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El vocero

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Raymundo Riva Palacio
José Ángel Córdova Villalobos ha tenido experiencias que prueban su temple en el pasado. Como presidente en el Instituto Electoral de Guanajuato, cuando el país le cobró a Vicente Fox su mal gobierno en las elecciones intermedias, como diputado panista en el Congreso durante la polarización ideológica de 2005-2006, y como secretario de Salud del gabinete de Felipe Calderón, cuando mientras apenas se acomodaba en su silla, una cándida declaración a la prensa sobre su rechazo al aborto, casi le cuesta el trabajo. Pero nada, ni en toda su biografía pública junta, pudo haberlo preparado para lo que está viviendo hoy en día, en el epicentro mundial de la segunda epidemia del nuevo siglo.
Córdova Villalobos llegó a una secretaría que desde que estalló la epidemia del Síndrome de Severa Respiración Aguda en 2003, conocido como SARS, construyó al igual que el mundo un sistema de combate a una epidemia, que todos pensaban que sería la gripe aviar, desarrollando vacunas y comprando inventarios. “Sabíamos que iba a venir, aunque no cuándo ni en dónde”, dijo el director de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard, Julio Frenk, y quien como secretario de Salud foxista fue el arquitecto de aquél sistema, que incluyó la compra de un millón 200 mil vacunas contra la influenza. “Las epidemias son como los terremotos. Después de mucho tiempo que no sucede uno, se sabe que vendrá, pero no se sabe ni en dónde ni cuándo”.
Sin embargo, lo que le llegó a Córdova Villalobos, el A-H1N1 era un virus tan poco conocido, tan poco investigado, que al fallecer una encuestadora del Sistema de Administración Tributaria en Oaxaca la segunda semana de abril, infectada por el virus, todo el mundo se puso en alerta roja. Para Córdova Villalobos, como para toda una generación, desde el 23 de abril pasado siempre habrá un antes y un después.
Al mediodía de ese 23 se alistaba para tomar el avión de las cinco a Tuxtla Gutiérrez, donde a la mañana siguiente iba a presidir una reunión de ministros centroamericanos de salud. Sus preparativos se interrumpieron cuando le entregaron los resultados, recién acabados de llegar del laboratorio epidemiológico de Winnipeg, Canadá, el mejor de su tipo en el mundo, donde le informaban que las cepas de contagiados por el virus en Oaxaca que habían mandado ahí a analizar, habían resultado todas positivas con el A-H1N1. Tomó el teléfono rojo de la red encriptado del gobierno federal y llamó al presidente Calderón. Necesitaba verlo con urgencia, le dijo, pues tenía un asunto de extrema gravedad, que afectaba la seguridad nacional.
En lugar del aeropuerto se fue a Los Pinos. La carrera contra el virus arrancaba. Córdova Villalobos salió de ahí con la encomienda del mariscal de campo, psara coordinar los trabajos de todo el gobierno y ajustar las decisiones prácticamente hora con hora en función de los resultados que fueran llegando a su escritorio, y como vocero nacional de la crisis de salud pública que, sin tener el total de víctimas de otras epidemia como el sarampión y la malaria, que provocaron la muerte de un número muy superior al de fallecidos hasta ahora por el virus A-H1N1, es por mucho la enfermedad que más miedo inyectó entre los mexicanos.
El Presidente le entregó a Córdova Villalobos facultades excepcionales, haciendo las recomendaciones a otros miembros del gabinete en toma de decisiones dentro de los sectores a su cargo. Calderón aprueba todo –analizando metódica y escrupulosamente cada estadística, reporte o informe de contagios- en una carrera contra el tiempo, por la aún no clarificada velocidad del contagio.
El papel que está jugando Córdova Villalobos no deja de ser una caprichosa paradoja de la vida política mexicana. Sin lugar a dudas, estaba destinado a ser un miembro del gabinete de segunda división. Aunque a cargo de una importante tarea, la salud nacional no ha sido vista a lo largo del tiempo más allá de un ejercicio fundamentalmente administrativo. En el gabinete de desarrollo social, al cual pertenece la Secretaría de Salud, hacía más de tres lustros que el brillo, el potencial, el futuro, se le había asignado a la cabeza del sector, el encargado en turno de la Secretaría de Desarrollo Social.
Córdova Villalobos aceptó esa encomienda al arrancar el sexenio, para la cual no carecía de preparación. Médico cirujano de profesión, especializado en enfermedades gastrointestinales, había pasado por diversos cargos de dirección en su natal León, y en el gobierno estatal de Guanajuato, cuando Fox era gobernador, y quien en la última parte de su sexenio lo llevó a la Cámara de Diputados y lo hizo presidente de la Comisión de Salud, de donde se lo llevó Calderón a su gabinete.
Discreto, no corrió más de lo debido. Dejó que el gabinete de Desarrollo Social tuviera como líder política de arranque, ese sexenio, a la ex secretaria de Educación, Josefina Vázquez Mota, y se ajustó institucionalmente bajo el liderazgo de Ernesto Cordero, cuando llegó a la Secretaría de Desarrollo Social. Sin problemas en el horizonte, avanzaba a ritmo pausado hasta que un nuevo virus, el AH1N1, le cambió la dirección y el destino.
Su actuación ha sido vista con claroscuros. Desde aquellos que se vuelcan en elogios a su actuación, y justifican sus errores, hasta quienes lo fustigan sin tregua. El punto de discusión es sobre el manejo de cifras, que en un principio generó gran confusión. Córdova Villalobos ha ajustado el manejo de cifras, y va a enfrentar una nueva andanada: si las acciones tomadas no fueron demasiado alarmistas, ante los señalamientos en Estados Unidos que la epidemia no ha sido, hasta ahora, tan letal como se preveía. Su actuación, empero, tendrá que pasar la prueba del tiempo para que sea juzgada. Ante la crisis, sólo resta esperar los resultados. De éstos dependerá el juicio político final sobre él para determinar si este hijo de León estuvo a la altura para resolver la prueba que la vida le puso en el camino. O si fracasó.