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sábado, abril 20

México fraccionado

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Marissa Rivera.

Cada día percibo con mayor preocupación la polarización que permea en la sociedad mexicana.

Lejos de disminuir, por el contundente triunfo de Andrés Manuel López Obrador, tal pareciera que el encono se exacerbó.

Las redes sociales son el principal termómetro. Por ejemplo, en Twitter, la animadversión y la violencia verbal se imponen entre los mexicanos. Ocurre en todos los niveles socioeconómicos, entre grupos antagónicos, entre políticos de diferentes partidos, entre exfuncionarios, entre amigos e incluso, fuera de las redes, entre familiares.

Disentir en temas de la vida pública me parece algo normal e incluso hasta constructivo, siempre y cuando sea con argumentos, con respeto y sin descalificaciones.

También se vale el enojo de la sociedad por la situación en la que se encuentra el país, luego de tantos gobiernos corruptos y personas enajenadas con el poder, que saquearon a sus estados.

Por tanta impunidad, desigualdad, pobreza, inseguridad, desempleo, lo que usted me diga, pero ¿a quién le conviene que estemos divididos?

Lo que ocurra a México beneficia o perjudica a todos. Ni más ni menos, a los cercanos de quienes están o estarán en el poder y a los que no, también.

¿Qué se necesita para detener los discursos de odio? Esos mensajes que sólo provocan más rencor entre los mexicanos.

Antes y durante las campañas, y en la propia elección, se perfilaba un clima de hostilidad, difícil de contener, incluso se iba a soltar un tigre. Pero la elección no dejó ninguna duda del triunfo. Y, sin embargo, tampoco se desvaneció la discordia, ese tigre de la rijosidad, anda suelto.

La división está peor que nunca, de un lado los señalados como “fifís” y del otro, los llamados “chairos”.

Hace un par de días, presencié, en un crucero detenido por el tráfico, que una mujer le gritó a otra, que bajó de una camioneta, sin afectar la vialidad, “pinche vieja fifí, no estorbes”, acompañada de la seña obscena del dedo medio. A ese nivel de intolerancia y estigma hemos llegado.

Basta de descalificaciones a quienes piensan de manera distinta, el proceso electoral ya concluyó. Hay un presidente electo, que en 17 días rendirá protesta. Insisto, a nadie la conviene un país dividido.

Urge actuar con responsabilidad y congruencia en las decisiones que se tomen a través del diálogo, no de oídos sordos, sino en la continuidad de una democracia, que, aunque incipiente, decidió quién nos gobernará.

El próximo viernes se conmemora el Día Internacional para la Intolerancia, con el lema: “la tolerancia, ni indulgencia ni indiferencia: respeto”.

Quizá sea mucho pedir, pero aprovechando, el mensaje de la ONU, deberíamos contener los agravios que ha dejado la elección pasada. Ni fifís ni chairos. Ni vencedores ni vencidos. Ni odio ni clemencia.   

No permitamos que en México haya enemigos, sí quizá a los adversarios en temas políticos, pero no dejemos que la soberbia de unos y la crítica de otros, manifestadas por ambos, en odio, sean el signo de un sexenio.

Por el bien de todos y para iniciar con el “cambio” que merece el país, “cambiemos” primero el discurso y las formas, desde arriba y hasta en la sobremesa. Urge, hagámoslo por México