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Un rescate a fondo ¡Oooraleee!

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Alejandro Zapata Perogordo

¡Un rescate increíble! Con gran emoción vimos cómo los chilenos sacaron del centro de la tierra a sus 33 compatriotas, mediante un operativo digno de las novelas de Julio Verne. Después de 70 días de estar atrapados aproximadamente a 700 metros de profundidad, salieron a la superficie en un inédito e histórico esfuerzo por la supervivencia, ante la mirada estupefacta de millones de personas que en todo el mundo le dimos seguimiento al sorprendente acontecimiento.
Son actos heroicos que valen la pena; ejemplares, tanto por quienes estaban en la mina, como por aquellos que nunca perdieron la esperanza y desde el exterior se solidarizaron para concluir con éxito inusitado, desterrando la agonía y la zozobra, abriendo paso a la alegría desbordada y al encuentro con la vida.
Se aferraron a sobrevivir, después de aquel 5 de Agosto (fecha en que ocurrió el derrumbe que los dejó atrapados en el yacimiento) hubo un espacio de 17 días, seguramente largos e intensos, antes de que tuviesen contacto con el exterior, cargados de sentimientos encontrados, agotados, sin ilusión alguna, obviamente en estado –no es para menos—de desesperación.
Creo que el liderazgo de Luis Urzúa, minero de 54 años, fue definitorio al mantener al grupo con orden e intentar –dentro de lo posible– mantener la calma.
Todo cambió con aquel mensaje: “Estamos bien en el refugio los 33”, fue la inyección del ánimo. El presidente chileno Sebastián Piñera le apostó, junto con su pueblo, al rescate de los mineros. Se hizo de inmediato el plan “a”, el “b” y el “c”, con la cooperación internacional, tanto el perforador de pozos -que resultó ser excelente- como la NASA, que ayudó para elaborar el modelo de la cápsula.
Emprendieron una tarea titánica ante los ojos del mundo, a tal grado que conmovió incluso a los más escépticos. Tan portentoso fue el rescate, que será motivo de libros y películas, como ya se ha dado a conocer, lo que reportará a los protagonistas ganancias millonarias.
De la oscuridad de la mina a la luz de la fama; desde la penumbra de una muerte cercana a la brillantez de una nueva vida.
Dentro del grupo había historias que también salieron a flote. Uno de los mineros había sido jugador de futbol profesional, lo mismo que uno de los rescatistas: se volvieron a encontrar, pero esta vez no en un campo de juego, sino jugándose la vida a unos 700 metros bajo tierra.
A otro de ellos lo esperaba el amor -allá arriba, en la anhelada superficie- pero había doble ración para él, pues resulta que tenía esposa y “polola” (como llaman los chilenos a la novia).
Historias en torno a una principal y básica: la vida, la supervivencia.
El mensaje que nos da esta lección es enorme. Frente a la desgracia se olvidan rencillas, no hay diferencias ni apetitos personales, por el contrario, se unen y complementan esfuerzos, se definen objetivos, se trabaja en equipo y se fortalece la esperanza.
El pueblo chileno nos ha otorgado un legado de gran riqueza humana, de la tristeza a la algarabía, de la desgracia al trabajo, de levantarse con dignidad.
En fin, la enseñanza del capítulo es vasta, nos invita a la reflexión, pues lograron sacar a los mineros a la superficie; pero eso debe servir para que muchos otros que continúan atrapados en el fundamentalismo, los rencores, las ambiciones, etcétera, también salgan al exterior.