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Martes 21 de Noviembre de 2017

¡Oh, Justin, mi “machote”!

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No saben qué dichoso me siento con la visita del Primer Ministro de Canadá a México, específicamente al Senado de la República, el pasado viernes 13 de octubre. Siempre me hace muy feliz poder demostrar empíricamente la esencia de ese fenómeno que, por influencia de la mitología feminista, ha sido incorrectamente llamado “machismo”.

Pues sí, señoras y señores, Justin Trudeau pisó suelo mexicano y durante su visita al Senado de la República desató las pasiones de muchas senadoras, incluidas varias del funesto club de las mujeres empoderadas con “perspectiva de género”, las que se portaron como auténticas groupies rendidas ante los innegables encantos físicos del político canadiense. El rollo pasó a segundo plano.

Las escenas fueron de pena ajena. Una verdadera vergüenza para la historia nacional. Todo el mundo se enteró de lo fácil que resulta doblegar a nuestras senadoras, y, de paso, a nuestra soberanía.

Los asuntos relativos a la difícil renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), pasaron a segundo plano. Las quejas en torno a las mineras canadienses asentadas en territorio mexicano, simplemente se esfumaron. Sí, los asuntos problemáticos de las mineras canadienses, que en México hacen lo que en su país no se les permite.

Todo eso valió un cacahuate porque el Primer Ministro paró rostro en el Senado de la República para demostrar el enorme poder que tiene la belleza física, aquí, allá y en todas partes, en todos los tiempos, en todas las sociedades. La belleza es una de las grandes fuentes de poder social. Y si a ésta le suman ustedes el poder político, el poder económico o algún otro o algunos otros… ¡ups!

Justin Trudeau es todo un espécimen de Adonis: joven, alto, espigado, corpulento, de ojos claros, de rasgos finos y marcados, nalgón, musculoso, atlético, elegante, paquetón y deportista. El impacto de esta belleza varonil en las legisladoras mexicanas fue más que evidente. Incluso constatamos cómo algunas senadoras cambiaron sus gestos habituales: de ceño fruncido y seriedad proclive a la amargura, pasaron a caras rojitas y sonrisas de oreja a oreja.

Era tal la cara de orgasmo por parte de las senadoras, que les juro que llegué a pensar que las honorables damas se iban a soltar con los clásicos gritos de: “Justin bombón, te quiero en mi colchón” o “Justin, capullo, queremos un hijo tuyo” o “Justin, papito, (censurado por la Liga de la Decencia)”.

Aquello parecía el Sólo para Mujeres Legisladoras, al ritmo de la canción Everybody de los Backstreet Boys. Hubiera estado súper chido que, a media intervención, el Primer Ministro hubiera sacado una cachiporra de policía para comenzar un show streaptease al estilo The Full Monty.

Pues bien, todo lo anterior sirve para entender qué pasa con respecto a ese fenómeno mal llamado “machismo”, específicamente el que se presenta en las relaciones de pareja, que, así lo dicen las estadísticas oficiales, es la violencia de mayor incidencia en contra de las mujeres.

Pues es muy sencillo.

Todo comienza así como empezó el cuento de Justin Trudeau y las Cachondas Senadoras de la República Mexicana: las mujeres quedan cautivadas, en un primer momento, por los atractivos atributos del espécimen macho. Nunca reparan en que la diferencia de corpulencias puede operar en su contra más adelante.

Les gusta el macho más grande que ellas. Su mayor masa músculo-esquelética les asegura, piensan ellas en un principio, un buen “protector”, una especie de perro guardián, su pitbull personal. Claro, nunca se ponen a pensar en la pregunta de los mil millones: en caso de conflicto de pareja, ¿quién me protegerá de mi “protector”? No, no se lo preguntan: están en la etapa calenturienta, donde se extravía la racionalidad.

Una mayor masa músculo-esquelética también garantiza un buen empuje fornicatorio y, como el tipo casi siempre está más grande que ellas, el tamaño del miembro viril está más o menos garantizado: en caso de decepción, se puede cambiar de espécimen, salvo que sea un tipo adinerado fácilmente manipulable, pero dejemos eso para otro artículo, ¿les parece? Sigamos.

Así empieza todo: en esa fuerza biológica primitiva y animalesca que obnubila la razón.

El tipo, pues, es un encantador: buen físico que garantiza tamaño y empuje. Buen físico que detona al máximo las hormonas del placer y de la felicidad: prolactina, serotonina, noradrenalina y dopamina. Y, por mientras, la razón sigue dormida.

En este estado de debilidad racional, las mujeres incurren en las peores decisiones de su vida, a veces desde tempranas edades (no olviden que somos campeones de embarazo adolescente): acostarse sin protección con el fulano, embarazarse (a veces varias veces) del fulano, irse a vivir con el fulano, pelearse a muerte con las “perras” que le quieren arrebatar a su fulano, etc.

Giran, pues, en torno al macho fornicador: la falocracia es creación de las mujeres que adoran a un trepidante falo con patas. Y, claro, cuando ese macho fornicador es máster en técnicas de seducción… ¡voilá! Técnicas que a veces son tan elementales como ser el Maluma de Petatiux del barrio, o como hablar bonito contra la violencia hacia las mujeres en el Senado de México, tipo Justin Trudeau. ¡Ay, qué lindo, también “defiende” a las mujeres! Y no, por tratarse de Justin, eso no es un “micro-machismo”.

Recuerdo a un viejo amigo de la secundaria, quien decía poseer la “receta secreta del amor”: saber coger y echar buen choro. ¡Carajo, y yo buscando la verdad del amor leyendo a Hermann Hesse, Ernst Bloch y Francesco Alberoni!

Bueno, el asunto es que, con su actitud irracional de origen, misma que se prolonga con el paso del tiempo, las mujeres van permitiendo, construyendo, consecuentando, extendiendo, reforzando, ampliando y soportando actitudes de patanería por parte de sus correspondientes “machos”: groserías, insultos, empujones, golpes, maltratos, celos controladores, etc. Y, claro, todo se resuelve con unos ricos acostones reconciliatorios, a veces acompañados de regalitos o concesiones temporales.

Como ustedes pueden ver con facilidad, la patanería de los “galanes” sólo es posible gracias a una actitud de irresponsable tolerancia por parte de las mujeres. Por ello es incorrecto hablar de “machismo”, porque queda claro que tales relaciones tiene dos polos: macho y hembra (puede hacerse la adaptación para parejas gay-lésbicas).

El término “machismo” es una invención de la mitología feminista, interesada ésta en hacer pasar a las mujeres como “víctimas” universales del “macho”, obviando lo que es más que evidente: las mujeres son parte esencial de la patanería que padecen, de tal suerte que no son víctimas sino cómplices de un juego perverso.

La mitológica narrativa feminista ha intentado, fallidamente, cargar toda la responsabilidad de ese juego perverso y jodido a sola una parte de la ecuación: el macho… ¡y así surge el “machismo” como un claro concepto reduccionista y tramposamente sesgado! Claro, si no es así, se cae el teatro.

¡Cuánta vulgaridad! ¡Qué análisis tan pedestre del fenómeno!

Y, claro, cuando las mujeres acaban perdiendo ese jueguito, por las razones que sean, simplemente se inscriben en el Club Feminista “Paquita la del Barrio” y reescriben su historia a conveniencia: “¡Ah, padecí mil años a un macho!”. Para su fortuna, siempre hay políticos y burócratas idiotas que les compran el rollo auto-victimizador.

El feminismo incurre muy bien en lo que el filósofo francés Jean-Paul Sartre llamó la “mala fe” (El Ser y la Nada, 1943), que podemos resumir así: yo no soy culpable de lo malo que me pasa. A través de la “mala fe”, la gente evade su responsabilidad con respecto a las negativas consecuencias de sus malas decisiones. Así de simple.

¿Qué curioso, verdad? Simone de Beauvoir nunca entendió esa parte fundamental de la obra de su amante: El segundo sexo (1949) es un libro basado, justamente, en la “mala fe” que tanto criticó Jean-Paul Sartre. De hecho, toda la obra feminista está basada en el principio de la “mala fe”, por eso carece tanto de rigor teórico como de ética.

El feminismo es una ideología falsa y evasora de responsabilidad. Así de simple.

Por eso, y que les quede muy claro, mis amables lectores, yo soy un pensador profundamente anti-feminista: me molesta la gente sin rigor mental y deshonesta en su proceder, sobre todo cuando pretende culparnos de sus malas decisiones y pretende que le demos dinero público para financiar sus ocurrencias.

Y dicho sea de paso, ya para concluir, déjenme decirles que yo estaba igual de sabroso que el tal Trudeau, pero me chingué la rodilla en un entrenamiento y, pues, ya no pude ir al gimnasio.

Ni modo, ya habrá quien me quiera querer aguado y panzón. Al menos todavía echo buenos choros.

*Profesor UAM-Xochimilco y UPN-Ajusco

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