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Vaya, vaya, vaya…

Alfonso López Collada

Vaya, vaya, vaya. Mientras Luisa María Calderón protestaba con el grito de guerra “voto por voto” -otro plagio del panismo a su odiada izquierda- y Calderón veía cómo por muchos motivos se seca su sueño de ser presidente, el del Consejo Coordinador Empresarial, Mario Sánchez Ruiz, confesaba que no está viendo a López Obrador como un peligro. Como dijo don Alonso Quijana, convertido en caballero andante: “¡Cosas viéredes, Sancho!”

En el 2006, pedir que se contaran todos los votos era un despropósito, una burrada imposible que avalaron los acomodados jueces electorales; hoy es un derecho; hace cinco años las protestas por el fraude electoral eran violencia social, hoy es una forma de desahogar el descontento de la gente; el margen pequeñísimo que se le atribuyó a Calderón sobre López Obrador no era cuestionable, pero el igualmente mínimo que reclama su hermana en Michoacán siembra dudas fundadas. Como si la ley solo fuera ley cuando le sirve a los Calderón. No es nuevo en la familia eso de querer torcer los hechos con declaraciones, que en esta ocasión llegan al punto de sustentar los reclamos de Luisa María en la acusación incendiaria de que la delincuencia organizada hizo ganar al PRI. Será difícil probarlo.

Dicen que nadie puede engañar a toda la gente todo el tiempo. Felipe Calderón ha sembrado incredulidad en la inteligencia nacional, como bien llama Roger Bartra a la opinión pública, y hoy las voces oficiales difícilmente se abren paso en México. Sobran los ejemplos de casos delicados para la vida nacional sobre los que sabemos que entre las muchas versiones que hemos oído ya escuchamos la verdadera, pero nadie sabe cuál de todas es. Esta forma hipócrita de ocultar la verdad le hurta a nuestra sociedad, además de bienes materiales, la esperanza. Y eso es grave.
Todo régimen tiene opositores, y el centenario arquitecto brasileño Óscar Niemeyer (el próximo 15 de diciembre cumple 104 años y sigue trabajando) opina que “hay que protestar; siempre hay que protestar” (sus videos, en YouTube). En cualquier momento de la historia quienes ostentan el poder de algún tipo se oponen a cualquier cambio; quieren que todo siga igual, cómo no. Y quienes están debajo en la pirámide social, sobre todo muy abajo, quieren el cambio. Obvio. Es una dinámica histórica que genera avance, evolución.

Es tarea de los ciudadanos vigilar a sus gobernantes y exigirles que se desempeñen adecuadamente en su encargo; y si no lo hacen, protestar hasta conseguir que se corrija el rumbo. El Cairo, Santiago de Chile, Londres, Roma, Nueva York, son muestras de la indignación global ante la opresión y el abuso también globales; a eso se debe la generalización de las protestas.

Pero todo cambia; lo único que no cambia es que todo cambia, y México es parte del todo. Por el descrédito de las instituciones gubernamentales, empresariales, religiosas, etc.; porque estamos en un país en el que lo único que podemos tener por cierto es que no sabemos qué pasa; en el que se agotan los recursos, el tiempo y la esperanza; en el que el crecimiento se da solo en la violencia delincuencial y oficial, en la miseria, en el desempleo, el cambio viene como algo natural e inevitable. Oponerse a esta evidencia será nadar contra las olas. El único motivo para aferrarse a la negación sería pertenecer a las cúpulas de poder; pero ni en las alturas será más que una ilusión infantil.