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Fidel

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Foto: Notimex
Rubén Cortés
El viernes tenía una cita con Fidel Samaniego. Él no llegó porque murió en agosto, mientras estaba de vacaciones en Veracruz, el mismo lugar donde, a los cinco años, pasó las primeras de su vida.
Debíamos impartir una conferencia sobre la crónica periodística durante un congreso en la Universidad Iberoamericana. Y deseché lo que podía comentar yo, para explicar lo mucho que podría decir él.Que ante el empuje de la web, redes sociales y diversidad de medios electrónicos, la crónica debe volver a contar historias, mandamiento iniciático que incumple desde el boom de internet.
Dejar de ser objetiva para volverse individual: revelar, a través de la experiencia de una sola persona, lo que hace falta saber sobre la guerra contra el narco o el rescate de los mineros chilenos. Eso está inventado antes de internet… pero ya lo olvidamos.
Reseñé la crónica de Jimmy Breslin sobre Tony Provenzano, antologada por Tom Wolfe en El Nuevo Periodismo, que cuenta cómo el sol entra por las sucias ventanas del tribunal y hace brillar un diamante que lleva el mafioso en un anillo:
La mañana no estaba nada mal. El patrón, Tony Provenzano, recorría arriba y abajo el pasillo que da paso a este tribunal federal de Newark, con una sonrisa en el rostro mientras sacudía por todas partes la ceniza de su puro.
-Hoy hace un día estupendo para pescar –decía Provenzano-. Tendríamos que salir y hacernos con unas truchas.
Breslin sigue describiendo el diamante de Provenzano, quien finalmente es condenado. Y remata con una escena en la cafetería del tribunal, donde el juez come en una bandeja plástica:
No llevaba nada que brillase en la mano. El tipo que ha hundido a Tony Provenzano no tiene un anillo de diamantes.
Mientras comentaba esto, yo no dejaba de pensar en Fidel: de cómo, tras la muerte, el mundo sigue un curso indolente. Lo cuenta Borges en El Aleph, cuando su alter ego sale del hospital donde murió Beatriz.
Advierte que en una pared cambiaron el anuncio de una marca de cigarros y comprende que, en realidad, Beatriz murió. Y el movimiento del mundo lo alejará para siempre de ella.
Igual sentí cuando enterramos a mi madre. Al regresar a casa, entré al cuarto donde murió: estaba envuelto en una penumbra bondadosa y de pronto empezó a llover con la furia que sólo llueve en el trópico.
Algo tan natural como una tormenta me reveló que mi mundo se había transformado inexorablemente, pues yo jamás podría hablar con mi madre. Entonces rompí a llorar y entendí que era hora de tener un hijo.
En eso pensé ante la ausencia de Fidel, en mis muertos recientes: mami, él, tía Memo, Rey, Martica Fontanella, el viejo Pedro, María Paz…
Y recordé la sentencia de Saramago:
La muerte no me da miedo. Sólo me incomoda.