Las comparaciones no siempre son malas. Contrastes

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Alejandro Zapata Perogordo
En este año no solamente se ha recordado el Bicentenario de la independencia y el Centenario de la revolución, sino que además salió a relucir el décimo aniversario del arribo de presidentes panistas al gobierno federal. Las diatribas no se han detenido, los discursos van y vienen, dependiendo de la autoría, se presentan desde diversos ángulos.
Cuando de comparaciones se trata, siempre se obtiene algo bueno, pues la competencia resulta ser buen motivo para superarse. Así este debate puede tener sentido y razón para emitir diagnóstico, el hacer memoria de dónde estábamos, dónde nos encontramos y hacia dónde queremos ir.
Es obligada la comparación bajo la referencia más inmediata, contrastar el decenio de los 90, con el de los 2000. Aunque debo reconocer que no necesariamente es equiparable, pues existen condiciones y circunstancias diversas que alteran o producen resultados diferentes; sin embargo, bien se puede tomar como una simple referencia.
En la década de los presidentes Salinas y Zedillo hubo dos problemas centrales, el sistema presidencialista que llego a un agotamiento, limitando las libertades y concentrando prácticamente todo el poder y las recurrentes devaluaciones, derivadas de un pésimo manejo de las políticas gubernamentales. Sobre este apartado, Don David Ibarra, quien fuera Secretario de Hacienda y uno de los economistas más reconocidos del país, ha sido muy crítico.
En realidad, ambas circunstancias se han visto superadas con creces, ahora en México hay mayores libertades, inclusive con la tendencia a ampliarlas. En la parte económica, se debe reconocer la inexistencia de los vaivenes inflacionarios que daban al traste con el patrimonio familiar. En consecuencia, hay estabilidad.
Al respecto, es recomendable leer el libro de Luis de la Calle y Luis Rubio, titulado clasemediero, que presenta estadísticas muy interesantes. En dicho texto los autores argumentan que en México hay “una población mayoritariamente de clase media, aunque muchos de los analistas y políticos la desestimen”.
Para llegar a tal conclusión, hacen el análisis de algunos datos sobre el consumo, la educación, el ingreso, los nombres de las personas, los nombres de las escuelas privadas, los créditos a la vivienda, etc. Una parte del libro, fue adelantada en el número de mayo de (2010) en la revista Nexos.
Aunado a lo anterior, ahora tenemos acceso a la información pública y equilibrio entre los poderes, desmitificando la figura presidencial, cambiando inclusive el lenguaje y haciendo uso de la libertad de expresión.
El único tema polémico se centra en la seguridad pública y la ola de violencia de los últimos años. Aún así, si se compara el número de homicidios ocurridos en el México de 1990 a 1999, da un promedio de 15 mil 016 por año, contrastado con el año 2000 al 2008 (son los datos que poseo) el promedio de esos nueve años es de 10 mil 650 por año, incrementado seguramente con el promedio de 2009 y 2010 y aún así no se llegaría al de los años noventa. Aunque en aquella época no se tenía el nivel de estrés que ahora padecemos.
En democracia y federalismo, los procesos electorales son competidos, los resultados se respetan, la autoridad es un árbitro reconocido por todos, hay pluralidad. Las entidades federativas y municipios cuentan en números reales con mayores recursos económicos.
En desarrollo social, se han implementado programas exitosos, de vivienda, alimentación y salud. Existe un incremento sustancial en infraestructura educativa y hospitalaria.
En síntesis, hemos caminado con el concurso de todos, sin especulación ni regateos y es obvio que existen temas pendientes por concretar: el diseño del sistema político, la redistribución de la riqueza, avances en desarrollo social, estado de derecho y seguridad, etcétera.
Así, las cosas se contrastan, hemos caminado y eso es bueno, lo importante es seguir avanzando sin tropezarnos con la misma piedra.