Iraq: la guerra necesaria

0
352

mujeriraquivota

Rubén Cortés
La fotografía de varias mujeres iraquíes que este fin de semana mostraban manchas de tinta en sus pulgares, como prueba orgullosa y decidida de que habían votado en los comicios locales, no sólo constituía el mejor cartel electoral que un publicista hubiera soñado, sino también que valió la pena la invasión estadounidense para derrocar la sanguinaria dictadura de Saddam Husein.
O, como advierte El elegido, esa canción del cantante comunista cubano Silvio Rodríguez con la que se ponen roncos nuestros izquierdistas cada 2 de octubre de tanto cantarla para condenar la matanza de Tlatelolco: “Y comprendió que la guerra, era la paz del futuro”.
Porque los muertos de Tlatelolco abonaron con su sangre el camino a la democracia que se vive hoy en México. ¿O no? Lo que es igual: hay guerras necesarias, como escribió el insigne latinoamericano José Martí.

Los organizadores de las elecciones iraquíes tuvieron que mantener abiertos los colegios una hora más debido a la numerosa asistencia de la población, a pesar de que los votantes debieron cruzar retenes de seguridad y zonas acordonadas con alambre de púas.
Aun así, votó más del 70 por ciento del electorado, una cifra que debería de hacer palidecer de envidia a la una democracia como la de países libres, soberanos, en paz y con millones y millones de dólares del erario para garantizar el desarrollo de las elecciones, pero que de todos modos registran una notable abstención.
La afluencia a las urnas iraquíes me hizo recordar a Josué A. Zamudio, un panameño de 18 años enrolado en la 101 División Aerotransportada de los marines, a quien conocí en Bagdad un día después de la huida de Saddam 
Husein. Después he buscado a Josué. Incluso, escribí sin éxito al Pentágono preguntando por su suerte.
De todos modos, esté donde esté, la foto de las mujeres iraquíes con sus pulgares levantados como banderas de triunfo es un homenaje limpio y agradecido a jóvenes como Josué, de quien transcribo algunos apuntes que tomé junto a él en mi libreta de corresponsal de guerra, a la orilla del río Tigris.
“Los ves?
—Nada, salvaje, no veo un carajo.
—Mierda socio, estás ciego ¡eh! Toma: arribita de los tubos blancos del segundo piso, grita Josué por encima del ruido de una balacera de fin de mundo y me alcanza su catalejo de bolsillo.
Entonces veo una veintena de hombres vestidos con dishdashs oscuros, varios con cofias rojas y blanca, armados con AK’s, apostados contra una tubería de aluminio arrumbados en un pasillo del ex cuartel de la Guardia Republicana en Bagdad, demidestruido por los B-52 americanos durante los bombardeos que cesaron ayer con la entrada de las tropas invasoras.
Se llama Josué A. Zamudio. Tiene 18 años y dos guerras encima: la primera, a los siete, contra la 101 División Aerotransportada del Ejército de Estados Unidos, cuando la ocupación de su natal Panamá decidida por George Bush padre en 1989; la segunda, ahora, como marine de la misma 101 División durante la invasión a Irak ordenada por George Bush hijo.
Es un negrito flaco e inquieto que, más que soldado, parece un rumbero de cualquier barrio latino.
Pero aflora una personalidad de espanto, como cuando hace cinco minutos agarró su M-4 automático y le partió para encima a las balas que empezaron a venir desde el ex cuartel de la Guardia, en la margen opuesta del río Tigris, en el centro de Bagdad.

mujeresiraquiesvotan2

–¿Los ves?
—Ya, ya.
He seguido a Josué, corriendo agachado entre las yerbas de Guinea que crecen entre el lodo amarillo de la ribera de este lado del río.
A los sordos bap-bap-bap de los AK-47 rusos de los fedayines, los marines responden con un chorro gordo e incesante de llamaradas color naranja: balas de pistolas HK USSOCOM calibre 45, rifles M-4, ametralladoras SAW 249 calibre 5.56, blindados Bradley y lanzagranadas M-79.
Después de disparar medio millar de balas, el cañón del M-4 de fibras de grafito que maneja Josué se pone al rojo vivo, como un clavo si lo pones dos minutos en el fuego.
Apenas con la frente perlada de unas gotitas de sudor, Josué comenta con una sonrisa mientras cambia el peine por quinta vez: “Socio, imagínate a quien le pongan ese cañón en el culo…”
En media hora los fedayines son abatidos. Agarro el catalejo para ver el resultado del tiroteo: cuerpos acribillados entre una niebla de humo, uno de ellos aplastado contra la pared, como un póster, las manos en cruz y el AK incrustado en la parte baja de la barbilla.

—¿Le diste a alguno?
—No sé mi hermano. ¡Mira cuántos estábamos aquí tirando para el mismo lugar! Los freímos entre todos.
Enseguida se sienta y abre uno de los tres sobres plásticos color café de comida sintética que recibe a diario cada soldado. No le apetece nada y prueba algo de fruta, un poco de arroz.
Los guerreros deben de haber cambiado desde los tiempos de Viet Nam, porque la imagen sosegada (hasta amable) de Josué después de disparar a matar durante un rato no se parece a las de Micahel Herr en Despachos de guerra, el mejor libro sobre el conflicto de Indochina.

mujeresiraquiesvotan4En la página 23 describe a un soldado americano que acaba de disparar:
«La cara congestionada, roja y moteada y retorcida como si le hubiesen dado vuelta a la piel, una mancha verde demasiado oscura, una veta rojo tirando a púrpura magullada, un montón de repugnante blanco gris en medio, parecía como si le hubiese dado un ataque al corazón allí fuera. Tenía los ojos vueltos medio perdidos en las cuencas, la boca abierta y la lengua fuera, pero sonreía: un buen chico que había disparado su tanda.»

Pero Josué está tranquilo y habla de su novia de California, del enganche que dio para una casa con jardín en el 6513 de Plunkett Stree, en Florida, (pronuncia “Flórida”) para llevarse allí a la chica cuando él regrese.
Y aún con sus 18 años se permite un consejo de veterano: “Y tú, qué haces aquí mi hermano. ¿No escribiste ya sobre la guerra? Ya esto se acabó, no tientes al diablo y vete mañana mismo para que estés con tu hijo. Si la libraste, piérdete de estos rumbos”.
En Despachos… Herr pregunta a un ametrallador de puerta de un helicóptero cómo puede disparar contra mujeres y niños y el hombre le responde: “Es más fácil, hombre. No tienes que machacarlos tanto”.
Sin embargo, Josué piensa que la guerra de Irak pudo durar menos de los 21 días que consumieron las tropas americanas en entrar a Bagdad.
“En Kerbala tardamos casi una semana en tomar un puñetero edificio donde se habían parapetado unos cuantos fedayines con parque suficiente. Podíamos barrer el edificio con fuego de artillería, pero, mi hermano, allí había civiles. Teníamos que buscar otras maneras para sacar a los fedayines”, cuenta.
MATAR EN LA GUERRA. Desde que entró por Kuwait hace 23 días, Josué despachó “como a 70” guerrilleros iraquíes, pero recuerda en especial a dos.

“El martes, en Kerbala, —cuenta— estaba cayendo el sol, este sol de aquí que te ciega y los del grupo estábamos cansados, casi dormidos. Entonces veo, a 200 metros, algo que se mueve como un perro. Miro por el visor del M-40 A1, que es de francotirador, y es un cabrón con una AK tratando de vadearnos para cocinarnos”.
Los grupos de combate americanos son de seis integrantes: un jefe, un segundo al mando, un francotirador (que ese día era Josué), un especialista anticarro, un fusilero granadero y un ametrallador.
Estaban cerca de la mezquita de cúpula dorada que guarda la tumba de Husein, hijo de Alí, el yerno de Mahoma y fundador del chiísmo. A Husein le cortaron la cabeza los sunitas durante una gran batalla en Kerbala en el siglo VII.
“Corría rápido el condenado” —continúa Josué— “y agarré el fusil, sin calibrar mucho el tiro, y disparé: lo levanté como dos metros”.
Yo estaba ese martes en Kerbala: una jornada dura para los americanos, después de una semana de combates y había cadáveres en la calle y olía a cabello quemado y a carne cruda.
Sólo a mediodía los soldados se animaron a avanzar por la avenida principal junto a los blindados LAV-M de reconocimiento, cubriéndose tras puertas y muros para cuidarse de los francotiradores.
Miraban al frente, los ojos apagados de fatiga, las caras flacas luego de varios días recibiendo fuego de donde menos lo esperaban: una carreta tirada por un burro, un tejado, un bulto de escombros.
Murieron allí cerca de mil iraquíes y como 20 americanos.
Pero los estadounidenses no eliminaron sólo fedayines: un tanque M2 Bradley de 25 milímetros voló la casa de una familia de zapateros que tenían dos hijos pequeños: los Akbar.

15irakEse martes, tres días después, había todavía entre los escombros ropas ensangrentadas, una bañera partida en dos, platos, vasos, colchones… todo roto menos unos lentes graduados que se conservaban intactos.
Todos murieron, al igual que sus animales: gallinas, cabras y quizá una vaca o un camello… era difícil discernir en el amasijo de huesos y pellejos que se pudría bajo el sol, con un hedor a perro muerto envuelto por una nube de moscas verdes.
Cuatro montoncitos de piedras indicaban que a unos metros yacen los Akbar como manda el Corán: los muertos tienen que ser enterrados en el mismo lugar donde mueren.
—¿Y el otro?
—¿Cuál otro?
—El otro iraquí que te echaste.
Donde se juntan los dos ríos, el Tigris y el Eufrates, y debe de ser un récord mundial. El tipo estaba arriba de una BTR rusa y lo quebré como a 600 metros, con un M-203, que es un rifle de fusilero. Te lo juro: ¡600 metros!
—¿Por qué récord mundial?
—Coño, socio ¡Estaba a más de medio kilómetro! Y había un poco de viento con la arenizca esa que siempre flota aquí.
—Salvaje, te oigo y pienso que te gusta la guerra.
—A mi me gusta la guerra, socio. Yo estoy aquí porque quiero, me pagan cuatro mil dólares al mes y tengo un carajal de prestaciones. Tengo un porche y una casa bonita.
—¿Pero sientes que luchas por un país?
—Claro socio. Defiendo al país que me da todo eso: el sueldo, las prestaciones, el porche, la casa.
—No jodas Josué, es el mismo país que invadió el país donde naciste…
—Si jodo socio, si jodo: tú no sabes que en el país donde yo nací no se puede vivir como yo quiero y por eso mi familia se fue, porque después de que defendimos el barrio a brazo partido el gobierno de Endara nos dio una patada en el culo y nos fue de la cagada.
Josué nació en El Chorrillo, un populoso barrio pobre de Ciudad de Panamá, bastión del general golpista Manuel Antonio Noriega y símbolo de la resistencia panameña contra la invasión estadounidense.
Noriega había repartido armas a sus milicias de El Chorrillo y el padre de Josué era miliciano. “Papá me dio una Browning de nueve milímetros, más grande que yo, y disparé contra los helicópteros Apache”, recuerda.
Los mismos helicópteros en los que ahora se transporta… la vida de Josué es un carrusel: primero pelea contra la 101 División y hoy es uno de sus soldados, antes disparaba contra los Apaches y ahora vuela en ellos, o mata un hombre en el lugar donde surgió la vida (en la confluencia del Tigris y el Eufrates se supone que estaba el Paraíso de Adán y Eva).
No resisto la tentación de decirle todo esto a Josué antes de que se encarame en el blindado para irse a la toma de Tikrit.
—Ay, socio, tú le das muchas vueltas a las cosas. ¡Lo complicas todo viejo! El sol de aquí te chamuscó el cerebro.
Y se quita el sombrero de camuflage, de tela color desierto, que usan los marines, y me lo pone en la cabeza:
—Es tuyo: para que no se te siga tostando el coco”.