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Los traidores

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Rubén Cortés

Para Santino

No perdones la primera falta grave, si no quieres ser víctima de la última: es el mensaje que hace inmortal a El Padrino, la novela de Mario Puzo que cumple 40 años de llegar al cine con Francis Ford Coppola.

Es superior el libro. La discusión sería interminable, pero mi amigo Lichi, el gran novelista cubano, la resolvió de la manera sencilla que él ve la vida, mientras salta de nube en nube entre el DF y La Habana:

—Una chivita husmea en un basurero de Hollywood, encuentra la cinta y se la chupa como un espagueti. Encuentra el libro y se lo come. “¡Y…”, pregunta otra, que la ve. “Mmmm, el libro”.

También se resolvería argumentando los conceptos freudianos sobre la dualidad de la naturaleza humana: viendo en Eros el instinto de la vida y la sexualidad; y en Thanatos el instinto de la muerte y la agresión. Pero Lichi es menos aburrido.

Porque los valores de El Padrino son diferentes a los de la mayoría de las personas. En su mundo, la belleza física y el poder sexual de las mujeres no cuentan para las decisiones de vida, si afectan el honor de los hombres.

Esta pauta inspira una escena memorable de la película: la cabeza del caballo Jartum en la cama de su dueño, un productor de cine que arriesga su negocio sólo porque un ahijado de El Padrino le quitó una amante.

El universo de El Padrino excluye a los freudianos, que contemplan la actividad sexual como guía de nuestras vidas y aceptan con naturalidad que un cabello de mujer corte una amistad, por fuerte que ésta sea.

También rechaza a los traidores. En el libro, se lo explica il consigliere , Tom Hagen, a la esposa del heredero de El Padrino.
Ella no entendía por qué su marido mandó a matar al cuñado, dejando viuda a su hermana y huérfano a su sobrino.

Mario Puzo es tajante al describirlo:

La paliza que propinó Carlo a Connie fue una comedia pagada por los enemigos de la Familia para hacer salir a Sonny de casa y asesinarlo.

—Todo había quedado atrás. Éramos felices. ¿Por qué no perdonar, es tan difícil olvidar?

En nuestro mundo no hay lugar para el perdón. No hay clemencia para los traidores. Puedes perdonarlos, pero ellos nunca se perdonan a sí mismos y siempre constituyen un peligro. Si Michael hubiera dejado vivir a Carlo, habría faltado a sus deberes para contigo y tus hijos, a sus deberes para con su familia, a sus deberes conmigo y los míos. Habría sido un peligro para la vida de todos nosotros.

Por eso me apasiona El Padrino: porque desnuda a un tipo poco común de alma humana. Fibra por fibra.