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martes, abril 23

El indigenismo trasnochado del “cristiano” López Obrador

Carlos Arturo Baños Lemoine.

Por ridiculeces y yerros no paramos en México, gracias a la pésima conducción del Presidente Andrés Manuel López Obrador.

Los mexicanos hemos tenido que sufrir el peso de: a) malas decisiones (cancelación del aeropuerto de Texcoco y construcción de una innecesaria refinería); b) costosas improvisaciones (la “guerra contra el huachicoleo”); c) erráticas gestiones de empresas públicas (PEMEX y CFE); y d) vergonzosas posturas (el apoyo a la dictadura socialista de Venezuela); entre muchas otras cosas.

El gobierno populista de López Obrador ha sido y seguirá siendo un fracaso permanente, desde ya, desde siempre. Y, para colmo, hemos tenido que padecer sus arrebatos de fanatismo religioso: desde ritos prehispánicos hasta expresiones cristianas. Hay que recordar que el “cristianismo” es la mitología que impusieron los conquistadores españoles que, hoy, tanta roña le causan al Ganso Cansado de Palacio Nacional.

Pero la más reciente mentecatez presidencial de veras que cala hasta los huesos: ¡atreverse a pedir disculpas públicas a España por los sucesos violentos y sangrientos de la Conquista!

Queda claro, en primer lugar, que López Obrador está bien instalado en la subcultura de lo “políticamente correcto”: la del victimismo y del chantajismo, la de las “disculpas públicas” para todos los idiotas resentidos que se sienten ofendidos por todo y por todos. Un mal social de nuestros tiempos podridos; un mal social que es usado por todos los grupos que se proclaman “vulnerables”.

En segundo lugar, queda claro que López Obrador se halla mentalmente domesticado por las ideologías hegemónicas y de moda de la “izquierda académica chaira”. Se trata de esas ideologías que, para colmo de males, se pretenden “científicas y liberadoras”, del tipo: pedagogía del oprimido (Paulo Freire), giro descolonizador (Ramón Grosfoguel), filosofía de la liberación (Enrique Dussel), epistemologías del sur (Boaventura de Sousa Santos), pensamiento fronterizo (Walter Mignolo), etc.

¡Pura basura mental que acostumbra falsear la realidad en aras de intereses políticos de carácter socialista! Todos esos autores siguen, claro está, la tradición tramposa de Marx y Engels, los germanos expertos en “editar” la realidad social para que la concepción de ésta se acomode a los prejuicios idóneos.

Desafortunadamente, toda esa basura mental se sigue enseñando, y mucho, en universidades públicas (¡y hasta en privadas!). Las universidades se vuelven, de este modo, espacios idóneos para el adoctrinamiento y el reclutamiento de jóvenes ignorantes, inmaduros e idealistas, afectados por el Síndrome de “Che” Guevarita.

La visión indigenista de López Obrador da pena ajena por ser evidentemente reduccionista, falsa y maniquea. Se trata de una versión trasnochada de las cosas históricas que, por lo visto, no ha sido superada en muchos ámbitos académicos, políticos y gubernamentales de México.

López Obrador es un ignorante mal intencionado: no sabe (o no quiere aceptar) que las tropas que apoyaron a Hernán Cortés en la toma de Tenochtitlán y en la caída del Imperio Azteca… ¡llegaron a ser mayoritariamente indígenas! Hechos, no basura mental.

Le duela a quien le duela, así fueron las cosas: desde que Cortés llegó a la región maya (ya en decadencia por guerras intestinas y escasez de recursos), se dedicó a establecer alianzas con los pueblos indígenas sometidos por los mexicas: totonacas, tlaxcaltecas, cholultecas, tepanecas, matlazincas, etc.

No en pocas ocasiones, estos pueblos se hicieron aliados de Cortés después de enfrentarlo con las armas, además. Chingadazos hubo a cada rato: españoles vs. indígenas e indígenas vs. indígenas. Lo cierto, le duela a quien le duela, es que, a final de cuentas, esos pueblos vieron en Cortés un aliado para deshacerse del yugo azteca… ¿será porque los aztecas los trataban muy bien, verdad?

A eso agréguenle que los aztecas, a la llegada de Cortés, se disputaban buena parte del territorio de Mesoamérica con los purépechas (Michoacán) y con los mixtecos-zapotecas (Oaxaca), de tal suerte que resulta falsa y ridícula la idea romántica de que, por estos lares, se vivía un “paraíso de hermandad indígena” antes de la llegada de los españoles. La condición humana es la misma en todas partes y en todos los tiempos.

Así, pues, resulta una mega tontería exigir disculpas por los sucesos de armas de hace 500 años, cuando buena parte de esos sucesos de armas fueron de indígenas contra indígenas, todos ellos buscando el mejor desenlace bélico con base en sus propios intereses de grupo.

¿A quién hay que pedirle disculpas y de qué y por qué? Porque, además… ¡la guerra es la guerra y no hay guerras “buenas”!

Españoles e indígenas fueron crueles y despiadados… ¿qué otra cosa es la guerra, carajo?

Las guerras se hicieron para joder al adversario, para ganarle, para someterlo, para dominarlo, y el triunfo y el dominio nunca están del todo garantizados. La violencia humana, como fenómeno social, es un ir y venir de fregadazos, donde no hay “inocentes”, donde hay aliados o adversarios, donde todos juegan su mejor estrategia para ganar.

¡Quien no entiende esto es un pobre ignorante que nada entiende de la naturaleza humana ni de la historia de la humanidad!

¡Seguimos siendo bestias bípedas, pero bestias al fin y al cabo!

Y eso que llamamos “civilización” es un arreglo de violencia mínima y soportable que, en cualquier momento, se puede ir al caño: ejemplos hay muchos en los noticieros de todos los días.

Si apreciamos la “paz” es porque, al menos, intuimos lo que nos pasaría en un ambiente de guerra: la “civilización” es la correa que mantiene atados a los perros de presa, y esos perros de presa somos todos nosotros.

Por eso resulta deseable mantener los niveles de “civilización” que hemos conseguido como especie humana, porque sabemos que si desatamos nuestra bestialidad… ¡las consecuencias serían atroces!

Para concluir, queda claro que el Presidente Andrés Manuel López Obrador es un vulgar ignorante: ya sabíamos que no sabe economía, que no sabe administración pública, que no sabe derecho. Ahora resulta claro que tampoco sabe historia, ni ciencia política.

Ojalá que, en vez de perder tanto el tiempo en sus aburridas e inútiles “mañaneras”, se tome la molestia de leer aunque sea un autor, uno de los clásicos de las ciencias sociales: ¡al gran Thomas Hobbes (1588-1679)!

Nunca es tarde para aprender de los grandes.

¡Ah, claro, y ojalá que el Presidente de la República sea coherente y congruente con su indigenismo trasnochado y se deshaga de su mitología personal: el “cristianismo”, que fue impuesto por los conquistadores españoles!

¡Miren que resulta ridículo eso vomitar a los conquistadores españoles al tiempo que se reproducen los mitos que éstos impusieron por estos lares!

 Facebook: Carlos Arturo Baños Lemoine.

Twitter: @BanosLemoine