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Tarahumara: la imagen del hambre

Guillermo Chao Ebergenyi

Nada indigna más a los seres humanos que la imagen del hambre. Por la razón que sea, ni la imagen de la muerte es tan impactante, doliente e insultante como la del hambre, tal vez porque la muerte es un hecho consumado y, por lo tanto, irreversible, en tanto que la hambruna es un proceso que se puede revertir y, respecto del cual tenemos la obligación de, al menos, intentarlo.

Por lo que toca a los medios de comunicación, parte de este intento consiste en traer las imágenes más crudas de las zonas más remotas para exhibirlas ante los indiferentes con el propósito de que reaccionen ante la crudeza de lo exhibido, que es lo que han hecho durante estos días los medios de comunicación respecto de la situación de abandono en la que sobreviven los seres humanos que habitan la Sierra Tarahumara.

No pienso referirme a ellos como “etnia Rarámuri” ni como “indígenas” ni como “nuestros hermanos”, porque tales adjetivos me parecen de lo más ramplón o, en todo caso, ese estilo de indigenismo urbano que se practica en la Colonia Condesa. Así que les llamaré seres humanos. Pero veamos algunos antecedentes no tan remotos.

Existen dos fotografías que revelan de manera tan cruda el drama del hambre, que cuando se publicaron la sociedad reaccionó indignada ante la crudeza de lo que esas imágenes revelaban. La primera de ellas fue tomada en 1969, durante la hambruna de Biafra, Nigeria, por el fotógrafo inglés Don McCullin y publicada por The Sunday Times, de Londres. Tal vez usted la recuerde: la cámara de McCullin captó a un niño albino de raza negra que se mantiene en pie con extraordinaria dificultad en espera de que llegue su turno para recibir alimento en un puesto de socorro. Tras él y haciendo fila, se alcanza a ver a otros don niños, no mayores de cinco años, víctimas de la desnutrición causada por la hambruna.

La segunda fotografía fue tomada 11 años más tarde en Karamoja, Uganda, por el también fotógrafo inglés Mike Wells. Se trata de un close-up que captó la mano de un misionero blanco sosteniendo la mano, minúscula y sarmentosa, de un niño negro. Esta segunda foto, magistral desde el punto de vista fotográfico, resultó un insulto contra los excesos de la entonces llamada “sociedad de la abundancia”, la estremeció y la hizo reaccionar.

Esa es la ventaja de la fotografía respecto del audio-video, pues la primera toma lo que existe (recuérdese que la cámara ve lo que el ojo no ve) y deja al observador la interpretación del hecho captado, en tanto que el audio-video, digamos, adereza, con los comentarios del reportero lo que la cámara ve, comentarios que en el caso de la Sierra Tarahumara han sido, en su mayoría, desafortunados.

“No hay nada sembrado”, decía el reportero. Pues no, durante el invierno serrano solo siembran los que no saben de agricultura. No se siembra porque las heladas acaban con ellas.

“Los niños y mujeres no tienen nada qué comer”, aseguraba, mientras la cámara mostraba mujeres rollizas y niños que seguramente están faltos de minerales y vitaminas, pero que en no están en estado de desnutrición avanzada.

En fin, que los seres humanos que habitan la Sierra Tarahumara viven hoy como han vivido siempre. Qué bueno que se les preste ayuda; pero no solo ahora porque “no ha llovido” (en la Sierra Tarahumara no llueve durante el invierno, nieva), sino de manera permanente, y no solo a ellos, también a los de la Sierra Huichol y a todas las demás sierras, valles y desiertos en donde haya seres humanos olvidados por esta sociedad injusta y excesiva en todo, incluso en el “tuiteo” falsamente justiciero.

Lo demás es pura demagogia y oportunismo.