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Motarrey, Narco León, 2000

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Diego Enrique Osorno
Me dijeron que todo reportero que comenzaba debía tener los oídos atentos a su palabra. La verdad es que suelen ser personas algo lastimadas por la vida, amables, pero sobre todo, muy sabias. En los pasillos de los periódicos siempre sobresalen sus canas frente a los relamidos pelos oscuros de los periodistas que informan de otros temas. Y es que en ambientes tan precarios materialmente como el del periodismo, son pocos los redactores de política o de cultura que se jubilan en las redacciones. La mayoría de estos, en cuanto pueden, huyen, aprovechan sus relaciones públicas y se convierten en funcionarios de comunicación social, en escritores o en algo así. Pero los de la nota roja no. Ellos sí suelen acabar viejos frente a una máquina, tecleando la nota del día. Algunos hasta han muerto de un infarto, en plena cobertura.
Al inicio del nuevo milenio fue que empecé a trabajar en el Diario de Monterrey y me tocó conocer a varios de ellos. Me tocó sobre todo escucharlos, aprenderles, ya fuera en algún rincón de la sala de redacción, en una mesa del Café Brasil o en la barra de alguna cantina de mala muerte, donde, a la menor provocación, empezaban a contar esas historias negras de la ciudad que uno escuchaba fascinado. Historias como la de aquél ahorcado, o la del apuñalado éste. Homicidios comunes para ellos, sin embargo desgarradores para un novato del periodismo y de la vida.
Recuerdo que durante esas improvisadas clases de periodismo, no pocas veces ocurría que los viejos lobos se quejaran de la pasividad de Monterrey frente a otras ciudades violentas como el Distrito Federal o la misma Guadalajara, donde hasta habían matado a balazos a un Cardenal. Aquí, para poder hablar del crimen organizado, había que hablar del lavado de dinero y ese tema, me ilustraban, era muy aburrido para los lectores. Desde el asesinato del empresario Eugenio Garza Sada, la nota roja estaba condenada a salir en las últimas páginas del diario, nunca en la portada. Acaso unos días alcanzó la gloria, luego del asesinato del abogado Leopoldo del Real y los atentados fallidos contra la abogada Raquenel Villanueva, y ya. Después volvería a seguir su curso mundano, habitual.
Por ese entonces, los bajos índices de criminalidad en Nuevo León al llegar al nuevo milenio y al siglo XXI, eran motivo de desesperación entre los periodistas que se encargaban de informar sobre la violencia en la entidad. “Aquí, cualquier día, nos vamos a terminar muriendo…pero de aburrimiento”, solían decir con resignación, los reporteros de la nota roja en el 2000.

EL PRIMER CÁRTEL DE MONTERREY

En la época en que los reyes de España habían determinado no auspiciar con sus fondos más empresas de descubrimiento y las confiaban a particulares, Luis Carvajal y de la Cueva viajó a España y contrató con Felipe II la conquista, pacificación y población de lo que habría de llamarse el Nuevo Reino de León.
Este contrato fue firmado en la ciudad de Toledo el 31 de mayo de 1579. Carvajal recibió como jurisdicción doscientas leguas, 1.000 kilómetros aproximadamente, de la tierra adentro del mar del Golfo.
El historiador José Roberto Mendirichaga nos explica que los hombres exploran, conquistan y pueblan impulsados por diversas motivaciones. La principal de ellas es la búsqueda de una mejor vida. El que deja lugar conocido lo hace porque espera encontrar otro sitio mejor. En las migraciones que van dibujando la geografía también están los motivos de los que esperan alcanzar un poder que no han tenido o ampliar el que ya ostentan.
Una de estas incesantes migraciones, ocurrida a partir de 1587, parece que fue la que desató el comercio ilícito de capturar indios pacíficos, para venderlos en el interior del virreinato como reos de delitos que no habían cometido.
El Cronista Alonso de León –citado por Mendirichaga- relata cómo es que operaba este primer grupo organizado de delincuentes, acaso el primero en la historia de Monterrey. “Acudían a la ciudad de León muchos soldados, que la codicia de las piezas que sacaban, los traía; llegó a haber en ella doscientos hombres; hacían muchas entradas (a las rancherías de indígenas) y sacaban cantidad de piezas (nativos para traficar con ellos como esclavos)”.
Las leyes prohibían aquel comercio. Reyes y virreyes insistían sobre ello, pero lejos de la metrópoli y de la capital del virreinato, los aventureros hacían su comercio confiados en la distancia que suponían garantizaría impunidad. La justicia, sin embargo, llegaría. El daño, no obstante, estaba hecho: “Alborotaba y destruía la tierra y desayudaba harto la paz” escribía al rey, el virrey Luis de Velasco II en 1590, refiriéndose a Carvajal y el tráfico de esclavos. Aquel abuso fue el origen de una guerra viva que duraría doscientos años.
O más.

En ese año 2000 en el que los reporteros de la nota roja se quejaban de su infortunio, un hombre de ojos cafés, 1.75 de estatura, con cicatrices de acné en el lado derecho de la cara y un tatuaje en el hombro izquierdo, era uno más de los 3 millones y medio de habitantes que registraba el área metropolitana de Monterrey.
Casado, padre de 3 niños, oriundo de Matamoros, Tamaulipas, donde había nacido el 18 de mayo de 1967, después de trabajar de joven como obrero, mesero y mecánico, este hombre había logrado una estabilidad económica en la Sultana del Norte. Pero ninguno de sus primeros oficios había sido el que le permitía alcanzar “el sueño regio”.
Este hombre, que no pudo estudiar veterinaria debido a la falta de dinero, aprendería a relacionarse con los animales de manera empírica, hasta que en 1987, un funcionario de la Procuraduría General de la República, decidió contratarlo como entrenador de los perros que usaban los agentes para detectar el tráfico de drogas en la zona limítrofe con los Estados Unidos.
Dos años después de trabajar en la corporación policiaca, este hombre participaría en una reyerta, por la cual sería acusado de homicidio, daños en propiedad ajena y abuso de confianza. Parecía que tendría una larga noche tras las rejas, sin embargo, alguien quiso salvarlo y cambiarle radicalmente la vida. Un hombre con más poder que cualquier delegado de la PGR en el noreste del país: Juan García Ábrego, el capo.
Tras ser liberado con su ayuda, este hombre iniciaría una carrera al servicio de la organización delictiva conocida en este siglo XXI como El Cártel del Golfo. Al servicio de éste tendría algunos sinsabores, pero sobre todo alcanzaría a probar parte de las mieles que derrama el narcotráfico para quienes logran vivir para contarlo.
Nada pararía desde esa fecha el desarrollo de este hombre que en pleno 2000, viviendo en Monterrey, asumía el control que García Ábrego, su mentor, había dejado vacante tras ser detenido un 14 de enero de 1996, en el municipio de Villa de Juárez, en una de las más de cien propiedades urbanas y rústicas que poseía en el estado. Por fin, el hombre de Matamoros que vivía en Monterrey, empezaría a sentir el poder total.
Dirigir el Cártel del Golfo no es cualquier cosa. El Cártel del Golfo es una banda criminal mexicana creada por Juan Nepomuceno Guerra en los años 40 para surtir de whisky de contrabando a las mafias estadunidenses, incluyendo la de Al Capone. Durante la expansión del negocio, además de consolidar una estructura paraestatal de complicidad absoluta, el Cártel fue incluyendo drogas en su oferta, además de ir creando sus propios íconos populares como el de aquél pistolero herido de muerte al que le canta Ramón Ayala y sus Bravos del Norte.
“De Reynosa a Matamoros/ de Monterrey a Laredo/ anden con mucho cuidado/ agentes y pistoleros/ todavía soy Chito Cano/ y todavía no me muero”, dice el corrido. Y en efecto, durante los primeros años del transcurrir del nuevo milenio, Rodrigo Cano aún no se muere, sigue mirando la vida desde su casa en la colonia Roma, muy cerca del campus principal del Tec de Monterrey.
Todo eso lo sabía el hombre de Matamoros que vivía en Monterrey en el 2000, justo al momento de asumir el control del Cártel del Golfo en el nuevo milenio. Ese hombre se llamaba Osiel Cárdenas Guillén.

Mañana: Gonzalitos contra la mafia