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Los Cholombianos: Cumbias pachecas y patillas con gel

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México 19 de junio, elarsenal.net.-En los alrededores de la “Embajada colombiana” en Monte­rrey según la revista vice hay un burdel y puestos que venden camisas polo de fayuca, películas piratas y porno casero. La “Embajada” es un puesto semiformal en el que Mario Durán vende todo tipo de productos colombianos: playeras, calcomanías de “Yo Amo Barranquilla”, banderas, llaveros, aerografías con paisajes tropicales, sombreros de paja y, más que todo, cumbia.

La cumbia en Monterrey ha evolucionado y encontrado su propia identidad. Al mismo tiempo, los colombianos regios que escuchan esta música desarrollaron su propio estilo, su propia moda, una forma muy parti­cular de vestirse y de peinarse, algo que no es ni colom­biano ni norteño. Según Toy Selectah, “la moda de los cholombianos de aquí de Monterrey es particular, única, legítima y bastarda. Es muy punk y, al mismo tiempo, como tropical”.

Todos los domingos, después de un fin de semana de bailar en los clubes y antros de la ciudad, un grupo de colombianos se junta afuera de un 7-Eleven debajo de la Torre Latino en el Centro de Monterrey. Su estilo, como el de muchos otros colombianos, es una mezcla de la moda de los cholos chicanos de Los Ángeles con una idea romántica y tropical de Colombia. Muchos de ellos usan pla­yeras hawaianas, shorts Dickies gigantescos y Converse. Los tenis, o por lo menos las agujetas, suelen combinar con los shorts o la playera —un chavo nos dijo que tenía cuatro pares de Converse y siete colores de agujetas—. También usan gorras montadas sobre el copete, pero sin que cubran toda la cabeza para que se puedan ver el fleco, las patillas y la nuca rapada. Sobre las gorras, bordan su nombre, apodo, el nombre de su novia, su barrio, su banda o la estación de radio que escuchan. Buscando protección, la mayoría de los colombianos se cuelgan escapularios con imágenes religiosas, como San Judas Tadeo, la Guadalupana, la Santa Muerte y hasta Pancho Villa. Estos escapularios crecieron, convirtiéndose en versiones gigantes que muchos diseñan con los colores de la bandera colombiana y la misma información que escriben en las gorras.

Los nombres de bandas como Los Temelocos, La Dinastía de los Rapers, Foxmafia y Latinaz aparecen bordados en estos escapularios de 30 x 30 centímetros. Uno de los chavos que conocimos afuera del antro Lone Star tenía el número 10.90 en su escapulario. Cuando le pregunté si era la frecuencia de una estación de radio, me contestó que no, que era la clave del tolveno, un inhalante que usa para drogarse. Los escapularios son increíbles, pero el elemento más importante del look colombiano es el corte de pelo, una combinación entre el corte hip-hopero de EU, el reguetonero puertorriqueño y el guerrero azteca. La parte de atrás va rapada, y dejan una colita a la altura de la nuca. La parte de arriba la dejan corta y picuda, y el fleco va recortado, perfectamente acicalado. El toque final son las patillas, que son larguísimas, y se las pegan a los lados de la cara prácticamente plastificadas con puños de gel. Este es el estilo de la Colombia regia.

La escena colombiana en Monterrey, a pesar de los dos o tres o cuatro batos que andan un poco en resistol en los bailes, parece ser bastante tranquila. Por ejemplo, los compas que se juntan afuera del 7-Eleven van ahí en parte porque su estación de radio favorita, la XEH 1420 AM, está en el piso 20 del edificio que está sobre la tienda. Desde el teléfono público que está en la banqueta, se van turnando para llamar a la estación para pedir canciones y leer las listas de saludos que todos cargan en la cartera y que normalmente incluyen más de 60 nombres de amigos, bandas, colonias y morritas que les gustan. Mientras que otros géneros musicales norteños, como los narcocorridos, celebran a los narcos, las canciones que escuchan los colombianos son cursis: hablan de amor, paz y amistad.

Sin embargo, la situación es tensa en Monterrey. La violencia va en aumento, e incluso algunos de los antros donde los colombianos salían a bailar han sido tomados por el narco. Al mismo tiempo, la enorme división de clases sociales hace que cualquiera que se vista de forma diferente y llame la atención sea víctima de discriminación. Muchos de los colombianos con los que platicamos nos contaron cómo policías y soldados los han parado y agarrado a garrotazos hasta cortarles las patillas con un cuchillo. Durante el último año, muchos se han rapado y han dejado de usar sus enormes shorts para evitar problemas. Pero, a pesar de todas las adversidades, un buen número de colombianotes sigue untándose puños y puños de gel en las pati­llas y cada fin de semana sale a bailar en rueda al pachequísimo ritmo de estas cumbias norteñas rebajadas.