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Izquierda de café con leche

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Rubén Cortés
“Hace 20 años cambié la libertad por el poder y ahora cambio el poder por la libertad”.
La frase es de Joschka Fischer, gurú de la izquierda alemana desde que se estrenó a pedradas contra la policía en el Francfort de los años 70 hasta su retirada de la política, hace dos poco, con el cargo de ministro de Relaciones Exteriores y envuelto en un escándalo de corrupción con visas de inmigrantes.
Después de desempeñar el cargo más elitista del gobierno alemán, el progresista Joschka, de 57 años, renunció a ocupar un puesto que debería ser el suyo natural en la oposición: jefe de la bancada parlamentaria del Partido Verde en el Bundestag.
Divorciado cuatro veces y casado actualmente con una iraní 28 años más joven, el Dios padre venderá sus memorias en medio millón de euros e impartirá conferencias a 30 mil euros la sesión. Además de su jubilación de nueve mil 500 euros mensuales.
Con esos ingresos —informó el Bild Zeitung— comprará una casa en el sur de Francia. O en la Toscana italiana, lugar favorito de la clase progresista alemana. Y, así, imitaría a otro izquierdista europeo de hueso colorado: su amigo Daniel Cohn-Bendit, conocido como Dany el Rojo.
Cohn-Bendit lideró las manifestaciones que, en 1968 en París, incluyeron la marcha de 50 mil universitarios en la “noche de las barricadas”, otra de un millón de capitalinos y la huelga de 10 millones de obreros bajo la consigna de “construir una nueva sociedad”.
De Gaulle lo expulsó de Francia y se fue a vivir a Francfort, donde fundó con Fischer el Partido de los Verdes, por el cual fue eurodiputado y funcionario, pero en especial trabajó en “lo que más me fascina: la labor con los inmigrantes”.
Dany el Rojo instigaba a ocupar por la fuerza viviendas vacías a los inmigrantes, a quienes los Verdes gestionaban luego la naturalización y convertían en parte esencial de su base social.
Después de tanta brega progresista, hizo lo que todo buen pequeño burgués: se compró una casa de campo en la Toscana.
Otro caso de lucro con las ideas de izquierda es el húngaro George Soros, uno de los especuladores más rapaces del mundo, quien critica al capital especulativo y al neoliberalismo y cuyas citas los intelectuales correctos reproducen para denostar la globalización.
Con la aceptación por parte de la izquierda como uno de sus ideólogos (junto con Noam Chomsky, Susan Sontag, García Márquez, Saramago, Régis Debray), Soros obtuvo publicidad gratis, aumentó sus ganancias y hasta elevó su estatura política e intelectual.
Y siguió beneficiándose, a lo bestia, con la gestión de sus especulativos fondos de inversión.
La verdad es que Soros, últimamente dedicado también al mecenazgo de instituciones culturales, se hizo multimillonario gracias al pillaje de economías y de la ruina de países enteros.
Otro ejemplo de la izquierda de barricada que termina seducida por lo que el Ché Guevara llamó “el privilegio de la belleza” de la burguesía es el propio Chomsky, quien considera a Estados Unidos “una dictadura de cuatro años” y, en cambio, defendió las bondades democráticas del régimen de Pol Pot en Camboya y alaba las del comunismo en China.
Según The New York Times “posiblemente, el intelectual vivo más importante”, Chomsky sostiene que “China es un ejemplo importante de una nueva sociedad en la que han sucedido cosas muy interesantes y positivas: gran parte de la colectivización se ha llevado a cabo con la participación de las masas, y ha tenido lugar tras haberse conseguido que el campesinado entendiera los motivos de ésta, para, así, poder dar el paso”.
Se debe aclarar que la “colectivización” que alaba Chomsky provocó la Gran Hambruna China de 1958-62, una de las catástrofes humanas más colosales registradas desde que el mundo es mundo, con 30 millones de muertos.
Y que mientras esos chinos caían como moscas, el “intelectual vivo más importante” consolidaba su carrera pleno y feliz, amparado absolutamente por todas las garantías de igualdad ante la ley, de legalidad, de civismo, de seguridad pública y social y de libertad de expresión que le proporcionaba el haber nacido y vivir en lo que él califica, sin embargo, “una dictadura de cuatro años”.
En fin, como dice el panadero de mi barrio:
“Así soy comunista yo también”.