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martes, abril 23

“Roma”, de Cuarón… ¡otra porquería fílmica “políticamente correcta”!

Carlos Arturo Baños Lemoine.

La semana pasada acaparó los reflectores, pues se esperaba que obtuviera varias de las estatuillas para las cuales fue nominada: estuvo postulada para diez categorías. Roma, de Alfonso Cuarón, desplegó sobre todo un rancio patrioterismo fílmico: a la fanaticada mexicana le interesaba la nacionalidad de la película antes de la calidad de la misma.

Finalmente, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood le concedió tres estatuillas Oscar: a) mejor dirección, b) mejor película extranjera y c) mejor fotografía.

No podíamos esperar otra cosa: son tiempos de decadencia mental, donde impera la cultura de lo “políticamente correcto”. Todo mundo debe andar por aquí o por allá asumiendo gustosamente los lugares comunes de la gente común, con tal de pasar como gente “decente”, “bien parida”, “aceptable en sociedad”, “humanista”, “amiga de la humanidad”, “candidata a Premio Nobel de la Paz”…

Se deja sentir en la atmósfera social el mandato de asumir, aunque sea por mera pose, la escala imperante de visiones y de valores del humanismo “progre”, pues de otro modo uno pasa por “inhumano”, por “mala leche”, por “hijo de la gran puta”.

¡Bah, qué más da!

Pues para decirlo sencillo y directo: la película ésa tan sonada, Roma, de Alfonso Cuarón, es un verdadero bodrio; una mezcla ñoña de La criada bien criada (María Victoria), Mujer, casos de la vida real (Silvia Pinal) y Lo que callamos las mujeres (TV Azteca). Y eso sí: ante todo, Roma es un producto más de la cultura de lo “políticamente correcto” de nuestros tiempos… ¡básicamente por esto ha sido premiada!

El inicio de todo

Hay que recordar que eso de utilizar al cine como medio de “crítica social” y de “predicación moral” es algo viejo, muy viejo. De hecho, el cine nació ideologizado, aunque de repente podemos ver historias fílmicas bien contadas, nada más, sin ganas de hacer “crítica social” ni de predicar.

El buen cine es aquel que sabe contar historias a través de imágenes, sonidos, tomas, actuaciones, guiones, escenarios… Sólo eso: contar historias. Y mejor es el cine mientras mejor se narra fílmicamente la historia respectiva. Y la historia puede ponernos a pensar, puede provocarnos, puede inquietarnos… ¡se vale!

Pero cuando la historia contada pretende “moralizar”, “hacer conciencia”, “tomar postura”, ya se chingó la cosa, porque entonces el cine se vuelve catecismo envuelto en lenguaje fílmico.

La “toma de conciencia” a través del cine comenzó, al menos, desde el fastidioso e inflado movimiento del 68: buena parte del cine se ha vuelto, desde entonces, pura porquería moralizante. Valga la pena recordar que, durante la edición de 1968 del Festival de Cannes, varios cineastas y artistas se la pasaron jodiendo con eso de que el cine debería ser un espejo de la conflictiva realidad social y una expresión revolucionaria.

Incluso François Truffaut y Jean-Luc Godard se involucraron en las protestas estudiantiles de París y, junto con otros faranduleros, incluso exigieron que se parara el festival. Y Roman Polanski, Monica Vitti y Louis Malle renunciaron a seguir siendo parte del jurado, mientras Milos Forman y Carlos Saura decidieron retirar sus películas del evento. ¡Ya saben, las sandeces “progres” de aquella época!

Muy parecido todo esto a la mamada reciente de Spike Lee de exigir “cuotas” de películas negras y de negros en los Premios Oscar, aunque las películas sea pura basura… ¡si no hay nominaciones para negros seguro habrá gritos de “racismo”!

Y para entender este punto baste con recordar muchos de los “íconos fílmicos” de lo “políticamente correcto” a lo largo de las décadas más recientes: One Flew Over the Cuckoo’s Nest (1975), The Stepford Wives (1975), Hair (1979), Gandhi (1982), Platoon (1986), Nacido el cuatro de julio (1989), JFK (1991), Malcolm X (1992), La lista de Schindler (1993), Bread and Roses (2000), Crash (2004), 12 años de esclavitud (2013), Spotlight (2015), The Shape of Water (2017)… La lista es muy larga.

Y, por supuesto, cómo pasar por alto la basura ésa llamada Moonlight (2016), que ganó el Oscar a la mejor película del año, en la edición del 2017. La combinación perfecta: la historia de un negro, huérfano de padre y de madre drogadicta, que además es retraído, depresivo, marginado y homosexual, bajo la batuta de un director también negro (Barry Jenkins) que encaja, en un papel relevante, a otro negro que también es musulmán (el actor Mahershala Ali)… ¡todo esto en tiempos de la precandidatura del WASP Donald Trump a la Presidencia de los EEUU!

¡Por supuesto que la basura ésa debía ser premiada de conformidad con los cánones imperantes! ¡Joder, cuánta devoción a lo “políticamente correcto”! ¡A qué niveles hemos llegado!

Pues, bueno, para que lo sepan, mis apreciables lectores: Roma es una película que cumple también con estos parámetros…

Roma, la dramática y conmovedora historia de una “chacha sufrida y santificada”

El mismo Alfonso Cuarón se exhibió a sí mismo como director “moralizante” en uno de sus discursos del domingo pasado: “Quiero agradecer a la Academia que haya hecho visible una historia que gira en torno a una mujer indígena, sobre una de las 70 millones de trabajadoras domésticas del mundo que no tienen derechos laborales, es decir, un personaje históricamente renegado”.

Cine de “causa social”, cine de “toma de conciencia”, “cine de moralismo”… ¡cine de catecismo! Monumento a lo “políticamente correcto”… ¡vil porquería!

Yo no voy al cine para que me echen sermones, de entrada. Yo voy al cine esperando ver una pieza de arte fílmico: una buena historia bien narrada.

Roma, de Alfonso Cuarón, es ante todo una perorata moralistoide que esencialmente pretende exorcizar las culpas de la clase media “progre” y urbana capitalina que ha explotado a las “chachas” que llegan, en situación de aguda necesidad pero con espíritu ambicioso, desde los pueblitos fregados de Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Morelos, Puebla, Veracruz y Estado de México.

Se trata de la historia lacrimógena de una indígena mixteca “laboralmente sobreexplotada” por una familia de la clase media alta; por una familia que tiene dos “chachas” y un chofer a su servicio… ¡guau!

¿Les molesta el término “chacha”, mis queridos lectores “progres”? ¡Qué más da!… llámenle como quieran según su nivel de domesticación mental: criada, gata, fámula, muchacha, mucama, sirvienta, empleada del hogar, empleada doméstica, asistente del hogar, ama de llaves, secretaria de la señora de la casa… ¡bah, “juegos del lenguaje” diría Wittgenstein!

Lo mejor para la historia de Cuarón: esa indígena sobreexplotada llamada Cleodegaria, “Cleo” para los cuates, hace las veces de madre sustituta, de eje del hogar, y hasta de terapeuta familiar y psicóloga infantil… ¡ah, canijo, cuánta virtud en una sola persona! Después de la Madre Teresa de Calcuta y de Rigoberta Menchú… ¡está Cleo!

Alfonso Cuarón “santifica” a Cleo, la “chacha” que representa a los orígenes de la humanidad, al “buen salvaje” de Rousseau: la raíz pura, la etnia original, la raza de bronce, el primer aborigen… ¡la nobleza primigenia en un mundo mercantilista y cosificante!

Cleo es la pura bondad, las más preclara dulzura de carácter hasta con el perro de la casa… ¡nunca se roba, ni siquiera, algún perfumito de la patrona para cuando le toca “dominguear”!

Para las “buenas conciencias”, Alfonso Cuarón comenzó muy bien. Puso en el centro de su película “progre” a un ejemplar del mundo subalterno: una mujer que, además, es indígena, pobre y sirvienta. Por si fuera poco, la “chacha” queda embarazada de un mequetrefe proletario que, para sobrevivir, deberá madrear a unos chamacos universitarios clasemedieros con Síndrome de “Che” Guevara… El “halcón” lumpen sólo quiere sobrevivir, aunque para ello tenga que madrear a los universitarios utópicos que sólo quieren “cambiar al mundo”.

¡Dan ganas de llorar! ¡Ni en las telenovelas de Televisa, caray!… La buena mujer que es requetebuena, sin mácula…

¿Actuaciones?

Una de las cosas que más debe ser apreciada en el cine son las actuaciones. Pero una cosa debe quedar clara: actuar es experimentar, a voluntad, una metamorfosis de la personalidad. Un buen actor es alguien capaz de representar a personajes muy distintos a su “yo” de la vida cotidiana. El actor se transforma en alguien que no es él mismo: por eso actuar es un arte.

Actúan personas como Max von Sydow, Marlon Brando, Anthony Quinn, Anthony Hopkins, Robert Duvall, Harvey Keitel, Meryl Streep…

Perdón, pero ¿quién carajos actúa en Roma? Yo no vi a ningún actor, a ninguna actriz… ¡a nadie! Ninguna caracterización me pareció digna de elogio o de aplauso: personajes planos, predecibles, sosos, sin la mayor gracia…

Algunos tibios destellos actorales, como cuando Fermín manda al carajo a Cleo o como cuando Cleo llora tras la muerte de su chamaca.

Cuarón incluso fue incapaz de pulir a los chamacos dentro de la esfera dramática. Bien dirigidos, los niños son capaces de hacer cosas maravillosas. Allí están Ana Torrent en Cría cuervos (Carlos Saura, 1975) y Rick Schroder en Campeón (Franco Zeffirelli, 1979).

Una historia fílmica depende mucho de las buenas actuaciones y, en Roma, yo no las vi.

Y me parece hasta grotesco que Yalitzia Aparicio haya sido nominada a mejor actriz: ¡pero si no actúa, sólo sale de ella misma!

Yalitza Aparicio es una indígena apocada que sala de indígena apocada… no demuestra ninguna capacidad actoral… ¡punto! Yalitza Aparicio se interpreta a sí misma: indígena apocada. ¿Qué tanto le aplauden?

Ya veremos si, a futuro, Yalitza sigue en este negocio y es capaz de ampliar su espectro actoral. Yo no le veo potencial: yo creo que será su debut y su despedida. ¡Y qué bueno que aprovechó el momento! La farándula es tan inestable y la fama tan efímera. Pero, bueno, mejor dejemos que hable el futuro.

Lo único que debemos agradecerle a Yalitza Aparicio, sin duda alguna, es que nunca cayó en el lugar común de aparecer por todos lados con huipiles, tocados de estambre, listoncinos etnos y cosas por el estilo… ¡digo, ya con Beatriz Paredes Rangel nos basta!

¡Qué bueno que salió con vestidos de diseñador! Está chido eso de combinar Oaxaca con París, Londres y Nueva York.

Ah, y por supuesto que no podía faltar el Cuarón feminista… ¡faltaba más!

¡Qué forma tan moralistoide y maniquea de pintar al señor de la casa! Un doctor que no es más que un infeliz proveedor frívolo, desapegado, distante, ausente que, además, deja a su familia por una chamacona con la que se divierte y ufano se pasea… “¡Que pase el desgraciado!”, diría Laura Bozzo.

¡Y qué forma de asociar al “reprobable doctor” con la caca! ¡Si no la pisa, la embarra en el suelo con las llantas de su carro!

¿Y qué me dicen ustedes, amables lectores, de esa frase lapidaria que una despechada y borracha señora Sofía le lanza a una Cleo súper embarazada: “Siempre estamos solas”? ¡Ah, qué frase! ¡Bellísima y esperable narrativa victimista!

¡Pobres mujeres… pinches varones culeros!

Y, claro, todo el guión de la película de Cuarón se la pasa colocando a las “pobres mujeres de la casa” (Sofía y Cleo) como sufridas damas que gravitan en torno a varones ególatras y ojetes… ¡muy mangino nos salió el tal Cuarón!

Claro, porque siempre será mejor culpar a los demás de nuestras malas decisiones, sobre todo en esta sociedad, en donde la mitología feminista ha conseguido colocar, en un primer plano, su narrativa victimista-chantajista.

Y aun dentro de este sobado rollito feminista, Cuarón decepciona. Yo esperaba otro final, uno donde la señora Sofía y Cleo decidían establecer una relación lésbica inter-clasista e inter-étnica con muchos kilos de “sororidad”, para “ya no estar siempre solas”. Y, obvio, que ambas fundaran una ONG de ayuda a las mujeres en la vieja casona de la Colonia Roma; una ONG llamada Club Feminista “Paquita la del Barrio”…

Por supuesto, tal desenlace merecía un final de antología, una toma donde la señora Sofía y Cleo se abrazan efusivamente mientras, como música de fondo, se escucha la canción de Mujeres engañadas, interpretada, obviamente, por Laura León “La Tesorito”

En fin, la película Roma, de Alfonso Cuarón, no es más que otra porquería fílmica adscrita a lo “políticamente correcto”… ¡ah, y eso sí, en un hermoso vintage en blanco y negro!

Facebook: Carlos Arturo Baños Lemoine.

Twitter: @BanosLemoine