Vampiros cibernéticos

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La Muela del Juicio / Vampiros cibernéticos
Foto: Especial

Daniel Francisco Martínez

Que la magia no se pierda. Queremos fuegos artificiales, no certezas. Queremos noticias conmovedoras, escandalosas, que nos obliguen a mirar más allá del encabezado, no hechos transparentes.

Cuando Steve Jobs afirmó que no quiere ver cómo “descendemos a una nación de blogueros. Necesitamos el criterio editorial más que nunca”, estoy seguro que desconocía las emociones suscitadas por miles de twitteros administradores del rumor y la calumnia.
Si se exigiera que antes de publicar algo en la red se comprobara si es verdad, se perdería el juego perverso de difundir la mentira. Nunca antes el verbo surfear había sido tan contundente. Surfeamos entre “versiones” de verdades. Quienes fueron dados por muertos con todos los pormenores del crimen, suicidio, accidente, etc, son revividos más tarde. Ya llegarán otros medios para informarnos que nada de lo que leímos era cierto. Que hay que regresar al suspenso, el crimen continuará sin resolverse.
Surfeamos entre ficciones, en medio del rumor. El chisme de boca en boca tiene ahora mil cabezas conectadas por todo el mundo. Al no haber control de calidad en la información estamos supeditados a ver informaciones que no resisten al tiempo. El nuevo entretenimiento consiste en observar cómo se destruyen reputaciones. Mientras no sea la nuestra no habrá de qué preocuparnos.
Cualquier twittero sabe que es muy sencillo generar una cuenta. Unos cuantos clics y listos para avinagrar de tweets al mundo. Por fin podemos escupir nuestra filias y fobias. No hay límite, podemos hablar de lo que desayunamos, comimos, pensamos, amamos, odiamos. Claro que para lograr eco hay que seguir, acosar, enturbiar a los que gozan de fama y cuentan con miles de seguidores. Que le pregunten a Epigmenio Ibarra, por ejemplo, la cantidad de trolls que lo incomodan a diario. Observen cualquier día de estos a un tal robot 2×1, un vampiro cibernético que esparce sus resabios contra quienes piensan en voz alta. La comunicación horizontal convertida en una plaza ruidosa.
En esto de los tweets y de las empresas multimedia existe la democracia del error, todos se han equivocado, todos tienen cola que les pisen -¡y se las han pisado¡ Equivocarse es doloroso. No trae consecuencias legales, pero sí quedan expuestos durante varios días al escarnio de los colegas. No se devoran pero sí se ríen el uno del otro.
Hay quienes afirmaron de manera rotunda que el Jefe Diego, Luis Miguel y Rocío Sánchez Azuara, habían muerto. La periodista tuvo que salir a desmentirlo (“La noticia de mi muerte ha sido exagerada”, dijo alguna vez Mark Twain ¡antes de Internet¡).
Un sitio de Internet de un grupo periodístico que tiene sus oficinas por el metro Zapata había asegurado que el agresor de Salvador Cabañas había sido atrapado, que contaba con el boletín oficial…pero más tarde tuvo que borrar su información. La maravilla de la tecnología, el sueño de todo periodista: ver esfumados sus errores.
Hay quien publicó en su columna que el instructor físico de Lissette Farah sería presentado como cómplice de un crimen…pero nunca pasó.
Pero el campeón fue entrevistado este domingo en El País de España. Tommaso Debenedetti publicó en varios periódicos importantes decenas de entrevistas que nunca realizó. Su destreza para mentir, la prisa y la falta de verificadores de los medios provocaron que sus ficciones fueran publicadas como verdades. Y estoico afirma: “Mi carrera en los diarios quizá ha terminado, pero mi trabajo no. Quizá escriba nuevas entrevistas con seudónimo en algún periódico de gran tirada…Y crearé una página web donde colgaré nuevos falsos. Creo que es un género nuevo”. (El País, 6 de junio de 2010).
Otra vez surfeamos entre olas de versiones. Tomemos aire y estemos listos para que nuestra pantalla cambie.