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Jueves 19 de Octubre de 2017

México, desde afuera y desde adentro

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Más allá de la propia noticia de un violento sismo ocurrido la tarde del 19 de septiembre, de la fatal coincidencia con un mismo día pero de hace 32 años, o de los graves daños personales y materiales registrados, la prensa internacional destacó las conmovedoras imágenes de un México unido, solidario, encadenado en millones de manos dispuestas a ayudar a sus semejantes en desgracia.

Leía en Twitter el testimonio de un japonés que, asombrado por lo que veía en las calles polvorientas de una de las zonas afectadas en la Ciudad de México, le decía a su amiga mexicana: “Ustedes podrían ser la mejor potencia del mundo; no entiendo”. “Yo tampoco”, le contestó nuestra paisana.

Recuerdo textos periodísticos de 1985 que bien pudieran publicarse en estos días y seguirían siendo vigentes en cuanto al entorno de la emergencia en las calles y de la respuesta espontánea, decidida y desinteresada de la sociedad civil, mezclada sin restricciones de posición económica o filiaciones políticas.

Pero hay grandes diferencias entre 1985 y 2017. Hace 3 décadas, la furia sismológica despertó del letargo a una ciudadanía que construía quizá sin saberlo el fin del régimen de partido único, que empezó a cavar su propia tumba con su ausencia en las primeras horas de aquella tragedia.

La palabra “solidaridad” se puso de moda y se convirtió en discurso político, en el que se basó el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, quien llegó al poder 3 años después del terremoto en una cuestionada elección que marcó el principio de la alternancia política, materializada en 1997 en el Distrito Federal y en el año 2000 en la Presidencia de la República.

Hoy, el sismo que afectó ya no al Distrito Federal sino a la Ciudad de México hizo reaccionar a una nueva y emblemática generación, la de los “millenials”, que aún señalados como apáticos en temas de participación política, salieron masiva y organizadamente a las calles a escribir una nueva definición de solidaridad.

¿Por qué?

Porque México no es el mismo. Porque –a pesar de las críticas a un gobierno cuestionado y en históricos niveles de desaprobación popular– esta vez sí hemos visto una reacción de las autoridades que con todo y errores entendibles en una situación de emergencia, han caminado en estos días aciagos paralelamente al entusiasmo de nuestros jóvenes.

Por supuesto no faltan los eternos dedos flamígeros que señalan un perverso poder omnipresente capaz hasta de inventar historias como la de una pequeña niña a punto de ser rescatada entre las ruinas de su colegio destruido.

¿Con qué fin haría eso el gobierno –que no el Estado, porque éste somos todos- y los poderes fácticos de la malvada televisión que supuestamente busca manipular conciencias para ganar rating?

No. Eso ya no es posible en estos tiempos. Estoy convencido de que la buena fe ha prevalecido y que en la emergencia no se puede ser infalible. La excepción son los malos de siempre: los malandros que saquean o asaltan en las asoladas calles y los políticos oportunistas que tratan de sacar provecho de la coyuntura al –por ejemplo- querer donar lo que ni siquiera es suyo.

Hoy, millones de jóvenes que no habían nacido hace 32 años cuando otro terremoto desnudó nuestras miserias, tienen en sus celulares una implacable arma que hace imposible ocultar la realidad y que lo mismo organiza brigadas de rescate que cadenas de abastecimiento en las zonas dañadas, por cierto no solo en la capital, sino en Puebla, Morelos, Oaxaca o Chiapas.

Los teléfonos inteligentes, el internet y las redes sociales hacen la diferencia en este 2017, y sus portadores tienen el control, aunque ello no esté libre de excesos, casuales o mal intencionados.

Ahí están nuestros muchachos y muchachas batiéndose heroicamente en las calles del país herido, observado por un mundo que no sabía de qué estamos hechos los mexicanos y que se pregunta por qué no usamos cotidianamente esa fuerza y no sólo frente a una tragedia.

México saldrá nuevamente adelante, no tengo duda. Como no la tengo en cuanto a que –como 1985 marcó un parteaguas de transición- 2017 marque nuevas definiciones por parte de una generación que ya sintió que tiene en sus manos el destino nacional, y que éste será mucho mejor con ellos al frente.

La reconstrucción iniciará en plena campaña electoral. De los jóvenes mexicanos dependerá que ambos procesos converjan en un mejor derrotero para nuestro país, en vez de que el oportunismo de los partidos políticos haga que todo “cambie”, para seguir igual.

*Periodista, comunicador y publirrelacionista

@AlexRdgz

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