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Coloquio del belicista

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Ah-Muán Iruegas
No soy admirador de Felipe Calderón. Ante todo, porque perdió el control de parte del territorio nacional y porque accedió de manera indigna a la Presidencia de mi país. Pero en la reunión que celebró la mañana del pasado jueves en Chapultepec con Javier Sicilia y sus acompañantes, debo reconocer que Calderón se desempeñó –políticamente- mejor que sus interlocutores.

La sede de la reunión cambió a última hora. Es normal que en una reunión como esta se haga un uso político del tema de la sede. Sicilia y sus seguidores propusieron inicialmente el Palacio Nacional, lo que evidentemente le daba realce a su figura y a su movimiento. En la oficina de la presidencia seguramente calibraron la maniobra y decidieron neutralizarla. Primero, proponiendo al Museo de Antropología con acceso abierto al público y luego modificando de nuevo el formato y el lugar de la reunión.

El encuentro se celebró finalmente en el alcázar del Castillo de Chapultepec, un lugar relevante y decoroso pero de difícil acceso, lo que impidió la presencia de manifestantes antigubernamentales indeseables para Calderón –que así se anotaba un tanto- y evitaba que al presidente le dedicaran improperios u otras escenas incómodas.
La sesión se transmitió por diversos medios, siendo esa mañana la radio la vía más accesible para el público en general. Calderón inició su alocución de modo coherente, defendiendo su postura, su guerra y sus políticas con cierta lógica.

Si en los inicios del movimiento de Javier Sicilia, Calderón tuvo un desplante un tanto atrabiliario al anunciar urbi et orbi que él tenía la ley, la razón y la fuerza, en la reunión de Chapultepec corrigió esa actitud y dialogó con sus contrapartes en un plano de igualdad. Al menos una igualdad momentánea y formal, pues a final de cuentas ni el propio Calderón puede quitarse a sí mismo el peso de la institución que encarna, dado que un jefe de gobierno normalmente impone respeto, cualquiera que sea el titular y el país. Aun así, el diálogo tuvo un carácter civilizado.

Calderón utilizó en su discurso algunas frases sacramentales de los abogados como él, como la de “si es cierto, como lo es”, que utilizan los litigantes para interrogar a los testigos en juicio. Cualquier otro letrado sabe usar esas frases, pero creo que la ocasión ameritaba que Calderón le diera –como le dio- un toque personal a su discurso, pues era su propia imagen la que estaba en juego y él lo sabía.
Por su parte, Javier Sicilia a mi juicio no aprovechó cabalmente la oportunidad que la reunión le brindaba para hacer crecer su movimiento. Sus palabras fueron indudablemente honestas y sus señalamientos válidos, pero no contribuyeron en mi opinión a hacer crecer las causas que enarbola. Muchas de sus demandas las había ya externado con anterioridad, lo mismo que algunas de las que hicieron otros quejosos allí presentes.

A diferencia de Calderón, Sicilia no explotó la ocasión para afianzar ni sus propuestas ni el movimiento pacifista que encabeza. No se enfatizó con argumentaciones elaboradas la necesidad de impulsar la democracia directa ni la atención a los jóvenes, a pesar de la importancia crítica de ambos asuntos. Pero sobre todo, no aprovechó el momento para desacreditar la guerra de Felipe Calderón. Éste último le ganó otro punto de la partida a Sicilia pues Calderón, como buen jurista, presentó fuertes alegatos en favor de su guerra, que Sicilia no respondió con esa fuerza.

Tales resultados se dieron en parte porque Sicilia no hizo propuestas más puntuales, sino que éstas fueron externadas con demasiada generalidad por quienes podemos catalogar como los pacifistas -frente al belicista Calderón. En parte porque las propuestas se perdieron entre el cúmulo de quejas, historias y sollozos. Pues mientras las historias o tragedias personales no pueden resolver los problemas del país –pues aquellas son producto de estos últimos- las propuestas o proyectos sí lo pueden hacer, por lo que a mi juicio debieron haber tenido un lugar principalísimo en la reunión, lo que no sucedió.

No se exigió con elocuencia o vigor un cambio en la estrategia de seguridad del presidente. No se arrinconó en absoluto al presidente ni a sus posturas, como ocurre en otras negociaciones. Las palabras de Sicilia fueron correctas y atendibles, pero no muy brillantes o novedosas.

Como resultado, Calderón avanza pues se muestra dispuesto al diálogo y por tanto no aparece como un político autoritario –al menos no este día. Sicilia en cambio, sin disminuir la fuerza de su movimiento, a mi juicio no logró hacerlo crecer demasiado esa mañana, ni aun con esa oportunidad de oro que su destino político le presentó. Y las oportunidades casi nunca se repiten, como sabe todo anciano.

Tristemente, su caravana no ha logrado movilizar ni entusiasmar a las masas del país, sino básicamente a la clase media ilustrada: escritores, sacerdotes, activistas, numerosos periodistas, medianos empresarios pero en calidad de afectados por la violencia, así como por otro lado y destacadamente a los familiares de las víctimas, que encontraron en el movimiento un lugar para externar su pena.

La multitud de deudos que Sicilia concitó en su marcha es lo que da a su causa un tono de gravedad, claramente distinto al de cualquier movimiento exclusivamente político, lo que es algo imposible de ignorar. Tanto, que ni el propio presidente lo pudo hacer.

Me parece que a Sicilia lo mejor que le ocurrió fue que el encuentro tuvo lugar, cosa nada despreciable para un dialogante que representa a un movimiento que a su decir es por la paz, con justicia y dignidad. La reunión se celebró ciertamente en paz y con dignidad, pero las víctimas de la guerra de Calderón aún esperan justicia y en las zonas en que impera la violencia en México, hoy no hay más paz que ayer. Quisiera equivocarme, pero creo que en México no habrá paz al menos durante el resto del sexenio de Calderón, que en el alcázar defendió su guerra.