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“Informe presidencial. ¡Arránquese con el Rey!”

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Foto: Notimex
Alejandro Zapata Perogordo

Durante el régimen priista existíó un día en particular que se calificó como “del presidente”: Era el informe de gobierno. Una jornada de sumisión, de aplauso interminable, debesamanos y genuflexiones que sintetizaban la idea del poder unipersonal, el presidencialismo en su máxima expresión, el poder de un solo hombre: El presidente de la República.

 

El informe presidencial era una colección de lugares comunes, de frases hechas que eran un compendio de demagogia sin sustancia. No importa lo que el presidente dijera, toda palabra que surgiera del tlatoani era motivo de festejo.

 

Y es peculiar, pero preciso, el término de aquella palabra nahua –tlatoani– que en estricto sentido significa el que habla y que se aplicaba a los jerarcas aztecas: Era él quien tenía la última palabra. De hecho, era el único que tenía la palabra.

Era el Rey; en un sentido más que monárquico, eje central de un discurso al estilo José Alfredo Jiménez: “Con dinero y dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero…¡Y mi palabra es la ley!”.

Esa fue la herencia del mundo precolombino al sistema político mexicano, que se nutrió también con la visión centralista del poder colonial de la Nueva España y que al paso del tiempo –concluidos los dos más grandes movimientos sociales de nuestra nación: La Independencia y la Revolución- terminaron por arrojar el depurado presidencialismo posrevolucionario que, por fortuna, llegó a su fin.

Pero ahora resulta que el pasado 1º  de septiembre, fue el día del secretario de Gobernación. A él correspondió presentar por escrito el informe del Ejecutivo Federal, al asistir de manera personal al Palacio de San Lázaro, en una desangelada sesión de Congreso General que marca el inicio del periodo ordinario de sesiones.

Era prácticamente imposible la asistencia del Presidente de la República, ya que la Constitución lo impide; por otra parte, las condiciones de crispación y encono político en la Cámara de Diputados no eran propicias, a grado tal que ni siquiera se consideró prudente el tradicional posicionamiento de los grupos parlamentarios. Es un ambiente de tambores de guerra: Si se hace, porque se hace y si no, porque no se hace. En fin, nada les parece bien.

 

Sin embargo, ahora el día 2 de Septiembre es el del Presidente, pues envió un mensaje a la Nación desde el Palacio Nacional, largo pero sustancioso, con evaluaciones y reflexiones. Finalmente todos estábamos a la expectativa, ya que el país también se encuentra en una situación de inquietud, particularmente por el tema de la seguridad y -por supuesto- queríamos escuchar el punto de vista del licenciado Felipe Calderón.

 

Al iniciar la sesión del Senado la burra fue otra vez, parece que nos contagiamos de los diputados: La descalificación sistemática, el buscar los errores, el no dejar títere con huarache y aventar la pelota por todos lados, actitudes que en nada abonan a una posición seria de crítica y autocrítica.

 

Tal parece que tenemos un sistema presidencial de equilibrios, de pesos y contrapesos, con una formación política para un sistema presidencialista unipersonal. Creo que esa es la razón por la cual nos confundimos y nos resistimos a tomar nuestro papel de corresponsabilidad y a utilizar un discurso maniqueo para darle la vuelta.

 

Sin duda se acreditan avances, insuficientes aún para solventar los rezagos existentes y la intranquilidad que padecemos, pero prácticamente por vez primera, cuantificables y medibles, circunstancia que me parece extraordinaria en virtud de que nos permite analizarlos desde una posición  objetiva.

 

Probablemente no se ha dimensionado lo anterior, se está desterrando en buena medida el discurso demagógico, el maniqueísmo tradicional e incursionamos al terreno de la realidad, del diagnóstico con los pies en la tierra y de poner metas y objetivos comunes.

Se trata de una invitación a cerrar filas para luchar a favor de México.