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Muerte súbita

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Mario Palacios Montarcé era un maestro de tenis de mesa del Club Toluca. La fortuna le sonreía en México, después de una vida difícil en su lugar de origen: La Patagonia, Argentina. Pero el 21 de noviembre de 2003, el instructor fue asesinado brutalmente. Su crimen fue encubierto como un simple asalto y nunca se investigó. El Diario Digital el ARSENAL adelanta un fragmento de una investigación que publicará la revista Chilango en su número del mes de febrero y la cual involucra al ex gobernador del Estado de México, Arturo Montiel, y a su ex esposa, Maude Versini, en la muerte de este ciudadano argentino.

Diego Enrique Osorno

El diario “La Mañana Neuquén” estaba desparramado en una mesa de ping-pong, con la sección “Policiales” abierta. Oscar Ottón, entrenador de la selección argentina de tenis de mesa, clavó la mirada en el titular: «Asesinan a neuquino en asalto, en México.» Incrédulo, leyó el sumario de la nota: «Ocurrió el viernes pasado, sus restos llegaron a Neuquén y hoy recibirán sepultura. Conmoción local.»

El argentino muerto al que se refería la noticia ese 28 de noviembre de 2003 era Mario Palacios Montarcé, profesor de tenis de mesa que hacía diez años había enseñado a Ottón sus primeros golpes en una bodega petrolera adaptada como club de pingponistas.

«Dos meses antes de morir vino a un torneo a Neuquén. Lo sentí contento de vivir en Toluca», me dice Ottón, moreno y de bigote delineado, en un oscuro rincón del Club Pacífico de Neuquén -ciudad de La Patagonia, en Argentina-, con el telón de fondo del castañear de las pelotas blancas que conectan sus pupilos.

Ottón habló por teléfono con Doelia Montarcé, madre de su maestro: Mario -le confirmó la mujer- había sido víctima “circunstancial” del asalto a una panadería.

Por dos años, Ottón creyó esa historia.

-A Mario lo mataron porque se involucró con la mujer de alguien muy poderoso en México -le dijo un entrenador de la selección mexicana de tenis de mesa, que en 2005 visitaba Buenos Aires por un campeonato Latinoamericano sub 13.

Sorprendido, Ottón buscó en ese mismo evento a Fernando Serrano Almudí, papá de un niño del mismo nombre (“Fernandito”), excelente alumno mexicano de Mario que ahí competía: «Su padre me corroboró -dice Ottón- que en Toluca se decía que lo habían mandado matar por una revancha.»

Un escalofrío lo recorrió.

Tunas jugosas

Maude llegó a México en 2000 para el proyecto “México, el país de los mil rostros”. Se decía “periodista”, pero en realidad era una publicista de la empresa española NOA Comunicación. La joven de 26 años viajó un año por el país para entrevistar a gobernadores, a quienes ofrecía publicar, a cambio de hasta cien mil dólares, reportajes sobre ellos y sus estados en el semanario Paris Match.

Solicitó una audiencia con Montiel. El gobernador aceptó: le daría 30 minutos el domingo 24 de septiembre del 2000.

Montiel debió sorprenderse ante la belleza de la esculpida y trigueña mujer. Olvidado el protocolo, la charla se extendió 60 minutos. El gobernador debió cortarla para ir a una cena con el gobernador de Illinois, George H. Ryan, quien llevaba un rato esperándolo. «No se vayan, falta mucho por decirles», pidió Montiel. En las cuatro horas de espera el gobernador les envió bandejas de quesos y jamones y, a Maude, dos recaditos de su puño y letra. Al volver, la plática siguió una hora. Entre otras cosas, le habló entusiasta de la tuna, fruta mexiquense que Versini desconocía: «Es tan importante para los mexicanos -le dijo Montiel-, que forma parte del escudo nacional.»

El político, casado entonces con Paula Yáñez, se despidió de la francesa, una mujer que rondaba la edad de sus dos hijos.

Esa misma noche, la joven recibió sorpresivamente un dulce y jugoso regalo del gobernador: una caja llena de tunas.

En 2001, según Guadalupe Loaeza, Maude convivió cinco meses en Venezuela con Hugo Chávez, a quien le hizo un publirreportaje para The New York Times. Montiel mantuvo contacto telefónico hasta que organizó una gira por Caracas. Ahí, la joven le dijo que se iría a vivir a Líbano. El gobernador, dolido, le pidió volver a México: dejaría a su esposa y le facilitaría un proyecto con la revista Hola.

Una noche parisina de fines de 2001, frente al Arco del Triunfo, Montiel le pidió matrimonio. Para que los recién divorciados como él pudieran casarse de modo inmediato, hizo que en 2002 el Congreso reformara el Código Civil estatal. La boda entre la joven y el político que alguna vez dijo «los derechos humanos son para los humanos, no para las ratas», se realizó el 22 de julio ante unos cien invitados.

La pasión de Maude era el esquí, que practicaba una vez al año en los Alpes franceses. Montiel quiso aprender, pero fue imposible. Capitalizó su nulidad con otra prueba de amor: anunció la creación del Centro Internacional de Esquí Nevado de Toluca. Por su esposa, “la gobernadora”, sentía devoción: el mandatario le ofrendaba serenatas de mariachi y le mandaba 200 rosas blancas cada 22 de mes.

La adoración caló en la política pública. Maude apareció en espectaculares y fotos que se regalaban en actos políticos, y con su nombre fue bautizado un hospital de Atacomulco -municipio natal de Montiel, que da título a su grupo político-, con todo y su título: “Lic. Maude Versini de Montiel”. A dos años de la derrota del PRI en las elecciones de 2000, Montiel, el político con mayor presupuesto del país, era tan poderoso que ya sonaba como candidato a la presidencia.

Besos suaves

Mario era bajito, calvo y no tenía dinero, pero no le faltaban virtudes. «Sin ser galán era muy coqueto y caía bien a las mujeres», explica su amigo Aldo Dapozzo, entrenador de futbol. «Era muy juguetón a la hora de enseñar», dice el empresario Luis Gasca. «Tenía mucha labia – cuenta su alumno Edgar Madrigal-. Y tú sabes, los argentinos tienen mucho pegue en Toluca, pero no bebía ni fumaba. Su único pecado eran las mujeres. Anduvo con mujeres casadas», dice Edgar Madrigal, uno de sus mejores alumnos.

La psicóloga Jazmín López, joven de pelo largo y ojos grandes que me recibe en la clínica de Santa Cruz Atzcapotzaltongo, abre un secreto: «Sus besos eran muy suaves, acompañados con un abrazo fuerte y tierno.»

Jazmín fue su pareja meses antes de que Mario muriera. «Salí con Mario porque era muy humano y muy gracioso», me dice esta chica agradable, con la que el argentino iba al Café Cool y al restaurante La Fortaleza.

-¿Qué piensas sobre su muerte?

-No sé. Mario me platicó que antes era mujeriego. Se comentó que había sido un crimen pasional. Aún no sé qué pensar.

Bolsa de cartón

En el viaje hasta Neuquén, Argentina, recorro 9 mil kms. Veré a Doelia, madre de Mario, una tarde de octubre. Al entrar al barrio Gregorio Álvarez transito entre nubes de polvo y perros flacos. «A dos calles de aquí no entra la policía», me dice Doelia, una señora bajita y de lentes, señalando una zona con casas de hormigón. Los Palacios Montarcé viven en un Fonavi, unidad popular construida por Felipe Sapag, una suerte de cacique -hoy de 91 años- que gobernó Neuquén 20 años.

«Hasta que murió Mario empezaron a darle bolilla (tomar en cuenta) en Neuquén al tenis de mesa», dice esta mujer enferma de diabetes cuando entramos al cuarto de su hijo. No ha modificado nada: varios brillantes trofeos ocupan una cómoda. Junto a un camastro hay un retrato de Mario jugando en el Club Toluca. En el colchón, sobre una sábana amarillenta, descansa una maleta negra. Además, una bolsa de cartón. Doelia me pide que la abra: sentado en su camastro veo anuncios de cursos de ping-pong, copias de emails personales dirigidos a mario_palacios_montarce @hotmail.com, tarjetas de presentación con su celular (044722-1183228), una nota del Reforma con su foto, folletos de su Atos, copias de su CV, notas del Sol de Toluca con Montiel y Versini entregando el premio a Fernandito, fotos con amigos, papeles del Instituto Nacional de Migración y una vieja cartera.

Al cuarto lo sume el silencio. De pronto, Doelia, de brillantes ojos rodeados de arrugas, se suelta a llorar.

Traten de no meterse

Graciela, la hermana más alegre y consentida de Mario, dice que no podían hacer más: no tenían dinero, México estaba lejos y sólo conocían a Roberto Depietri: «Y en Toluca, aunque hay leyes, no había ley.»

-¿Qué les decía Depietri? -pregunto a Mónica.

-Que le pegaron un tiro y que no sabía nada, que fue un accidente. Y me dijo: «Traten de no meterse, no hagan llamadas ni envíen mensajes. Hay mucha mafia en México.» Evadía decirnos qué pasó (pero) estoy agradecida porque sin él no hubiéramos traído a Mario. Esa fue la única vez (cuando el cuerpo llegó) que vimos a Depietri.

-¿No dudaron de la versión?

-Después atamos cabos porque “Ringo” (Depietri) ya no contestaba cuando le llamábamos para preguntar por lo de Mario.