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Sábado 21 de Abril de 2018

El guadalupanismo electorero

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La política no escatima estrategias para ganar adeptos, para ganar votos, para ganar terreno. El uso de la religión no es cosa nueva, ni menor. No son pocos los políticos que buscan ampliar su masa electoral apelando a los sentimientos religiosos de la gente. El gran Maquiavelo (1469-1527), uno de mis pensadores favoritos, se refirió muchas veces a ese tema, pero no sólo él.

Prácticamente no existe teórico político que no se haya referido a la relación entre la política y la religión, y no es para menos.

El poder de la religión es tal que incluso el comunismo ha dado un giro de 180 grados con respecto a ella: para Marx la religión es el “opio del pueblo”, o sea, un pensamiento falso sobre la realidad y, al mismo tiempo, un estado de atontamiento que favorece la manipulación de la gente. Y, claro, como toda droga, la religión genera estados temporales de placidez y de alivio ante las miserias de la vida cotidiana.

Por ello, el comunismo clásico, abrevando de lo mejor del Siglo de las Luces, es esencialmente ateo y, en ocasiones, ferozmente anticlerical. Y, en este orden de ideas, Marx también dijo que la crítica a la religión es una crítica a las formas de opresión social, en especial a las formas de explotación económica.

Y aunque Marx no fue muy original al respecto, lo cierto es que su obra fraguó el espíritu de toda una época.

¡Pero ya ven cómo cambian las cosas!

Ahora resulta que la famosa “marea roja” latinoamericana, desde el fallecido Hugo Chávez hasta el aferrado Evo Morales, el dictatorial Nicolás Maduro y la decadente Michelle Bachelet, tiene en la Teología de la Liberación, en el “cristianismo popular”, uno de sus componentes más importantes.

Lo dijo Chávez, en su momento: Cristo fue el más grande socialista de la historia. ¡Órale con esos comunistas! Monaguillos antes que marxistas.

Claro, ¿para qué pelearse con la religión si ésta puede ser muy útil para la política, incluida la política de “izquierdas”? Finalmente, así lo hicieron muchos liberales. Para ejemplos, Porfirio Díaz.

Así que, hoy en día, la política continúa demostrando que la religión sigue siendo una de sus mejores armas, sobre todo para ganar adeptos entre las masas ignorantes, ésas que se dejan guiar más por el sentimiento que por la racionalidad.

Y en nuestro México “guadalupano”, en vísperas electorales, no podían faltar los políticos oportunistas que le quisieron sacar provecho al 12 de diciembre.

Los primeros, obvio es, fueron los de MORENA. Vaya, desde el nombre mismo: una clara vinculación con la Virgen del Tepeyac. Además, AMLO se registró como precandidato de su partido-secta a la Presidencia de la República justo el 12 de diciembre, y uno de sus principales asesores, el judío John Ackerman, se aventó una perorata tuitera en torno la Virgen de Guadalupe como símbolo de identidad de los mexicanos, relacionando esta figura con el valor que necesitan los mexicanos para oponerse a la Ley de Seguridad Interior, como si del diablo se tratara.

Y, para colmo de quemones, MORENA concretó su pacto electoral con el Partido Encuentro Social (PES), un partido marcadamente conservador dada la base evangélica que lo caracteriza.

Ante las múltiples críticas que todo esto le generó, AMLO se limitó a decir que se puede ser “guadalupano y juarista”. Está claro que AMLO usará la iconografía que le haga falta para acumular votos. El arribismo en su máximo esplendor.

Dentro del PRD tuvimos al judío Salomón Chertorivski, aspirante a la Jefatura de Gobierno, que hizo un video especial para mostrar su alegría con motivo de la “tan importante fiesta nacional” de la Virgen de Guadalupe, congratulándose por los millones de peregrinos que concurrieron a la Ciudad de México. Claro, pasó por alto el hecho de que esos peregrinos suelen ser muy sucios y suelen dejar las calles aledañas a la Basílica convertidas en un chiquero.

Pero bueno, lo importante era que el judío Salomón Chertorivski mostrara su respeto por las devociones populares. Votos son votos y “París bien vale una misa” (Enrique IV).

Y, para terminar, qué tal el líder nacional del PRI, Enrique Ochoa Reza, ése que se la pasa criticando al populismo desde el populismo, ése que se aventó la siguiente perla de la demagogia electorera: “En una cosa todos los mexicanos estamos de acuerdo: todas y todos somos guadalupanos. Muchas felicidades a todas y a todos en el país y a sus familias, en este día”.

¡¿Qué?!

Ahora resulta que todos somos guadalupanos… ¡ah, cabrón!

Miren ustedes, mis estimados lectores, yo formo parte de ese 10% de la población mexicana que se considera atea, agnóstica, antiteísta, apateísta, anticlerical o cosas parecidas.

Hay personas que estamos convencidas de que la vida puede vivirse sin recurrir a las fantasmagorías que nos venden las religiones y, no por ello, dejamos de reconocer el derecho que tiene la gente de creer en lo que se le pegue su regalada gana. Finalmente, todas las religiones son colecciones de absurdos y de incoherencias: da lo mismo cualquiera.

Lo que sí debe encabronarnos es el uso político de la religión en un Estado nacional que, formalmente (artículo 40 constitucional), se declara como “República Laica”, lo que quiere decir que la política, el espacio público y los asuntos de gobierno deben estar exentos de la influencia perniciosa de las religiones.

Estamos viendo a muchos políticos pasados de vivos que, haciéndose los demagogos, quieren explotar los sentimientos religiosos de la gente para obtener dividendos políticos en un año electoral.

Mínimo, mostrémosles a esos politiqueros oportunistas nuestro más profundo rechazo.

¡Fuera la religión de la política!

*Profesor UAM-Xochimilco y UPN-Ajusco

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