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Sábado 21 de Julio de 2018

El triunfo de México y la filosofía del fútbol

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Por Carlos Arturo Baños Lemoine*

Un triunfo que muy pocos se esperaban, sinceramente, y me incluyo. Ayer, domingo 17 de junio, México venció al campeón del mundo, Alemania, con un marcador de 1-0. El pueblo de México, con algunas excepciones, se hinchó de orgullo nacional, al menos temporalmente, al menos superficialmente.

¿Qué más da? La historia de la felicidad humana se compone de muy breves momentos de goce en medio de largas temporadas de monotonía, nostalgia y tristeza. ¡Viva México, cabrones!

Quedó claro que, en la batalla de la vida, no hay enemigo pequeño. ¿Acaso no son los minúsculos mosquitos quienes más pueden jodernos la vida, con tan sólo quitarnos unas cuantas horas de sueño con su molesto aleteo y sus vampirescas ganas de chuparnos la sangre? No midamos a nuestros enemigos por su tamaño, sino por su capacidad de fastidiarnos la existencia.

El asunto es no achicarse, aunque se nos ponga en frente un gigante. La Selección Mexicana acaba de demostrarnos que nuestro peor enemigo está en nuestra propia cabeza: nuestro peor enemigo es nuestra mentalidad derrotista. Los alemanes no nos hicieron ningún favor, que quede claro, porque ellos también salieron a ganar, pero ni el empate consiguieron, y miren que jugaron bastante bien.

Y eso me lleva a una reflexión existencial: la filosofía del fútbol.

Sí, se trata de un deporte inventado dentro de una Inglaterra imperial, expansiva, colonialista y militarista, la Inglaterra Victoriana, la Inglaterra de la segunda mitad del trascendente siglo XIX. Dicen los anales de historia que la fundación de la Football Association data de 1863.

Y se trata de un deporte que fue pensado, de inicio, para las clases altas. ¿Qué carajos pasó, a través del tiempo, para que el fútbol se haya convertido en el más popular deporte a nivel mundial? Hoy, lo disfrutan todos los continentes, todas las clases sociales, todas las religiones, todas las lenguas, todos los regímenes políticos y ambos sexos.

Aparte del espectáculo de masas inherente al “deporte de las patadas”, el fútbol tiene una filosofía muy profunda que me resulta sumamente admirable: combatir y llegar a ganar una guerra real y simbólica en donde no podemos usar nuestros brazos, es decir, nuestras principales armas de ataque y defensa.

Siempre que estudiamos la historia de la evolución humana, se nos suele decir que uno de los grandes pasos de nuestro trayecto filogenético ha sido la liberación de las extremidades superiores (los brazos, pues) y el pulgar oponible de nuestras manos. Así, pues, resulta que nuestras primeras herramientas vitales han sido nuestros brazos y nuestras manos.

¿Qué significa esto para un deporte en donde no pueden usarse justamente los brazos ni las manos, con la excepción del portero (un guerrero de once)? Un gran mensaje de vida: lucha, lucha siempre, incluso con tus armas más pequeñas y débiles. Si sólo puedes usar las piernas, usa las piernas. Si sólo puedes usar la cabeza, usa la cabeza. Si sólo puedes usar el torso, usa el torso… ¡pero nunca te rindas ni te des por vencido, hijo de puta!

El fútbol es un deporte cuyos contrincantes aceptan luchar desde una discapacidad voluntaria.

¡Qué belleza de deporte, pues, que nos obliga a luchar con todo cuanto tengamos a nuestro alcance, aunque sólo sean las partes menos hábiles de nuestros cuerpos!

¡Tremenda enseñanza en un mundo jodido y mediocre en donde millones de personas se la pasan asumiendo el papel de víctimas, chillando para chantajear a gobiernos y sociedades con tal de vivir como parásitos!

¡Gracias, fútbol, por tus grandes enseñanzas!

*Profesor UAM-Xochimilco y UPN-Ajusco

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