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martes, abril 23

AMLO y Ebrard no entienden el principio de “no-intervención”

Carlos Arturo Baños Lemoine.

La historia suele ser un juez implacable, sobre todo cuando se trata de juzgar la historia de los pueblos, de las naciones, de los gobiernos. El juicio de la historia puede, incluso, dejar huellas indelebles.

Para desgracia de México, el juicio que la historia hará de nuestros tiempos recientes, específicamente del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, será negro, será negativo. Lo afirmo desde ahora y no tengo dudas de mi pronóstico: la historia nos echará en cara que, por la decisión de 30 millones de incautos, México haya encaramado a la Presidencia de la República a un fanático, a un improvisado, a un inepto y a un ignorante de la talla de Andrés Manuel López Obrador (AMLO).

Y el reproche de la historia será doble, porque cuando una parte del electorado mexicano inclinó la balanza a favor de AMLO, las acciones de gobierno que éste ha venido y quiere seguir aplicando han demostrado ya su enorme fracaso en otras latitudes de la Tierra y en otros tiempos. ¡Qué idiotez ésa de seguir la ruta al caos seguro!

AMLO representa esa mezcla de autocracia (poder de uno solo) y oclocracia (poder de la plebe) que nunca ha funcionado: tras pírricos o ilusos logros, siempre termina generando más daño que provecho.

El error más reciente, de los muchos que ya acumula en menos de dos meses de gestión, es el error relativo a su pésima interpretación del principio de no-intervención que, de acuerdo con nuestra Constitución, debe regir la política exterior de México.

Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos

El asunto no es menor, debido a que, por su pésima interpretación del principio de no-intervención, López Obrador y su cortesano Marcelo Ebrard han terminado por apoyar y reconocer como “legítima” la dictadura socialista de Nicolás Maduro. ¡Así de patético!

Interpretación integral del texto constitucional

De entrada, hay que decir que, como todo texto legal, es más, como todo texto, se debe hacer una lectura integral de la fracción X del artículo 89 constitucional, que dice:

Artículo 89. Las facultades y obligaciones del Presidente, son las siguientes:

(…)

X. Dirigir la política exterior y celebrar tratados internacionales, así como terminar, denunciar, suspender, modificar, enmendar, retirar reservas y formular declaraciones interpretativas sobre los mismos, sometiéndolos a la aprobación del Senado. En la conducción de tal política, el titular del Poder Ejecutivo observará los siguientes principios normativos: la autodeterminación de los pueblos; la no intervención; la solución pacífica de controversias; la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales; la igualdad jurídica de los Estados; la cooperación internacional para el desarrollo; el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la seguridad internacionales (…).

Cabe resaltar dos cosas: a) que los tratados internacionales que han sido y son signados por México ya son norma constitucional, esto en virtud de la reforma en materia de derechos humanos del 10 de junio de 2011; y b) que los principios normativos a que alude la fracción X del artículo 89 constitucional, deben leerse en conjunto, de forma integral, en íntima conexión.

¿Cómo interpretar el principio de no-intervención cuando la misma fracción X del artículo 89 también obliga a considerar, como principios rectores de la política exterior mexicana, “el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la seguridad internacionales”? ¿Cómo interpretar el principio de no-intervención a la luz de la reforma constitucional en materia de derechos humanos del 2011?

De una cosa sí podemos estar totalmente seguros: el alcance interpretativo del principio constitucional de “no-intervención” no guarda relación alguna con la reduccionista interpretación, por literal, fragmentaria y aislada, que han hecho Andrés Manuel López Obrador, el infortunado Presidente de México, y Marcelo Ebrard, el actual aprendiz de canciller.

De inicio, debemos entender las tres etapas históricas que marcan el principio de no-intervención en la esfera continental que nos atañe: América Latina.

Primera etapa: descolonización de América e imperialismo europeo

El principio de no-intervención durante el siglo XIX tiene como base los procesos de descolonización e independencia de las hoy llamadas naciones latinoamericanas.

Eran los tiempos en los que todo el continente americano reclamaba libertad (primero autonomía, luego independencia) frente a las potencias europeas que ejercieron el papel de metrópoli de los grandes imperios de los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX.

Entonces, pues, el principio de no-intervención en esta primera etapa histórica se refería claramente a: a) la no-intervención física, militar, armada, por parte de las potencias europeas en el territorio de las naciones emergentes; b) la no injerencia de las potencias extranjeras e imperialistas de Europa en los asuntos de constitución y conducción políticas de las naciones emergentes; y c) el reconocimiento legal que esperaban las nuevas naciones de toda la comunidad internacional, comenzando por las potencias extranjeras de las cuales eran colonias.

“Viva España, pero España hermana, no dominadora de América” (Morelos)

Aquí cabe resaltar una cosa fundamental para el Derecho Internacional: hay un tipo de intervención extranjera que resulta total y absolutamente deseable… ¡el reconocimiento de existencia! Bien lo dice uno de los principios básicos del Derecho Internacional: una nación existe porque otras naciones la reconocen como tal.

De allí la importancia de la comunidad internacional, del concierto de las naciones.

¿Y esto no es acaso un tipo de “intervención extranjera”? Por supuesto que sí, pero es una intervención deseable y necesaria. Y esto explica por qué todas las comunidades políticas que desean ser consideradas como “naciones legítimas” lo primero que hacen es buscar el reconocimiento internacional, comenzando por el reconocimiento de las naciones más poderosas del orbe.

¿Qué era lo primero que hacían todos los caudillos latinoamericanos del s. XIX (y vaya que hubo) cuando accedían el poder, ya fuera por las armas o por “elecciones”? ¡Por supuesto… viajar a las grandes capitales del mundo, comenzando por Washington, para solicitar reconocimiento a su gobierno y, claro, buenas cantidades de dinero y armas!

Debido a nuestro patrioterismo bananero, a los mexicanos muchas veces se nos olvida que la intervención directa, abierta y eficaz del gobierno de los United States of America (USA) fue fundamental para consolidar nuestra Independencia (Joel Roberts Poinsett), para restaurar la república (Lincoln-Johnson-Grant), para mantener al Porfiriato (Rutherford B. Hayes), para deshacerse del Porfiriato y apoyar al maderismo (William H. Taft), para quitar a Madero y sostener a Huerta (Henry Lane Wilson), para legitimar a Carranza (Woodrow Wilson), y para reconocer a Álvaro Obregón y comenzar la estabilización del México postrevolucionario (Warren G. Harding y Calvin Coolidge).

México siempre estuvo deseoso del reconocimiento y del apoyo de los gringos, sus principales vecinos además, sobre todo después de que los USA ascendieron como la principal potencia de Occidente a lo largo del siglo XX.

Por supuesto que, en todos estos juegos de la política, tantas veces cargados de retórica chovinista, siempre hubo un beneficio mutuo. Y el mundo entero no funcionaba (ni funciona) de otra manera. Pero llegarían otros tiempos…

Segunda etapa: países subdesarrollados durante la Guerra Fría

Las relaciones internacionales siempre se han desarrollado desde un enfoque geopolítico: las naciones más poderosas hacen gravitar en torno a ellas al resto del mundo. Así es y así será siempre.

Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el mundo bipolar marcó nuevas pautas de interpretación del principio de no-intervención a nivel mundial. Éste pasó a significar el respeto que entre sí se tenían los grandes polos del mundo: USA y URSS. Se trataba de respetar las respectivas áreas de influencia a nivel mundial.

USA le decía a la URSS: “No te metas en mis terrenos”. La URSS le decía a USA: “No te metas en mis terrenos”. La no-intervención significaba no meterse en el área de influencia del otro. Pero claro que se metían, pero de forma indirecta: dando todo tipo de apoyo a las fuerzas beligerantes que surgieran en cualquier parte del mundo, especialmente del Tercer Mundo. De ahí el nombre de “Guerra Fría”.

Y, para colmo, en el marco de la Guerra Fría surgió un conjunto de naciones que presumían de ser neutrales, de no ser alineadas, de ser independientes, no obstante que estas naciones eran justo las que constituían al Tercer Mundo: el mejor escenario de la Guerra Fría.

En este contexto, el principio de no-intervención resultó ser sólo un recurso retórico de la diplomacia a nivel mundial, que llegó a extremos ridículos y contradictorios.

Por ejemplo, México mantuvo relaciones diplomáticas con Cuba tras la expulsión de ésta por parte de la OEA (enero de 1962). ¿Y por qué fue expulsada? Por la evidente y abierta alineación de Cuba al bloque soviético, incluso en términos nucleares (crisis de los misiles, octubre de 1962). Para sobrevivir frente al imperialismo de USA, Cuba se convirtió en un peón más del imperialismo de la Unión Soviética.

La Cuba castrista defendía el principio de no-intervención frente a los “gringos invasores”, mientras vivía invadida de facto por la URSS y mientras guardaba silencio cómplice o hasta justificaba las invasiones de los soviéticos a Checoslovaquia (1968) y Afganistán (1979).

Los soviéticos, so pretexto de ejercer el internacionalismo proletario, se metieron en todas partes (al igual que los USA). Y los cubanos castristas se alinearon de mil maravillas a los soviéticos: pero eso no era intervencionismo imperialista rojo, “no, eso no, compañero”… ¡era internacionalismo proletario!

Y así funcionaba el mundo entero: todas las naciones del mundo ladraban defendiendo el principio de no-intervención, mientras le abrían la puerta trasera a la conveniente influencia de alguna nación. ¡Fueron tiempos de pura hipocresía!

Fidel Castro y José López Portillo

Y el Tercer Mundo jugaba, sobre todo, el papel de idiota: a veces “idiota útil” y a veces “idiota a secas”. México es un buen ejemplo de ello, siempre tratando de quedar bien con Dios y con el Diablo, como cuando el Presidente José López Portillo (1976-1982), al tiempo que apoyaba a la Revolución Sandinista y recibía al apestado Fidel Castro en Quintana Roo (1979 y 1981), también recibía a Ronald Reagan y a Margaret Thatcher, los adalides del “neoliberalismo” mundial, en la Cumbre Norte-Sur realizada en Cancún (1981). ¡Recordemos que el propio Reagan, que se metía en todo, le echó en cara a López Portillo su “intervencionismo en Centroamérica”!

En tales circunstancias, ¿qué significado pudo haber tenido el principio de “no-intervención”? Sólo palabrería barata usada a conveniencia según contextos específicos e intereses pasajeros. Pero llegarían otros tiempos…

Tercera etapa: globalización de los derechos humanos

Cayó el Muro de Berlín (1989) y, posteriormente, la mismísima Unión Soviética (1991). El mundo bipolar y la Guerra Fría le cedieron el paso a un mundo multipolar en continua oscilación; a un mundo de alianzas frágiles y de hegemonías quebradizas; a un mundo en donde el concierto de las naciones enarbola, como nunca antes, el discurso de los derechos humanos.

El derechohumanismo se globaliza y, por ello, las instancias mundiales, las instituciones multilaterales, adquieren un peso jamás visto. Al mismo tiempo, los retos de la humanidad traspasan fronteras como nunca antes: pobreza, migración, terrorismo, tráfico de armas, contaminación, cambio climático, crimen organizado, sustentabilidad ambiental, etc.

En este nuevo escenario, ¿cómo se debe entender el principio de no-intervención cuando, en todo y para todo, están interviniendo las naciones del mundo, sobre todo las más poderosas?

Grupo de Lima

De hecho, la mismísima fracción X del artículo 89 constitucional reconoce que la actuación del Ejecutivo Federal debe observar “el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la seguridad internacionales”.

En esta tercera y actual etapa histórica, ¿qué alcances y qué características debe tener la intervención que ejerza México cuando nuestra propia Constitución mandata “el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la seguridad internacionales”?

¿Qué alcances y qué características debe tener la intervención que ejerza México en casos como el de Venezuela, país en donde la división de poderes es una farsa, donde las elecciones carecen de sustancia, donde la población “sigue votando” (ajá) por un régimen que sólo ha aumentado la pobreza, la escasez, la inseguridad, la enfermedad, la inflación, la represión, la polarización social, la migración masiva, etc.?

¿Qué tipo de intervención debe llevar a cabo México para defender los derechos humanos de los venezolanos y, al mismo tiempo, para evitar que la dictadura de Nicolás Maduro siga causando estragos allende las fronteras de Venezuela, estragos contra la seguridad latinoamericana (seguridad internacional)?

Y la respuesta es obvia: desde siempre, México tuvo que intervenir en el marco las instancias multilaterales de las cuales forma parte, especialmente de la Organización de Estados Americanos (OEA) y del Grupo de Lima, para exigir lo que la OEA y el Grupo de Lima han estado exigiendo: la renovación de la vida política de Venezuela y la organización de nuevas elecciones presidenciales, lo que conlleva el desconocimiento de Nicolás Maduro como Presidente de Venezuela y el reconocimiento de Juan Guaidó como Presidente encargado.

Así, México estaría respetando su propia base constitucional tanto como sus compromisos a nivel internacional, especialmente sus compromisos relativos a la Carta Democrática Interamericana, aprobada el 11 de septiembre de 2001.

Conclusión

Queda claro que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se escuda en una deficiente interpretación de la fracción X del artículo 89 constitucional, para respaldar al régimen dictatorial de Nicolás Maduro.

Una lectura integral de dicha base normativa, nos conduciría a justificar una firme y decidida intervención de México en el caso de Venezuela, con base en los propios instrumentos internacionales a los que México se ha obligado por decisión soberana.

De hecho, podemos afirmar tajantemente que México está siendo omiso en el cumplimiento de su norma constitucional (defensa de los derechos humanos y seguridad internacional), y en el cumplimiento de la Carta Democrática Interamericana.

El Presidente López Obrador, para vergüenza de todos los mexicanos, ha preferido colocarse en el lado incorrecto de la historia: del lado que defiende a dictadores como Nicolás Maduro, del lado que se opone al concierto de las naciones que se aglutinan en torno a la promoción y la defensa de los derechos humanos de todos los pueblos.

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