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Jueves 21 de Marzo de 2019

La Guardia Nacional, lo que hay

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Jorge Miguel Ramírez Pérez.

Ya han pasado meses, y habría que sumarle los antecedentes de años atrás en la discusión sobre la inseguridad. Hay quienes, puristas de las diferenciaciones jurídicas y sociológicas, quieren ver una propuesta que sea tan buena, tan buena que no sirva para nada. Un monumento retórico que a fin de cuentas carezca de operatividad.

Porque los puntos de vista de teóricos de las ciencias jurídicas, que tratan de defender algunos intelectuales sin ninguna experiencia en la práctica de la conducción gubernamental, son en términos generales planteamientos de escritorio que se pueden clasificar como esenciales en los catálogos de las buenas vibras y de lo políticamente correcto, es decir, de lo inútilmente eficaz para el tema del gobierno.

Se centra mucho el debate de la guardia nacional en alegar si los mandos deben ser militares o civiles, y unos y otros se esfuerzan por demostrar que son más civiles, mientras que, sus contrapartes, en afirmar que son mandos más militares; diríamos sin lugar a equivocarnos que son las nuevas discusiones bizantinas que estaban en boga en la edad media, y que giraban en torno a saber si los ángeles tenían sexo o carecían de éste. Alegatos inútiles, que dramatizan la falta de entendimiento y rumbo para resolver la inseguridad que el país padece.

Dicen en escritos y entrevistas los autodenominados intelectuales, que el ejército se debe recluir a los cuarteles, desdeñando aspectos torales como es el hecho que las fuerzas armadas están para resolver amenazas a la seguridad e integridad nacionales; así como la misión de obstaculizar las amenazas del crimen organizado, de organizaciones desestabilizadores que tienen como fin no sólo sacar provecho de la comisión de actos delictivos, sino también alterar la paz nacional e implantar un mundo arbitrado por la fuerza, distante de la cordura y el diálogo.

En todo el mundo se recurre a profesionales de las fuerzas armadas en los temas de seguridad nacional, pero también en los policíacos, porque la disciplina y la conciencia que se adquiere en defensa de los intereses del estado es materia de su formación; y, derivado de ello, en los intereses de la sociedad en su conjunto como recipiente de estabilidad y paz social. Se requiere, para combatir el delito, de muchas de las habilidades que se aprenden en escuelas de la milicia, no todas, porque cada institución tiene encomiendas precisas, pero sería un error catalogar prejuiciosamente a los mandos militares como no aptos para tareas en la defensa de la seguridad del país.

Esas indefiniciones y descalificaciones a los mandos militares, además de significar una pérdida de tiempo, son contrarias a las evidentes muestras de confianza que los ciudadanos expresan a las fuerzas armadas en las encuestas, donde comparativamente llevan la delantera en el grado de confiabilidad institucional.

Por eso está bien que los gobernadores se sumen al proyecto de seguridad porque urge, no un esquema de perfecciones teóricas, sino un esfuerzo unificado para enfrentar un mal, que ya se volvió crónico.

La operatividad es la que se requiere y los que ven cotidianamente la necesidad y eficacia de ese reto, tienen la palabra para arrancar algo que ya se tiene y que, claro, que debe perfeccionarse y afinarse en detalle, en la medida de la práctica. Ojalá dejemos los argumentos tiesos, inflexibles, e iniciemos un esfuerzo de confianza que todos debemos vigilar porque la tarea de lograr la seguridad pasa por empezar a tener una unificación básica como mexicanos.

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