poder. Léanla y sabrán que en el mundo, más que “impotentes” o “víctimas”, ante todo existen estrategas que aspiran a ganar dentro de un tablero en continuo movimiento (teoría de juegos), donde a veces se pierde y a veces de gana, pero siempre se juega.

Cada uno de nosotros hace sus cálculos para obtener poder, para acrecentarlo y para mantenerlo (Maquiavelo). No existen “inocentes”, pues. Existen estrategas ambiciosos, que pueden ganar y perder incluso por chiripa.

Leyendo a Maquiavelo y a Hobbes, ustedes entenderán, amables lectores, que la obra de Kate Millet es pura basura ideológica, como lo es todo el feminismo, de hecho.

No me quiero extender, así que sólo pondré alguno que otro ejemplo.

Cita famosa de Kate Millet es la siguiente (cortesía de Nuria Varela):

Un examen objetivo de nuestras costumbres sexuales pone de manifiesto que constituyen, y han constituido en el transcurso de la historia, un claro ejemplo de relación de dominio y subordinación (…). Se ha alcanzado una ingeniosísima forma de “colonización interior”, más resistente que cualquier tipo de segregación. Aun cuando hoy día resulte casi imperceptible, el dominio sexual es tal vez la ideología más profundamente arraigada en nuestra cultura, por cristalizar en ella el concepto más elemental de poder. Ello se debe al carácter patriarcal de nuestra sociedad y de todas las civilizaciones históricas.

No paro de reírme ante las palabras de Kate Millet, sobre todo si las ponemos frente a la muy hobbesiana obra El varón domado (1971), de Esther Vilar. Toda una obra de culto.

Si no la han leído, aquí se las dejo, en su versión original, de Editorial Grijalbo (1971):

http://kolectivoporoto.cl/wp-content/uploads/2015/11/Vilar-Esther-El-Varon-Domado.pdf

A poco de aparecer Sexual Politics de Kate Millet, apareció El varón domado de Esther Vilar. ¡Y qué campanazo!

Esther Vilar le tumbó la mitología a Kate Millet al exhibir la farsa y la ignorancia que se esconden detrás de todo feminismo, con la intención de desplegar una estrategia supremacista y chantajista. Una mujer (Vilar) le enseñó a otra mujer (Millet) la baja inteligencia y la perversidad política que alimentan al feminismo como ideología.

Frente a la narrativa victimista, vulgar y falsaria de Millet, la incisiva Esther Vilar deja en claro que las mujeres despliegan, en automático y desde tiempos vetustos, la estrategia de domesticar a los varones a través del sexo, de la genitalidad, del goce erótico, de la reproducción y del control de los procesos domésticos. Los varones son tratados, con desigual éxito, como perros pavlovianos o ratas watsonianas.

La doctrina del “buen partido”, enseñanza central de las madres a las hijas desde tiempos inmemoriales, se traduce en un método para cazar y someter a los “machos” de la especie (sobre todo a los “machos poderosos”) a través de la genitalidad y de los servicios domésticos anexos y conexos, a objeto de que todo lo que logren y consigan los “machos” quede, finalmente, en manos de sus respectivas mujeres. Claro, todo esto sucede cuando se cuenta con la suficiente habilidad.

Y no sólo es un asunto de cama, sexo, orgasmos y cuidados: también es necesario que la mujer tome como “rehenes” a los hijos habidos a través, presumiblemente, del comercio carnal con el “varón domado”. Y dije a propósito “presumiblemente”, porque recuerden que, antes de las pruebas de ADN (finales del siglo XX), la paternidad era una creencia, no un hecho comprobable.

Esther Vilar logró hacer una lectura más descarnada y cruda de las relaciones de poder que subyacen a toda relación mujer-varón, mientras la inocentona, reduccionista y vulgar Kate Millet se constriñó a vendernos un cuento confeccionado en contra de toda lógica y de toda teoría seria sobre el poder, la violencia y la dominación.

Vilar reconoce a la mujer como lo que es de verdad: una persona inteligente que diseña estrategias de poder dentro de un tablero, con miras a ganar. En contraste, las ideas de Millet necesitan suponer, para ser ciertas, que las mujeres son estúpidas y/o masoquistas: “El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban”.

¿Y qué tal la idea de la Millet en el sentido de que “en las sociedades patriarcales la mujer siempre ha trabajado realizando con frecuencia las tareas más rutinarias o pesadas”? ¡Caray, la ignorancia expuesta en su máximo esplendor!

¿Las tareas más pesadas? Sí, claro, por supuesto. ¿Dónde me río? Sólo la gente sin conocimiento y sin sesera puede creer esto. Bastaría con leer cualquier historia universal para entender que, a lo largo de la historia de la humanidad, la presencia directa y continua de las mujeres en la guerra, la construcción y la minería ha sido mínima tirando a nula. Esto por decir algo.

En fin, dejémoslo aquí.

Triste mundo nos ha tocado vivir, donde las ideas mitológicas de Kate Millet, y de feministas por el estilo, han permeado nuestras leyes y nuestras políticas públicas gracias a políticos ignorantes o fácilmente manipulables.

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3 comentarios

  1. Gabriel Ainda el

    Muy buen artículo, qué bueno que Vilar escribió su libro. Toda feminista apesta, con solo verlas me dan asco.

  2. Son muy pocos los que se atreven a alzar la voz en público para dar su punto de vista contra dogma feminista, ojalá los políticos hicieran lo mismo, pero a pesar de que muchos de ellos saben todo esto, prefieren ganar y mantener seguidores (y votos) en vez de procurar que se hagan las cosas bien como por ejemplo eliminar las cuotas de género y que los puestos sean por mérito y no por genero u orientación sexual.

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