Y nadie está preso

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Foto: Portal.civila.com

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Rubén Cortés
Paúl León Vázquez tenía 4 años y se creía el Hombre Araña. El viernes 5 de junio le dijo a su mamá que le pusiera el traje y la máscara para ir a la guardería ABC. Pero ya no volvió a casa. Murió calcinado. Hoy es uno de los 46 pequeños que perdieron la vida en el incendio.
Era hijo único de Germán y Ofelia -quienes atienden un café Internet- y todavía sobrevivió unas horas hasta que murió en una sala de terapia intensiva del Hospital “Ignacio Chávez”, debido a graves quemaduras e intoxicación.
Ahora, hay veces en que Germán y Ofelia no saben si quieren seguir viviendo. Y otras en las que quisieran ser eternos para ver si algún día los culpables son castigados: esa esperanza les da fuerzas, aunque para ello dependan casi exclusivamente de la ayuda sicológica de tanatólogos.
Santiago Zavala Campuzano tenía 2 años. Su cadáver fue de los últimos en ser encontrados entre el humo y los escombros del siniestro, avivado por el poliuretano inflamable y la lona con los que estaba construido el techo del inmueble.
Su padre, Roberto, entró a la guardería y, entre el humo, trató de encontrar a su pequeño, al igual que otros 15 padres y voluntarios que revolvían mochilas y colchonetas en busca de los niños. Había una sola lámpara para todos, y se la pedían a gritos.
Santiago falleció por intoxicación. Piadosa, una maestra contaría luego: “No sufrió, estaba dormido”. Se le había chamuscado un lado de la cara. Martha, su mamá, vio el cadáver en el hospital. Quiso tomarle las manitas, pero le fue imposible: las tenía quemadas.
Este viernes se cumplieron dos semanas de la tragedia. Hay 44 historias más, igual de tristes. Y todas, al final de las lágrimas, me despiertan la misma rabia. Porque todavía, carajo, no hay ni un solo culpable tras las rejas.
Pienso entonces en unos versos del español Víctor Manuel que parecen escritos para ellos, los culpables.
Horror.
¿Cómo es posible tanto horror?
¿Qué hacen, con quién viven, quiénes son sus amigos?
¿Tienen hijos, padre, madre los causantes de tanto dolor?
¿Se miran al espejo? ¿Se miran las manos?
¿Miran a los ojos de la gente con la que se cruzan?
¿Parten el pan con esas mismas manos?
¿Ayudan a cruzar a los ancianos en los semáforos?
¿Acarician, hacen el amor?
¿Lloran?